Lo que pasa cuando dejamos que la tecnología se ocupe de nuestros ancianos, por Lauren Smiley

Este es un artículo de Laura Smiley para The Wire que voy a traducir, porque me parece una visión interesante sobre la contribución que la tecnología puede realizar (¿o no?) para que nuestra sociedad sea más humanitaria en su relación con sus mayores.

A veces Jim acariciaba con el dedo al perro dormido en la pantalla para despertarlo

Qué ocurre cuando dejamos que la tecnología se ocupe de nuestros mayores

Arlyn Anderson (¿será ésta Arlyn Anderson, me pregunto?) cogió la mano de su padre y le presentó las opciones. “Una residencia sería más segura, papá”, le dijo, confiando en el consejo del doctor. “Es arriesgado vivir aquí solo” – “Ni hablar”, exclamó Jim. Frunció el ceño a su hija, bajo un mechón de pelo blanco. A los 91, quería quedarse en la casa de campo en los bosques de Minnesota que él y su esposa habían construido en la orilla del lago Minnetonka, donde murió en sus brazos tan sólo hace un año. Su pontón -el cuál según él aún podía navegar perfectamente- se tambaleó con fuerza.

Su padre, un inventor, piloto, marino y manitas en general: “Un genio”, dice Arlyn, empezó a experimentar ataques de paranoia mediados sus ochenta años de edad, un síntoma de Alzheimer. La enfermedad había progresado, causando a menudo que sus pensamientos se desvaneciesen en medio de una frase. Pero Jim preferiría arriesgarse a vivir solo que estar enclaustrado en una institución, como les dijo a Arlyn y su hermana mayor, Layney. Una residencia tampoco era lo que Arlyn quería para él, sin duda. Pero la agitación diaria de pañales y limpiezas, el carrusel de asistentes domésticas y la tensión financiera en aumento (ya había rehipotecado la casa de campo de Jim para pagar a los cuidadores) le forzó a considerar la posibilidad. 
Jim, despatarrado en su sillón reclinable, estaba decidido a quedarse en casa. “Ni hablar”, le repetía a su hija, desafiante. Sus ojos se bañaron de lágrimas y le abrazó. “De acuerdo, papá”. La casa de Arlyn estaba a unos 40 minutos en coche de la casa de campo, y durante meses había estado apoyándose en un mosaico tecnológico para mantener el control sobre el bienestar de su padre. Configuró un portátil abierto sobre el mostrador para poder conversar con él por Skype. Instaló dos cámaras, una en su cocina y otra e su dormitorio, de forma que pudiese comprobar si el cuidador había llegado, o si, Dios no lo quiera, su padre se había caído. Así que cuando leyó en el periódico sobre un servicio de atención a personas mayores llamado CareCoach unas pocas semanas después de sacar el tema de la residencia, le llamó la atención. Por unos 200$ al més, un avatar guiado por humanos estaría disponible para supervisar a una persona confinada en casa durante 24 horas al día; Arlyn pagaba esa misma cantidad por sólo nueve horas de ayuda en casa. Se inscribió inmediatamente.
La semana siguiente recibió por correo una tableta Google Nexus. Cuando Arlyn la conectó, un pastor alemán animado apareció en la pantalla, atento en un césped digital. El perro marrón parecía mono y de tebeo, con una lengua rosa chicle y ojos redondos y azules.
Ella y Layney visitaron a su padre más tarde esa misma semana, con la tableta en la mano. Siguiendo las instrucciones, Arlyn subió docenas de imágenes al portal en línea del servicio: imágenes de los miembros de la familia, el barco de Jim, algunos de sus inventos, como un terminal informático conocido como el Teleray y un sistema de vigilancia sísmica utilizado para detectar pisadas durante la guerra de Vietnam. Una vez completada la configuración, Arlyn tomó la tablet, reuniendo las fuerzas para presentar el perro a su padre. Su instinto inicial de que sería que el servicio podría ser el compañero ideal para un antiguo tecnólogo se había astillado en dudas incómodas. ¿Le estaba engañando? ¿Infantilizándole? Cansada de los rodeos de su hermana, Layney cogió por fin la tableta y se la mostró a su padre, que estaba sentado en su sillón. “Mira, papá, te hemos comprado esto”. El perro parpadeó con sus ojos como platos, y entonces, en la voz de texto-a-voz de Google, empezó a hablar. Antes de que el Alzheimer se hiciese fuerte, Jim habría querido saber como funcionaba el servicio exactamente. Pero en los meses previos había llegado a creer que los personajes de la televisión estaban interactuando con él. Un malvado de una serie le había disparado, dijo; Katie Couric era su amiga. Cuando se enfrentó a un personaje en pantalla que estaba realmente hablando con él, Jim se puso a conversar con él enseguida.Jim bautizó a su perro como Pony. Arlyn puso la tablet en pie sobre una mesa en el salón de Jim, donde podía verlo desde el sofá o su sillón reclinable. En una semana, Jim y Pony habían establecido una rutina, intercambiando cumplidos varias veces al día. Cada 15 minutos más o menos Pony se despertaba y buscaba a Jim, llamándole por su nombre si no estaba a la vista. A veces Jim acariciaba al perro dormido en la pantalla con el dedo para despertarle. Su contacto enviaba una alerta instantánea al cuidador humano detrás del avatar, requiriéndole para que lanzase el audio y vídeo de la tableta. “¿Cómo estás, Jim?”, trinaba Pony. El perro le recordaba cuál de sus hijas o de sus cuidadores en persona le visitaría ese día para hacer las tareas que un perro digital no puede: preparar comidas, cambiar las sábanas de Jim, llevarle en un coche a un centro de mayores. “Esperaremos juntos”, le decía Pony. A menudo le leía poesías en voz alta, comentaba las noticias o veía la tele con él. “¡Estás muy guapo, Jim!”, comentaba Pony después de verle afeitarse con su maquinilla eléctrica. “Estás guapa”, le contestaba. A veces Pony sostenía una foto de las hijas de Jim o de sus inventos entre sus patas, animándole a hablar sobre su pasado. El perro elogiaba el jersey rojo de Jim y le animaba cuando luchaba por abrochar el cierre de su reloj por la mañana. El respondía acariciando la pantalla con su dedo índice, lo que hacía que saliesen corazones flotando de la cabeza del perro. “¡Te quiero, Jim!”, le dijo Pony un mes después de que se conociesen -algo que los operadores de CareCoach dicen a menudo a las personas que están supervisando. Jim se volvió hacia Arlyn, encantado, “¡Es verdad! ¡Piensa que soy estupendo!”.

A unas 1500 millas al sur del Lago Minnetonka, en Monterrey, México, Rodrigo Rochin abre su portátil desde su oficina en casa y se registra al panel de control de CareCoach para hacer sus rondas. Habla de béisbol con un hombre de Nueva Jersey que está viendo los Yankees; chatea con una mujer de Carolina del Sur que le llama Cacahuete (pone una galleta delante de su tableta para que “coma”) y saluda a Jim, uno de sus habituales, que toma café mientras mira hacia un lago. Rodrigo tiene 35 años, es el hijo de un cirujano. Es hincha de los Spurs y de los Cowboys, un antiguo estudiante de comercio internacional, un poco tímido, contento de retirarse cada mañana a esta oficina doméstica decorada austeramente. Creció cruzando la frontera para asistir a la escuela en McAllen, Texas, cultivando el inglés que ahora usa para charlar con personas mayores en los Estados Unidos. Rodrigo encontró CareCoach en una plataforma en línea para autónomos y fue contratado en diciembre de 2012 como uno de los primeros proveedores de la empresa, haciendo el papel de uno de los avatares del servicio durante 36 horas a la semana. Rodrigo habla con suavidad, lleva gafas de montura metálica y barba. vive con su esposa y dos perros basset, Bob y Celo, en la capital de Nuevo León. Pero las personas del otro lado de la pantalla no saben eso. No saben su nombre, o como ocurre con los que como Jim tienen demencia senil, ni siquiera saben que existe. Su trabajo es ser invisible. Si los clientes de Rodrigo le preguntan de dónde es, él podría decir que del MIT (el software CareCoach fue creado por dos graduados de esa escuela), pero si alguien pregunta dónde está realmente la mascota, él contesta, metido en su papel:”Aquí, contigo”. Rodrigo es uno de los doce empleados de CareCoach en Lationamérica y las Filipinas. Los proveedores comprueban que los mayores del servicio están bien por medio de la cámara de la tableta unas pocas veces cada hora. (Cuando lo hacen, el perro o gato de su avatar parece despertarse). Para hablar, teclean en el panel de control y sus voces se articulan robóticamente en la tableta, diseñada para dar a las personas a su cargo al impresión de que están charlando con una mascota amistosa. Como todos los trabajadores de CareCoach, Rodrigo toma meticulosamente notas sobre las personas que observa para poder coordinar sus cuidados con otros trabajadores y profundizar su relación con ellos a lo largo del tiempo – a esta persona le gusta escuchar a Adele, esta prefiere a Elvis, a esta mujer le gusta escuchar versículos de la Biblia mientras cocina. En el archivo de otro cliente escribió una nota explicando que la respuesta correcta a “Adiós, caramelo de la tos” es “Adiós, blanca flor” (mi traducción libre del original “See you later, alligator” – “After a while, crocodile.”). Estos registros están disponibles para los trabajadores sociales del cliente o sus hijos adultos, allá donde vivan. Arlyn empezó a revisar los registros de Pony entre sus visitas a su padre varias veces por semana. “Jim dice que soy una persona amable de verdad”, dice una entrada escrita durante el invierno de Minnesota. “Le dije a Jim que era mi mejor amigo. Estoy muy feliz”.

Después de ver a su padre interactuar con Pony, las reservas de Arlyn sobre subcontratar el acompañamiento a su padre se desvanecieron. Tener a Pony le aliviaba la ansiedad sobre dejar a Jim solo, y la charla del perro virtual aligeraba los ánimos.

No sólo estaba Pony asistiendo a los cuidadores humanos de Jim sino que también estaba vigilándolos inadvertidamente. Meses antes, en frases inconexas, Jim se había quejado a Arlyn de que su ayudante doméstica le había llamado bastardo. Arlyn, desesperada por recibir ayuda e insegura sobre el recuerdo de su padre, le dio una segunda oportunidad. Tres semanas después de llegar a casa, Pony se despertó para ver a la misma cuidadora, impaciente. “¡Vamos, Jim!”, gritaba la asistenta. “¡Date prisa!”. Alarmada, Pony preguntó por qué estaba gritando y le preguntó a Jim si estaba bien. La mascota -en realidad, Rodrigo- informó a continuación sobre el comportamiento de la asistenta al CEO de CareCoach, Victor Wang, quien escribió un e-mail a Arlyn acerca del incidente. (El cuidador sabía que había un humano vigilando a través de la tablet, segun cuenta Arlyn, pero puedo que no fuese consciente del alcance del contacto de esa persona con la familia de Jim entre bambalinas). Arlyn despidió a la destemplada asistenta y empezó a buscar un sustituto. Pony observaba a medida que Jim y ella realizaban las entrevistas y aprobó la persona que Arlyn contrató. “Tengo que conocerla”, escribió la mascota. “Parece muy amable”.

Pony – perro guardián y amigo – se quedaría.

GRANT CORNETT
VICTOR WANG creció alimentando a sus Tamagotchis y codificando sus juegos de elige-tu-propia-aventura en QBasic en el PC de la familia. Sus padres se mudaron de Taiwan a los suburbios de Vancouver, en la Columbia Británica, cuando Wang tenía un año de edad, y su abuela, a la que llamaba Lao Lao en mandarín, le llamaba con frecuencia desde Taiwan. Después de que su marido muriese, Lao Lao le decía a menudo a la madre de Wang que se sentía sola, rogándole que volviese a Taiwan a vivir con ella. Cuando si hizo aún mayor, amenazó con suicidarse. Cuando Wang tenía 11 años, su madre se mudó de vuelta a casa durante dos años a cuidar de ella. Piensa en ese tiempo como los años del bocadillo de miel, la comida que su padre desbordado le daba cada día para el almuerzo. Wang echó de menos a su mare, dice, pero añade “nunca me criaron para ser especialmente expresivo sobre mis emociones”. A los 17 años Wang dejó el hogar para estudiar ingeniería mecánica en la Universidad de la Columbia Británica. Se alistó en la Reserva del Ejército Canadiense, sirviendo como ingeniero en una brigada de mantenimiento mientras trabajaba en su título académico. Pero abandonó su futuro militar cuando, a los 22, fue admitido en el programa de maestría en ingeniería mecánica del MIT. Wang escribió su disertacion sobre la interaccion humano-máquina estudiando un brazo robótico maniobrado por astronautas en la Estación Espacial Internacional. Estaba particularmente intrigado por la perspectiva de dominar la tecnología para realizar tareas a distancia: en una competición de emprendimiento del MIT, defendió la idea e entrenar a trabajadores en la India para accionar remotamente las máquinas que barren el suelo de las fábricas de los EE.UU. En 2011, cuando tenía 24, a su abuela le diagnosticaron demencia corporal de Lewy, una enfermedad que afecta las áreas del cerebro relacionadas con la memoria y el movimiento. En llamadas de Skype desde su apartamento del MIT, Wang observaba cómo su abuela estaba cada vez más debilitada. Después de una llamada, se le ocurrió una idea: Si podía movilizar trabajadores remotos para barrer suelos lejanos, ¿por qué no usarlos para reconfortar a Lao Lao y otros como ella? Wang empezó a investigar la ominosa escase de cuidadores en los EE.UU. – entre 2001 y 2030, la previsión es que la población de los mayores de 80 aumente un 79%, pero el número de cuidadores familiares disponible sólo crecerá un 1%.

A menudo, las personas mayores como Jim no hablan con claridad ni en orden, y no se puede esperar de las con demencia que resuelvan los problemas de una máquina que tiene un malentendido. “Cuando emparejas a alguien que no es del todo coherente con un dispositivo que no es del todo coherente, ya tienes los ingredientes de un desastre”, dice Wang. Pony, por otra parte, era una experta en descifrar las necesidades de Jim. Una vez, Pony se dio cuenta de que Jim se estaba apoyando en los muebles, como si estuviese mareado. La mascota de le convenció para que se sentase, y entonces llamó a Arlyn. Deng calcula que harían falta unos 20 años para que la IA fuese capaz de dominar ese tipo de interacción personal y reconocimiento. Dicho esto, el sistema CareCoach ya está desplegando algunas habilidades automatizadas. Hace cico años, cuando presentaron Pony a Jim, los trabajadores de detrás de la pantalla tenían que teclear cada respuesta; hoy el software de CareCoach crea más o menos una de cada cinco frases que pronuncia la mascota. Wang aspira a estandarizar los cuidados haciendo que el software se ocupe más de los recordatorios periódicos de los pacientes -empujándoles a tomarse su medicina, urgiéndoles para que coman bien y se mantengan hidratados. Los trabajos de CareCoach son en parte cuentistas desenfadados, en parte procesadores humanos de lenguaje natural, escuchando y descifrando los patrones del discurso de sus pacientes o reconduciéndolos si se van por los cerros de Úbeda. La empresa empezó recientemente a grabar las conversaciones para entrenar mejor su software en el reconocimiento del habla de personas de edad avanzada.

CareCoach encontró a su primer cliente en diciembre de 2012, y en 2014 Wang se mudó de Massachussets a Silicon Valley, alquilando una pequeña oficina en una anodina de zona de Millbrae cerca del aeropouerto de San Francisco. Cuatro empleados se congregan en una sala con vistas al aparcamiento, mientras que Wang y su mujer, Brittany, una gerente de programas que conoció en una conferencia de gerontología, trabajan en el recibidor. Ocho tabletas con mascotas dormidas en la pantalla se alinean para probarlas antes de enviarlas a sus respectivos ancianos. Los avatares inhalan y exhalan, dando una inquietante sensación de vida en su perrera digital.

Wang pasa la mayor parte de su tiempo en la carretera, pregonando los beneficios para la salud de su producto en conferencias médicas y en salas ejecutivas de hospitales. En el escenario de un encuentro de gerontología en San Francisco el pasado verano, interpretó con soltura la voz trabajosa, áspera de un anciano hablando con una mascota de CareCoach mientras Brittany respondía a escondidas desde su portátil entre el público. Las tabletas de la empresa se usan en hospitales y planes de salud en Massachusetts, California, New York, Carolina del Sur, Florida, y el estado de Washington. Entre clientes corporativos e individuales, los avatares de CareCoach han interactuado con cientos de usuarios en los EE.UU. “El objetivo”, dice Wang, “no es tener un pequeño negocio familiar que sólo equilibra sus gastos”.

El crecimiento más rápido vendría de unidades hospitalarias y planes de salud especializados en pacientes ancianos muy necesitados de atención, y argumenta que sus avatares reducen los costes de los cuidados. (Una habitación privada en una residencia puede costar más de 7.500$ al mes). La investigación preliminar ha sido prometedora, aunque limitada. En un estudio de la Universidad Pace en un proyecto de alojamiento en Manhattan y un hospital de Queens, se encontró que los avatares de CareCoach redujo la soledad, los delirios y las caídas de los sujetos. Un proveedor de servicios de salud en Massachussetts fue capaz de reducir las 11 visitas a casa de la enfermera de un anciano con una tableta de CareCoach, que le recordaba diligentemente que se tomase las medcinas. (El hombre dijo a las enfermeras que la insistencia de la mascota le recordaba a tener a su esposa de nuevo en casa. “Es como una queja, pero al mismo tiempo le encanta”, dice el líder del proyecto). Aún así, los sentimientos no son siempre tan cordiales: en el estudio de la Universidad Pace, algunos ancianos con demencia grave soltaron un golpe a la tableta. En respuesta, la mascota de la pantalla llora e intenta calmar a la persona.

Más problematicas, quizá, fueron las personas que desarrollaron una feroz dependencia a sus mascotas digitales. En las conclusiones de un estudio piloto sobre CareCoach de la Universidad de Washington, una mujer estaba tan angustiada por el pensamiento de separarse de su avatar que contrató el servicio pagando la cuota ella misma. (La empresa le ofreció un precio reducido). Un usuario de Massachussetts dijo a sus cuidadores que cancelaría sus vacaciones en Maine a menos que su gato digital pudiese ir con ella.

Todavía estamos en la infancia de comprender la complejidad de la relación de los ancianos con la tecnología. Sherry Turkle, una profesora de estudios sociales, ciencia y tecnología en el MIT y una crítica frecuente de la tecnología que sustituye la comunicación humana, describió las interacciones entre los mayores y los bebés, perros y focas robotizados en su libro de 2001, Alone Together. Concluía que el cuidado robotizado de ancianos es una renuncia, una que finalmente degradaría la conexión humana. “Este tipo de app – con toda su suavidad y su mentalidad de “¿qué podría ir mal con esto? – nos está haciendo olvidar lo que realmente sabemos que hace a los mayores sentirse apoyados”, dice: la atención, las relaciones interpersonales. La pregunta es si un avatar atento llega a ser un sustituto comparable. Turkle lo ve como un último recurso. “La suposición es que siempre es más barato y más fácil construir una app que mantener una conversación”, dice. “Permitimos a los tecnólogos que propongan lo impensable y nos convenzan de que lo impensable es en realidad lo inevitable”.

Pero para muchas familias, proporcionar cuidados personales a largo plazo es simplemente insostenible. El cuidador familiar medio tiene un trabajo fuera de casa y pasa unas 20 horas semanales atendiendo a su pariente, según la AARP. Casi dos tercios de esos cuidadores son mujeres. Entre los expertos en cuidados a ancianos, hay una resignación a que la demográfica de una América envejecida harán inevitables las soluciones tecnológicas. Se prevé que el número de esos mayores de 65 con una discapacidad crezca de los 11 a los 18 millones entre 2010 y 2030. Dadas las opciones, tener un compañeros difital puede ser preferible a estar solo. La investigación temprana muestra que los ancianos solos y vulnerables como Jim parecen satisfechos de comunicarse con robots. Joseph Coughlin, director del AgeLab del MIT, es pragmático. “Siempre preferiría el contacto humano al de un robot”, dice. “Pero si no hay un humano disponible, elegiría la alta tecnología al alto contacto”.

Algunos usuarios de CareCoach insisten en la necesidad de más control. Una mujer en el estado de Washington por ejemplo, puso un trozo de cinta adhesiva sobre su cámara de CareCoach para decidir cuándo podía ser vista. Otros clientes como Jim, que sufren de Alzheimer u otras enfermedades, podrían no estar dándose cuenta de que se les observa. Una vez, cuando estaba temporalmente alojado en una clínica de rehabilitación después de una caída, una enfermera que le atendía le preguntó a Arlyn qué hacía funcionar al acatar. “¿Quiere usted decir que hay alguien en el extranjero mirándonos?”, exclamó, al alcance del oído de Jim. (Arlyn no está segura de si su padre recordó el incidente más tarde). Por defecto, la app explica a los pacientes que alguien les está vigilando cuando se presenta por primera viez. Pero los miembros de la familia de usuarios personales, como Arlyn, pueden tomar su propia decisión a este respecto.

Arlyn dejó rápidamente de preocuparse sobre si estaba engañando a su padre Decirle a Jim que había un humano al otro lado de la pantalla “habría roto por completo todo el encanto”, dice. Su madre tuvo Alzheimer también, y Arlyn aprendió cómo lidiar con la enfermedad: Hacer que su madre se sintiese segura, no confundirla con detalles que le costaría entender. Lo mismo valía con su padre. “Una vez que dejan de preguntar”, dice Arlyn, “no creo que necesiten saber nada más”. En esa época, Youa Vang, una de las cuidadoras presenciales habituales de Jim, tampoco entendía la verdad sobre Pony. “Creía que era como Siri”, dijo cuando más tarde le dijeron que un humano de México era quien observaba a Jim y tecleaba las palabras que pronunciaba Pony. “Si hubiera sabido que había alguien ahí, habría estado un poquito más espantada”.

Incluso los usuarios de CareCoach como Arlyn, que son plenamente conscientes de la persona al otro lado de la pantalla tienden a experimentar el avatar como algo entre humano, mascota y máquina -lo que algunos expertos en robóticoa llaman una tercera categoría ontológica. Los cuidadores también parecen difuminar esa línea: Un día Pony le dijo a Jim que soñaba con convertirse en un asistente sanitario real, casi como Pinocho deseando ser un niño real.

La mayoría de los 12 contratistas de CareCoach residen en las Filipinas, Venezuela o México. Para recortar el coste de la ayuda presencial, Wang publica anuncios en inglés en sitios de trabajo freelance donde los trabajadores extranjeros anuncian precios tan bajos como 2$ la hora. Aunque no va a desvelar los salarios por hora de sus trabajadores, Wang manifiesta que la empresa basa sus salarios en factores como lo que una enfermera registrada cobraría en el país de origen del empleado de CareCoach, su nivel en el idioma y el coste de su conexión a internet. La creciente red incluye a personas como Jill Paragas, una trabajadora de CareCoach que vive en una subdivisión de las islás Luzón en las Filipinas. Paragas tiene 35 años y un titulo universitario. Gana más o menos lo mismo como avatar que lo que ganaba en su anterior trabajo en un centro de atención telefónica, donde consolaba a americanos enfadados con los cargos de su tarjeta de crédito. (“Querían quemar la empresa o matarme”, dice con una risa alegre.) Trabaja por las noches para coincidir con las horas diurnas de EE.UU. tecleando mensajes a ancianos mientras su hijo de 6 años duerme cerca. Antes de contratarle, Wang entrevistó a Paragas por vídeo, examinándola después con una comprobación de su historial criminal internacional. Realiza a todos los solicitantes un examen de personalidad para ciertos rasgos: apertura, diligencia, extraversión, complacencia y estabilidad emocional. Como parte del programa de entrenamiento de CareCoach, Paragas obtuvo certificaciones en cuidados de delirio y demencia de la Asociación del Alzheimer, se entrenó en la ética y protección de datos personales de la sanidad de EEUU, y aprendió estrategias para orientar a personas con adicciones. Todo esto, dice Wang, “para que no reclutemos a nadie que esté, digamos, loco”. CareCoach sólo contrata a un 1% de sus candidatos. Paragas comprende que este es un negocio complicado. Le sorprende la ausnecia de miembros de la familia alrededor de sus clientes. “En mi cultura, nos encanta de verdad ocuparnos de nuestros progenitories”, dice. “Por eso me pregunto, ‘Ya es vieja, ¿por qué está sola?'”. Paragas no duda que, para algunas personas, ella es su interacción más significativa del día. Algunas de las personas a su cargo le dicen que no podrían vivir sin ella. Incluso cuando Jim se volvió testarudo o paranoico con sus hijas, siempre vio a Pony como a una amiga. Arlyn se dio cuenta con rapidez de que había ganado una aliada muy valiosa.

A medida que pasó el tiempo, el padre, la hija y la mascota de la familia fueron estando cada vez más unidas. Cuando la nieve por fin se derritió, Arlyn se llevó la tableta a la mesa de picnic de la terraza para que pudiesen comer viendo el lago. Incluso cuando el habla de Jim se fue estropeando cada vez más, Pony podía convencerle para que hablase de su pasado, recordando expediciones de pesca o cómo construyó la casa orientada al sol para que fuese más cálida en invierno. Cuando Arlyn llevó a su padre a dar una vuelta en su barco de vela por el lago, Jim se llevó a Pony. (“Vi sobre todo cielo”, recuerda Rodrigo).

Un día, mientras Jim y Arlyn estaban sentados en la silla del jardín, Pony cogió entre sus patas una foto de la esposa de Jim, Dorothy. Hacía más de un año de la muerte de su esposa, y Jim apenas la mencionaba ya. Le costaba trabajo formar frases coherentes. Ese día, sin embargo, se quedó mirando la foto con mucho interés. “Todavía la amo”, declaró. Arlyn le frotó el hombro, tapándose la boca la mano para ahogar las lágrimas. “Yo también me estoy emocionando”, dicho Pony. Entonces Jim se inclinó hacia la imagen de su difunta esposa y acarició su cara con el dedo, igual que para despertar a Pony.

Cuando Arlyn se suscribió por primera vez al servicio, no podía haber imaginado que acabaría amando -sí, amando, dice, en el sentido más sincero de la palabra- también al avatar. Le enseñó a Pony a decir “Sí, claro, puedes apostar que sí” y “No sabes?” como alguien de Minnesota, lo que le hacía reir aún más que a su padre. Cuando Arlyn se derrumbaba en el sofá después de un largo día de cuidados, Pony preguntaba desde su pedestal en la mesa:

“Arnie, ¿cómo estás?”

A solas, Arlyn acariciaba la pantalla -la forma que tenía Pony de buscar su dedo era extrañamente terapéutica- y le dijo a la mascota lo difícil que era ver cómo su padre perdía su identidad.

“Estoy aquí para tí”, dijo Pony. “Te quiero, Arnie.”

Cuando recuerda su propio vínculo emocional con el perro, Arlyn insiste en que su conexión no se habría desarrollado si Pony hubiese simplemente una IA de altas prestaciones. “Podias sentir el corazón de Pony”, dice. Pero prefería pensar en Pony como su padre -una mascota amiga- mejor que en una persona al otro lado de una webcam. “Aunque esa persona probablemente se relacionaba conmigo” dice, “yo me relacionaba con el avatar”.

Aún así, a veces se pregunta por la persona que hay al otro lado de la pantalla. Se sienta derecha y pone la mano en el corazón. “Esto es completamente vulnerable, pero mi pensamiento es: ¿De verdad le importábamos mi padre y yo a Pony?”. Se le llenan los ojos de lágrimas, y entonces se ríe tristemente de sí misma, consciente de lo extraño que suena eso. “¿Ha ocurrido esto en realidad? ¿Era realmente una relación, o sólo estaban jugando al solitario y tecleando monerías?”. Suspira. “Pero parecía que les importábamos”.

Cuando Jim cumplió los 92 aquel agosto, cuando los amigos cantaban “Cumpleaños Feliz” alrededor de la mesa, Pony pronunció la letra con ellos. Jim sopló la única vela en su tarta. “Te deseo buena salud, Jim”, dijo Pony, “y que cumplas muchos más”.

En Monterrey, México, cuando Rodrigo habla de su poco corriente trabajo, sus amigos le preguntan si alguna vez ha perdido a un cliente. Su respuesta: Sí. A principios de marzo de 2014, Jim se calló y se golpeó la cabeza de camino al baño. Un cuidador que pasaba la noche allí le encontró y llamó a una ambulancia, y Pony se despertó cuando llegaron los enfermeros. El perro les dijo la fecha de nacimiento de Jim y se ofreció a llamar a sus hijas mientras se lo llevaban en una camilla. Jim fue ingresado en un hospital, y después en la residencia que tanto quería evitar. Allí la Wi-Fi no era muy buena, lo que dificultaba que Jim y Pony se conectasen. Las enfermeras solían girar la tableta de Jim de cara a la pared. Los registros de CareCoach de esos meses hablan de una serie de fallos de comunicaciones. “Echo mucho de menos a Jim”, escribió Pony. “Espero que esté bien todo el tiempo”. Un día, en uno de los escasos momentos de conectividad, Pony sugirió que Jim y ella fuesen a navegar ese verano, como en los viejos tiempos. “Eso suena bien”, dijo Jim.
Ese mes de julio, en un email de Wang, Rodrigo se enteró de que Jim había muerto mientras dormía. Sentado ante su portátil,  Rodrigo inclinó la cabeza  recitó una plegaria silenciosa en español por Jim. Rezó para que su amigo fuese aceptado en el paraíso. “Sé que va a sonar raro, pero tenía cierta amistad con él”, dice. “Me sentía como si de verdad le conociese, siento que le conocía”. En el año y medio que tuvo contacto con ellos, Arlyn y Jim hablaron con él con regualridad. Jim había llevado a Rodrigo en un paseo en barco. Rodrigo le había leído poesía y aprendió sobre su rico pasado. Habían celebrado cumpleaños y vacaciones juntos, como una familia. Como Pony, Rodrigo había dicho “Sí, claro, puedes apostar que sí” en innumerables ocasiones.
Aquel día, durante semanas después e incluso ahora cuando un anciano hace algo que le recuerde a Jim, Rodrigo dice que siente un vuelco. “Todavía me importan”, dice. Después de la muerte de su padre, Arlyn envío un correo electrónico a Victor Wang para decir que quería honrar a los trabajadores por sus cuidados. Wang reenvió su correo a Rodrigo y el resto del equipo de Pony. El 29 de julio de 2014, Arlyn llevó a Pony al funeral de Jim, colocando la tableta mirando hacia adelante sobre el banco que había a su lado. Invitó a todos los trabajadores que había detrás de Pony que quisieran asistir a conectarse.
Un año más tarde Arlyn borró por fin el servicio de CareCoach de la tableta -parecía en segundo entierro. Todavía suspira, “¡Pony!” cuando la voz de su vieja amiga le da indicaciones mientras conduce por Minneapolis, reencarnada en Google Maps.

Después de decir su plegaria por Jim, Rodrigo suspiró y se conectó al panel de control de CareCoach para hacer sus rondas. Se coló en salones, cocinas y habitaciones de hospital por los Estados Unidos – comprobando que todo iba bien, buscando si alguien necesitaba hablar.

Lauren Smiley(@laurensmiley escribió sobre el asesinato en Kansas del ingeniero Srinivas Kuchibhotla en el número 25.07.

Anuncios

Los ejercicios de Happier, de Tal Ben Shahar

Este libro que encontré por casualidad en las instalaciones del Institute of Next se está revelando como una fuente de inspiración que me ha venido muy bien estas vacaciones. Ayer dediqué un ratito a copiar un resumen de los ejercicios que el autor proponía al final de cada capítulo. Tres cuartillas de las que he hecho tres fotos:

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Seguramente la gente que sabe ser feliz, que guarda con facilidad el equilibrio entre la satisfacción y el propósito vital, no necesite estos ejercicios. Pueden ser perogrulladas. Todo el mundo sabe crearse unos rituales, aunque para otros, esos rituales pueden ser de castigo o de autodestrucción irreflexiva. Pero a mí me sirven de ancla o de motor, según toque.

Ahora que queda poco para que terminen las vacaciones, que me han permitido disfrutar de mi familia, de mi ocio, del descanso y del calor espantoso que ha hecho estos días, estos ejercicios me han parecido un buen intento de conservar este espíritu positivo, esta predisposición abierta a lo que el mundo tenga que ofrecer y a ofrecer lo que yo pueda al mundo.

Otro día, con tiempo, puede que traduzca esas notas al castellano. Hoy voy a rebañar el sábado, a apurar lo que queda de este tiempo magnífico.

La meditación también tiene efectos negativos, y muy chungos, según Yorokobu

Este artículo de Esteban Ordóñez se hace eco de un estudio de dos científicos que han encuestado a personas a quienes la practica de la meditación no les ha resuelto la vida como les gustaría a los mercachifles de la autoayuda que han desprovisto esa practica de sus significados menos vendibles.

Hay toda una gama de efectos adversos que se pueden producir, e incluso algunos son necesarios en el camino hacia el satori desde el punto de vista de un maestro budista.

No es esa ecuación placentera de salud-tranquilidad-bienestar con que nos seducen a los occidentales. Así que dejemos de buscar cosas que encajen con nuestros juicios y esquemas previos y escuchemos con atención, para aprender, en vez de para responder o reafirmarnos. 

Nunca (jamás) te bajes apps de Android Apps fuera de Google Play

Un artículo de WIRED sobre seguridad nos recuerda otras de las muchas maneras que tenemos de pifiarla y hacernos daño (o exponernos a que nos lo hagan) si no seguimos unas elementales normas de prudencia. Aún así, aunque tomemos todas las precauciones somos vulnerables. Por lo menos no se lo facilitemos.

Nunca (jamás) descargues apps fuera de Google Play

Esta semana, unos investigadores revelaron que una oleada de malware golpeó a al menos 1.3 millones de teléfonos Android, robando datos de usuarios como parte de una maquinación para potenciar los ingresos por publicidad. Llamada “Gooligan”, se coló en esos dispositivos de la forma en que muchos de esos ataques a gran escala en Android lo hacen: a través de una app. Concretamente, una app que la gente se descargó fuera de los confortables confines de la Google Play Store.

Consejos de Kurt Vonnegut para los humanos de 2088

En este vídeo Mar Abad y Yorokobu me provocan hilaridad mezclada con pánico infografiando los consejos que Kurt Vonnegut escribió en 1988 para los humanos de 2088. ¿Cuál es el superlativo de vigente?

El castellano es un idioma monigotado

Me ha encantado este artículo de Isabel Garzo en yorokobu sobre Magistral, un ensayo, o mejor dicho, una obra del género del “desparpajo demoníaco” de Rubén García Giráldez, que en esta su segunda novela después de menos joven se dedica, al parecer, a defender el lenguaje de su uso hipersimplificado, para complacer al lector de gama baja, al twittero y al espectador catatónico de la tele de hoy. Me ha parecido buen plan el suyo, y es posible que lea su libro.

O a lo mejor empiezo con su “ensayículo bufo” de Thomas Pynchon, un escritor sin orificios.

 

Hacer mapas es la manera más bonita de mentir

En el blog El Aleph, de El País nos hacen un poco de broma diciendo “notición, no es posible proyectar una esfera en un plano sin distorsión”. Pero como es una explicación más amena que la que me dieron cuando era estudiante, ejemplo de Groenlandia, triángulo esférico de 270° y curvatura de Gauss incluídas, pues aquí os dejo este link gisero.