Entradas de simonjosepulido

Me interesa el agua, trabajar en red, la tecnología usada con cabeza y corazón, la música y los libros

Marranadas, de Marie Darrieusecq

Acabo de terminar de leer Truismes (“marranadas” o “perogrulladas”) una novela de Marie Darrieusecq que fue finalista del Goncourt en 1996. No se me ha ocurrido qué escribir más allá de un destripamiento porcino del argumento algo más abajo.

Como siempre que leo algo en francés o inglés me tocó equiparme del diccionario y consultarlo cada pocos renglones, pero no tanto porque sea difícil de leer como por lo oxidado de mi vocabulario. Es una especie de fantasía en primera persona que a veces contiene sexo explícito, pero que sobre todo expone a pública vergüenza algunos rasgos hipócritas, xenófobos, excluyentes de la sociedad francesa, o a mí así me lo parece.

Una de las portadas. Fuente: priceminister.com

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Island, por Aldous Huxley

Ayer terminé de leer esta novela, la última (en sentido literal, un año antes de su muerte) que Huxley publicó, en 1962. Island (La isla) es la otra cara de la moneda de la distopía de “Un mundo feliz“.

Portada de la edición estadounidense. Fuente: wikipedia

Es una novela mística y utópica, que describe una civilización que Huxley sueña para los humanos que hemos venido después que él a este mundo, una visión esperanzada de lo que podríamos ser, resignada a saber que no lo seremos, tan amigos como somos de nuestras guerras, de ambicionar más de lo que necesitamos, de producir hasta agotar, de clasificar sin comprender.

Es cierto que a ratos me han impacientado los “panfletillos” con que los distintos personajes atorran a Will en sus periplos por la isla, cada vez menos cínico y occidental, cada vez más consciente y en paz. Mi inglés rudimentario me ha obligado a ir y venir al diccionario, pero el estilo es limpio y ordenado, y esos panfletos de los que me quejo son en cierto modo necesarios, son lo que nos quería contar, como si el relato fuese el resultado de convertir “La Filosofía Perenne” en una novela didáctica.

Es un alegato en favor a la atención al momento presente. En la era de la distracción y las pantallas que vivimos resulta por completo actual. Quita la guerra fría y lo demás te vale: los totalitarismos, la industrialización, el expolio de los recursos, el énfasis en tener en vez de en ser, y todos esos obstáculos artificiales que ponemos entre nosotros y nuestra realización personal, social y espiritual.

Para mí, Huxley está cargado de connotaciones personales relacionadas con mi ya lejana juventud. Nuestro profe de inglés por excelencia, Macario Funes, nos llevó a unos cuantos a Eton College durante una semana, que nos hacía rodar vídeos en inglés, que sólo nos escuchaba en clase si hablábamos en inglés, que logró que nos aprendiésemos los verbos irregulares y nos enseñó con paciencia a pronunciar como es debido. Este Maestro nos hizo leer Brave New World en versión original, diccionario en mano, claro, pero en voz alta y descubriendo un placer obligado en los libros, placer que puedes recuperar cuando quieras, como estas semanas en que me he ventilado unos cuantos libros y vuelvo a disfrutar de ello.

También me recuerda Huxley otros tiempos más rockeros, confusos y contemplativos en que combinaba la lectura de biografías de Buda con la Filosofía perenne que ya he mencionado en otros párrafos de este post.

Era raro para mí intuir cómo este señor inglés seriote y curioso combinaba la exploración del LSD, el peyote, la ayahuasca y los hongos alucinógenos con el estudio profundo de las artes, las letras y la mística de diversas culturas y producía cientos de páginas que se leían con agrado y abrían mis ojos de post-adolescente Peter Pan a hasta entonces oscuros conceptos de inmanencia y transcendencia, de libertad responsable, la necesidad de la utopía para intentar escapar de los totalitarismos (¿se puede?), para mí absolutas novedades que mi soberbia ignorancia ni siquiera había soñado.

Destripo el argumento a continuación, no sin advertir de ello previamente a quienes penséis leer la novela y no lo hayáis hecho aún —Alerta Spoiler—

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Catch-22 (Trampa 22), por Joseph Heller

Estoy leyendo otra novela bélica, que no es precisamente mi género favorito, pero resulta que va más allá de la superficie de la Segunda Guerra Mundial y se adentra en la manipulación, el clasismo, el absurdo, con un sentido del humor agrio y desentonado.

¿Cómo haces burla de la tragedia diaria de los bombardeos? Pues haciéndola, con memorables paradojas, repitiendo frases que retratan a personajes (creo que Goscinny hacía algo parecido en la serie del pequeño Nicolás, el francés del siglo pasado, no el español de este siglo, con Eudes que quería darle puñetazos en la nariz a todos, o el niño que era el ojito derecho de la maestra, etc). Aquí no se habla de un patio de colegio, sino de una unidad de bombarderos, cuyos soldados viven obsesionados con el sexo, con sobrevivir o con el deber y el patriotismo suicida, entre pesadillas, hospitales, normas locas, triquiñuelas reglsmentarias fulleras como la Trampa 22, o con su cámara de fotos para retratar mujeres desnudas sin nunca lograrlo, y cuyos oficiales y mandos desprecian a los soldados de a pie, y buscan todas las maneras posibles de medrar en sus carreras militares sin exponerse al mínimo riesgo, ofreciendo voluntarios a sus soldados para las misiones más peligrosas y fútiles, buscando por todos los medios aparecer en el Saturday Evening Post, indecisos, caprichosos y cobardes como ellos solos. Requiere una gran habilidad hacerte reír a carcajadas en semejante panorama de desesperación, y después de partirte de risa casi te asqueas de ti mismo.

Un retrato de Joseph Heller. Fuente: goodreads.com

Unos días más tarde de escribir el párrafo anterior, ahora que he terminado de leerlo, me quedo conmovido con la sensación brutal, desoladora, de la búsqueda de la novia de su amigo difunto que Yossarian emprende por toda Roma, presenciando una ristra atroz de crueldad y violencia, niños con hambre, palizas, los gritos de “¡Socorro, policía!”, que no son para llamar a la policía, sino para avisar de que viene la policía y lo mejor es ponerse a cubierto. Si los intentos furiosos y habilidosos de la novia de Nately de asesinar a Yossarian te hacían llorar de la risa, este capitulo crudo te hace llorar de desconsuelo por la miseria que muchos con peor suerte que la nuestra siguen viviendo hoy en día.

Tengo un corresponsal en twitter al que no estoy seguro de conocer y a quien parece no gustarle que Cortázar bromease con la muerte de un bebé en Rayuela. Es muy de agradecer leer comentarios sobre mis balbuceos aquí. Pero tengo la convicción de que el humor en medio del drama es lo que el chile habanero al picante, lo que más destaca el dolor, por el puñetazo a la mandíbula que implica. En Catch-22, el humor es la bomba atómica que deja los edificios en pie y ni un alma con vida ni sin secuelas.

Los confidentes, por Bret Easton Ellis

Acabo de devorar esta extraña colección de cuentos crudos y criminales sobre Los Angeles en los años 80 del siglo pasado. Ellis es un autor polémico, o eso oigo decir por ahí. Lo cierto es que aparte de los “arbustos rodantes”, las palabras que más aparecen son relativas a drogas, sexo o violencia. Esos golpes suelen despertar, y es probable que sea difícil escribir sobre esa ciudad sin hablar de ello. ¿Qué otra cosa pasará allí?

El libro es una ristra de cuentos breves escritos en primera persona, en presente de indicativo, todos ellos muy dispares, que tienen en común la ciudad y la época ochentera. Cuando pasas de un cuento al otro te lías un poco porque no sabes si quien habla es una mujer o un hombre. Jóvenes bisexuales con mucho dinero, matrimonios infelices que no se terminan de separar, atiborrados de tranquilizantes, pero que procuran sonreír en las alfombras rojas de los eventos a los que asisten, muchísimo alcohol, beber Tab (puede que eso sea peor que el alcohol), cocaína, gafas de sol wayfarer, hachís, la MTV (la de entonces, de cuando ponían vídeos musicales en vez de realities) promiscuidad, coches deportivos, música de los 80 en cassettes, el Betamax. Hasta aquí todo normal, o al menos previsible, o en la línea de American Psycho o Menos que cero.

Las wayfarer (fuente: ray-ban.com)

Pero en medio de este panorama inmoral sobresale un par de cuentos terribles, truculentos, de los que uno no puede despegarse hasta terminarlos y aún después siguen espantando en el recuerdo.

En uno de ellos una raza de vampiros vive entre los habitantes de L.A. Se dedican a buscar a sus víctimas entre los colectivos que prefieren (mujeres adolescentes, hombres homosexuales, animales), se los llevan a sus extrañas casas sin muebles y con frigorífico para guardar kilos y kilos de carne cruda, se acuestan o no con ellos y en el acto los devoran a mordiscos o les desangran por las venas que más sobresalgan. Muy terrorífico con un mínimo número de palabras. Además, este cuento aparece (hace un cameo) en casi todos los demás del libro, donde hay extrañas muertes sin resolver, como sobredosis con salpicaduras de sangre en el techo, noticias confusas sobre hallazgos de miembros arrancados, destripamentos, accidentes imprecisos.

En el otro unos yonquis han secuestrado a un niño. No lo puedo contar. El protagonista le reprocha a otro personaje que haya hecho algo terrible en el pasado. Pero lo que acaba de hacer él es horrible, absurdo, innecesario. Parece lo que hacemos los humanos cada día (me refiero a reprochar a los demás cosas menos malas que las que hacemos nosotros, no a cometer crímenes espantosos. Eso lo hace, por suerte, menos gente).

Hay película, pero me parece que no muy bien valorada y omite precisamente el cuento central, al parecer. A lo mejor la veo un día.

Mundo digital y agua como servicio esencial

Dentro de unos días voy a asistir en nombre de Hidralia a las jornadas técnicas de H2Orizon en Sevilla, para participar en una mesa redonda titulada “Mundo digital y agua como servicio esencial”, junto a ilustres personalidades en la materia, lo cual me honra e intimida a partes casi iguales:

MODERA: Esther Paniagua

La digitalización de los servicios relacionados con el agua no es tan nueva como podríamos pensar en un principio. La terna de los SCADA, los SIG y los modelos de simulación eran la santísima trinidad de las empresas de aguas allá por los años 80 del siglo pasado. Entonces, como ahora, se les llamaba “nuevas tecnologías”.

Lo único que pasa es que se han rebautizado estos conceptos y, en teoría, es más barato colocar dispositivos que capturen y transmitan datos, que analicen situaciones in-situ o en la nube, e incluso que tomen decisiones más inteligentes y previsoras que las de un humano sobre, por ejemplo, abrir o cerrar una válvula, pequeña o grande, arrancar una bomba o apurar la capacidad de almacenamiento de un depósito para optimizar el consumo de energía.

La captura remota de información se ha difundido y generalizado por medio de, por ejemplo, sistemas de lectura remota de contadores domiciliarios, lo que permite contar con un volumen de información sin precedentes, una oportunidad que implica el desafío de manejar esos datos respetando estrictamente la intimidad de las personas y permitiendo su análisis agregado, anonimizado, para entender cómo funciona el territorio y anticiparse a las necesidades futuras.

Los inventarios cartográficos de las instalaciones se han digitalizado, más allá de la broma jerezana de la “Cartografía en soporte magnético”, que en los 90 era un plano sujeto con imanes a una chapa metálica. Hoy en día, los estándares abiertos y de reutilización de los datos abaratan crear un conjunto de datos específico para cada problema que se quiera resolver, siempre y cuando no exista el estreñimiento tan nuestro de retener el conocimiento para ganar ventaja, contribuyendo de ese modo a un estancamiento que a nadie conviene, ni siquiera al que logra una presunta ventaja pasajera. Pero esto forma parte de mis idealismos quijotescos y nos aleja de la cuestión.

Cada vez que alguien dice “Big Data”, un datito muere en alguna parte. Fuente: tenor.com

Por último, los modelos de simulación, de aprendizaje automático, de inteligencia artificial y las herramientas de análisis de conjuntos inmensos de datos ayudan a intentar predecir qué pasará o a recomendarnos qué es lo mejor que podemos hacer para cubrir unos objetivos que han de ser ambientales, incluyendo a los humanos y su prosperidad en el ámbito de lo ambiental, naturalmente. Hoy se pueden calcular escenarios alternativos de uso de recursos y compartir los resultados con el resto de usuarios, de forma que si alguien tiene una alternativa mejor, sólo tiene que proponerla, se evalúa en el modelo y se visualiza por parte de todos su idoneidad. La duda es si seremos capaces de soportar esa transparencia.

Más allá de lo tecnológico, las actividades de responsabilidad social, de apoyo a los colectivos desfavorecidos por parte de las empresas de aguas (un ejemplo aquí) ayudan a encontrar mecanismos que faciliten el acceso a estos servicios básicos pese a los altibajos a los que hoy en día cualquiera podría estar expuesto. Las apps permiten a los ciudadanos de nuestro “primer mundo” conocer su consumo, ponerse alarmas por si tienen una avería interior, domiciliar sus pagos por el servicio, participar y ser atendidos en múltiples canales, más allá de la tradicional cola ante un mostrador.

En las ciudades se asegura el servicio de entrega y recogida del agua con garantías de cantidad y calidad. En las zonas rurales se avanza hacia el pleno saneamiento, pese a las multas por la demora en lograrlo. Tenemos pendiente supervisar y evitar los desbordamientos del saneamiento y, en menor medida, prevenir inundaciones cuando llueve. El estándar avanza y mejora año tras año en los núcleos de población.

¿Cómo es posible que con tantos adelantos a nuestra disposición aún tengamos pendiente el 6º objetivo de desarrollo sostenible del milenio? Asegurar la disponibilidad y la gestión sostenible de agua y saneamiento para todos es un fin de esos que diferencian acarrear piedras de construir una catedral que toque el cielo e inspire a los demás. Sin embargo, y seguro que Catarina lo podrá explicar con datos más frescos que mi difusa intuición, esto es algo que está lejos de obtenerse en gran parte del planeta.

En 2017, el 10% de la población no utiliza fuentes mejoradas de abastecimiento de agua potable, y cerca de un tercio de la población mundial no dispone de saneamiento. 2000 millones de personas vivían en países con un alto estrés hídrico, extrayendo más recursos de los que se renuevan, con lo que en el futuro es casi seguro que sufrirán la escasez. (Fuente: Source: Report of the Secretary-General, “Progress towards the Sustainable Development Goals”, E/2017/66, citado en https://sustainabledevelopment.un.org/sdg6)

Incluso más allá del uso directo, la disponibilidad de agua para la producción de alimentos a un precio que permita ejercer la actividad es algo de difícil garantía, en parte por la variabilidad de un fenómeno aleatorio como es la meteorología, pero sobre todo porque tenemos pendiente integrar la información, basar nuestras decisiones en datos, cooperación e información, en lugar de en intuiciones engañosas o en intereses no declarados.

Es un desafío como especie, que afecta a algo infinitamente más importante que los resultados del año que viene. Vamos a por él.

También puede haber buenas noticias

Y no son necesariamente tiernos videos de animales o actos aleatorios de amabilidad, como explica este post del blog de Google Assistant. Se trata de una funcionalidad de su asistente que está en pruebas en los EE.UU. y que consiste en pedirle que te cuente algo bueno. Te muestra entonces noticias cultivadas y recopiladas por Solutions Journalism Network que cuentan cómo es posible resolver problemas concretos con un impacto positivo y significativo, como reducir la brecha educativa racial en la Universidad estatal de Georgia combinando datos y empatía (¡vaya cóctel!), la recuperación de la economía y del hábitat de las abejas por los apicultores aficionados del Este de Detroit o cómo Islandia ha reducido la tasa de alcoholismo entre los adolescentes con toques de queda y cupones para actividades extraescolares.

¿Puede ser el principio de una dieta de medios equilibrada? Vendría bien, para descansar de la habitual ración de pretextos para estar enfadado, bulos para seguir alimentando el sesgo de confirmación de nuestros prejuicios y excusas derrotistas para seguir inmóviles. Prefiero un poquito de inspiración para mejorar las cosas poco a poco, cada día, en la medida de mis posibilidades.

Mi ritmo de escritura

No es que sea fulgurante, que digamos, mi ritmo. Yo solía escribir (o publicar) bastante más, o al menos con más frecuencia. Tenía cierta obsesión por darme a conocer, o por opinar en público. Lo cierto es que ahora veo mis escritos más antiguos y mi principal sensación es de vergüenza, por haber sacado esos textos imperfectos a la luz, de donde no se pueden rescatar. Como cuando le dices algo cruel a un ser querido, movido por el enfado o la impaciencia. Demasiado tarde, el mal ya está hecho. Y ahora, como si me hubiese arrepentido, no escribo (no publico) nada nuevo.

Tengo decenas (o puede que cientos) de borradores de artículos esperando que me digne darles el achuchón que les falta. A muchos de ellos más que un achuchón lo que les falta es un entierro decente. La más importante herramienta del escritor es la papelera, creo recordar que decía Hemingway.

La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor. Ernest Hemingway

Recuerdo mal, pero había papeleras y escritores en la cita de Hem. (fuente:akifrases.com)

Ayer o anteayer (en vacaciones se me mezclan los días) vi un video en el que el guionista de comics Alan Moore (V de Vendetta, Watchmen, La liga de los hombres extraordinarios, Constantine), que también imparte talleres de escritura creativa, donde decía que escribir de verdad, desafiándote a ti mismo, es lo que merece la pena.

(Me encanta su acento, sobre todo cómo pronuncia “writers”)

Los autores de best-sellers, que fabrican, evacuan o perpetran libros por toneladas, repitiendo la última fórmula que funcionó, no le interesan ni lo más mínimo. A mi me pasa igual (ya sabemos que soy un pelín pedante) incluso con los lectores de esos libros, los espectadores de esos materiales escritos y/o audiovisuales en los que desde la primera escena, desde la portada o el cartel, si me apuras, desde entonces se ve venir lo que va a pasar. No hay juego, no hay expectación, intriga, pasión ni crecimiento. Sólo esperar a llegar a la última página, o al último fotograma y salir de esa historia igual, sólo que un poco más viejo. No queremos eso.

A lo mejor me estoy protegiendo demasiado de ese peligro. Y a los que me leáis. Así que bomba va, post al hiperespacio.