Gamificación en Agbar y Suez

KTM advance es una empresa de creación de “juegos serios” que hizo este juego de Suez ambassadors allá por 2011. Se trata de que los empleados del grupo lo conozcan mejor y sean capaces de contar a sus contactos sus 4 objetivos y 12 compromisos (los que tenía entonces, antes de que empezara la “revolución del recurso” en que anda inmerso). Interesante iniciativa en la que jugando aprendemos más que en severos comité de ceño fruncido.

El caso es que ya tenemos un buen puñado de iniciativas que intentan ayudarnos a entender mejor los procesos, o a alcanzar un mejor desempeño en ellos, por medio del desafío lúdico que suponen. Los juegos tienen una importancia fundamental en los procesos de aprendizaje.

Por ejemplo, Pixi es una app que está disponible en Android y iTunes donde podrás consultar el consumo de agua de tu hogar gracias a tecnologías avanzadas (la telelectura) que ofrecen un detalle diario y compararlo con hogares similares al tuyo. Según las características, tu familia Pixi se identificará con un avatar que te permitirá participar en retos y foros para conseguir puntos y canjearlos por premios.

Captura de pantalla de Pixi. Fuente: itunes store

Captura de pantalla de Pixi. Fuente: itunes store

Durante el juego se activa la atención, debido a la curiosidad que supone experimentar con las reglas del juego, con la comprensión de qué es lo que hace ganar, o el descubrimiento de consecuencias inesperadas y que no hacen daño directamente.

Puede ser precisamente eso lo que capacita a la generación de los nativos digitales para entender intuitivamente cómo funcionan los ordenadores, la falta de miedo a unas desgracias insuperables que los GenX sí que tememos. Parece que interactuar con un sistema no les hace pensar en el siniestro HAL de “2001, una odisea del espacio”.

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Del átomo (de la molécula) al bit

En una de mis visitas de trabajo a la Ciudad del Agua, en la zona franca de Barcelona, me encontré con este metro cúbico de metacrilato que se ve en el centro de la foto. Es un instrumento ya clásico para provocar la reflexión en diversos debates: si comparamos el precio de este metro cúbico de agua con el de un metro cúbico de agua embotellada, vemos un salto de tres órdenes de magnitud, y eso sin contar el coste ambiental de todo ese plástico yendo a parar al mar.

Pero en los recientes debates sobre la remunicipalización, lo de que el agua no es un negocio, etcétera, nos puede dar por pensar en si lo que venden las empresas privadas (y públicas, a ver si es que en Sevilla o en Madrid no hay que pagar por el servicio de agua) no es un metro cúbico de agua.

Si eso fuese así, el vídeo del hombre con bigote, pelo en pecho y cadena de oro metido en la bañera y repartiendo el agua de esa misma bañera de mala gana tendría algo de cierto. No se cobra por el agua. De hecho, quien cobra por el agua es el estado, con las concesiones administrativas y las tasas de utilización de agua. Se cobra por el servicio, por traer ese agua desde el subsuelo, los ríos, lagos, embalses o el mar hasta una instalación que permita potabilizarla, y después transportarla por una extensa red de tuberías, con bombeos que consumen energía eléctrica, con sistemas de control sanitario, sistemas de “control de trafico del agua”, personas que aseguren que funciona todos los días, a todas horas, con las manos o con la cabeza. Y que recojan el agua usada hasta instalaciones donde se acondicione para devolverla al medio natural. Todo ello cumpliendo una cantidad de regulaciones comunitarias, nacionales, autonómicas y locales para garantizar la calidad del servicio, y al fin al cabo, del recurso que se entrega al usuario de ese servicio.

No se cobra por los átomos de agua, se cobra por entender y gestionar el proceso que asegura que lleguen a casa y se recoja de casa el producto usado. Si fuesen patatas o libros, no tendríamos estos apasionados debates que a menudo no tienen un fundamento sólido. Al hablar de agua conectamos con el animal que duerme en el centro de nuestros cerebros, en el paleocórtex, donde se desencadenan las respuestas instintivas a estímulos que no dejaban tiempo para pensar si lo que se quería era sobrevivir. Podríamos hablar de eso pausadamente, sin alegatos del tipo “yo primero”, y entender las posiciones mutuas sin intentar aprovecharlas para lanzar mensajes que sean bien acogidos por los votantes. Se tomarían decisiones responsables que evitasen el despilfarro de recursos, cosa que ocurre en uno y otro bando mientras el medio se estropea cada vez más y nosotros, todos, somos ajenos a que estamos pidiendo más de lo que el planeta nos puede conceder.

Hoy en día, más que nunca, es necesario hablar sobre la base de datos objetivos. Las opiniones se agitan con tanta facilidad que pronto nos veremos apoyando disparates que nos dejarán sin margen de reacción. Las instalaciones que en siglos pasados se construyeron para que llegase el agua a los domicilios, para que las calles no fuesen un estercolero insalubre, necesitan un mantenimiento para seguir funcionando con fiabilidad. Los recursos deben administrarse con visión conjunta, dando prioridad a lo que va primero y dejándose de posturas interesadas disfrazadas de sabios consejos por el bien común. ¿Estamos preparados para eso?

Tecnológicamente sí. Disponemos de herramientas más potentes a cada día, a cada minuto que pasa. Podemos analizar conjuntos de datos cada vez mayores sobre cómo funciona cada sistema que compone este proceso, de sensores en miles de millones de dispositivos, de hogares hiperconectados, de sistemas para la telelectura del consumo en cada hogar, de apps para saber si mi casa consume más o menos que la media de hogares similares al mío, y que convierten en un juego el ser más responsable con el uso que cada uno hace del recurso. Tenemos máquinas que aprenden y que nos aconsejan a qué hora es mejor activar los bombeos para llenar los depósitos, que nos avisan de la llegada de una tormenta para que nos preparemos y evitemos desbordamientos del alcantarillado al medio, de instalaciones que regeneran el agua residual y permiten reutilizarla para regar y prevenir la escasez allí donde el recurso es escaso. Pero todo ese despliegue requiere invertir. No es un capricho, es supervivencia (de todos, no de las empresas de aguas). Mejor dejar de lado el postureo, por muy bien que quede decir que el agua es de todos, o precisamente porque el agua es de todos, es necesario hacer que sea sostenible abastecerse de agua.

AH presenta “The Walking Toallitas” #noalimentesalmonstruo

Una extraña forma de vida inmunda se ha desarrollado en las alcantarillas

Este vídeo de Aguas de Huelva lo cuenta.
Por muchas prohibiciones que nos impongan, si nuestro hábito de tirar las toallitas húmedas al WC en vez de al cubo de la basura no cambia, poco podremos hacer para impedir que aflore este monstruo.

Me gustó mucho participar con el equipo que ideó este vídeo, cuando era poco más que una idea peregrina por la que ellos apostaron poniéndole mucho entusiasmo. 

Ahora es una realidad que espero nos ayude a todos a concienciarnos de que con un sencillo gesto podemos evitar seguir destrozando nuestro medio ambiente y poniendo en peligro las vidas de los que esforzadamente tienen que andar deshaciendo el embrollo que las malas costumbres en el uso de toallitas húmedas generan. Gran trabajo del personal de Aguas de Huelva, para mí es un orgullo haber trabajado a vuestro lado.

El agua regenerada es un recurso esencial en las zonas con escasez, dijo Joaquín Marco

Lo dice Joaquín Marco en este vídeo de making of (con una efe, please, o si no, de “así se hizo”) sobre el 12° foro iAgua, dedicado en esta ocasión a la reutilización.

Y lo dice muy bien, por cierto. Y también es bien cierto lo que dice. Presencio donde vivo a diario un desperdicio colosal de agua potable, usándola para baldear las calles, por ejemplo, mientras que en otros lugares se ven obligados a exprimir el recurso hasta su último aliento. ¿Para qué usar algo tan costoso para tirarlo al suelo, si con un agua de menor exigencia podemos cubrir la necesidad? Hace falta mucha concienciación, y ya viene bien divulgarlo con claridad. Que se sepa.

Big data y resiliencia

La resiliencia es (según la Real Academia Española):

resiliencia

Del ingl.resilience, y este der. del lat.resiliens, -entis,part. pres. act. deresilīre ‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’.

1. f.Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

2. f.Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido.

Aplicado a las ciudades, el término se refiere a su capacidad de recuperarse después de una catástrofe natural. Los golpes nos hacen más fuertes, al parecer. Es más que relevante el proyecto RESCCUE, liderado por suez, dedicado precisamente a medir esa capacidad de sobreponerse a las adversidades, y a promover medidas que la aumenten.

Odile es un proyecto de BBVA y UN Global Pulse en esa línea, pero pensando en el dinero, o en medir la resiliencia económica de la gente en los desastres naturales. Si miras los pagos hechos con TPV por la gente antes y después del huracán, sacas llamativas e inesperadas conclusiones sobre su comportamiento y su resistencia al desastre.

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Casi como cuando se avecina un puente vacacional, parece ser que el gasto aumenta un 50% en los días previstos al huracán pronosticado, y que las mujeres gastan el doble que los hombres en esos preparativos. Llamativo.

Serendipia de nuevo. Crean por error nanobarras que recolectan agua

A menudo cuando te pierdes te encuentras. A los científicos que buscaban un tejido que retuviera el sudor les frustraba que no consiguiesen que funcionara. Esas telas volvían a humedecerse al poco rato. ¿Y si usáramos ese tejido para capturar la humedad del aire?

Podéis ver el artículo de gizmag y un vídeo aquí

Agua y tecnología, ¿oportunidad o riesgo?

El martes que viene voy a participar en una mesa redonda en el Palacio de Congresos de Tarragona dentro del programa de Ciberágora que organiza el Ayuntamiento de Tarragona. Me honra compartir mesa y turno para opinar en una potente jornada con grandes firmas y mentes despiertas que han pensado profundamente en cómo manejar el actual entorno de la mejor manera posible.

En Oriente no tienen estos problemas del dualismo. Aquí vemos una cosa, cualquiera, desde un insecto hasta un tráiler de 9 ejes, y tenemos que estar evaluándolo y hacerlo pertenecer a una categoría o su contraria. Bueno o malo, grande o pequeño, amenaza u oportunidad.  Y con la digitalización, o con la tecnología, nos pasa igual. Además, es llamativo que cada año la tecnología tenga que ser un nuevo tema. Que tenga que haber una nueva revolución, un salto cualitativo, una completa revolución “disruptiva”, una extinción de los dinosaurios cada año. Como con el partido del siglo y los momentos históricos, que actualmente tenemos unos tres por semana.

Lo cierto es que según recientes estudios, Europa está funcionando por debajo de su potencial digital. Acelerar la digitalización de sus actividades podría añadir billones de euros a su crecimiento económico en menos de una década.

El “nuevo” entorno digital está repleto de ambas facetas de esa dualidad, lleno de amenazas y oportunidades. Pregunten a un taxista qué piensa de Über. Pregunten a los reyes magos qué piensan de Amazon, a los periódicos de papel que quieren, ahora, limitar la reproducción de sus contenidos. O bien, pregúntense a dónde les apetece hacer una escapada de fin de semana y cómo evitar dedicarle tanto o más tiempo a encontrar el mejor lugar y el mejor precio para ello. Un artículo de McKinsey que leía recientemente lo comparaba con el mundo del surf. El nuevo entorno digital tiene tiburones bajo el agua en forma de competidores implacables que nos pueden echar literalmente del mercado, pero también ofrece la ocasión de surcar la mayor ola de la historia, permitiendo al más ágil en adaptarse anotar resultados varios órdenes de magnitud por encima de lo habitual.

Ese mismo artículo hablaba de un regreso a los clásicos para desplegar la estrategia de las empresas en este “nuevo” contexto. Se trata de volver a entender las leyes del mercado. Los oligopolios de grandes márgenes pueden haber permanecido sordos al rumor de la demanda insatisfecha de nuevos servicios, de servicios realzados con información, de experiencias de usuario perfectas (se espera el mismo estándar de experiencia para la tienda Apple que para la frutería de la esquina). O ciegos ante las oportunidades de simplificar y potenciar sus procesos de producción, sus sistemas de aprovisionamiento, producción y suministro al cliente, de cortocircuitar las asimetrías de información entre los que ofrecen y los que demandan, de utilizar las plataformas hiperampliadas que existen para comerciar. Y se pueden producir cambios graduales o cambios bruscos que provoquen una total ruptura con el pasado, combinando o no varios de estos ejes transformadores.

Hay amenazas bajo la superficie, pero también hay oportunidades esperando a los valientes que las exploren y las conviertan en nuevos modelos de negocio. Y en este entorno un mes de agilidad supone un abismo de resultados entre el que se atrevió y los que esperaron a la siguiente ola.

En el caso del agua, hace unos 20 ó 30 años, todos los directores generales de empresas de aguas andaban como locos buscando talentos que domasen las “nuevas tecnologías”. Ninguno quería ser el último en montar sistemas informáticos de gestión de relaciones con los clientes, el “Telemando”, el GIS o Sistema de Información Geográfica, y cómo no, la sectorización para reducir las pérdidas en la red de abastecimiento.

La tecnología como un precioso adorno para seguir funcionando como siempre, con estructuras – pirámide, con altos cargos que llevaban un séquito de informáticos para montar presentaciones multimedia (las transparencias de retroproyector eran los PowerPoint de entonces, casi igual de soporíferas y asesinas del espíritu crítico, pero se podía pintar sobre ellas con rotuladores indelebles).

Todos se apresuraron a desplegar sistemas de telecontrol, que se convirtieron en magníficas salas de karaoke para hacer un playback de cómo al pulsar un botón se abre o se cierra una válvula. Los GIS estaban llamados a tecnificar la plantilla y hacer una hoguera con los armarios repletos de planos en papel vegetal o copiados al amoníaco. Los modelos matemáticos eran una bola de cristal para saber qué iba a pasar antes de que pasara. La mano de obra del becario se iba a sustituir por mano de obra de administrativos informatizados y becarios disciplinados que rellenaban formularios y bases de datos y calibraban las rugosidades de las tuberías para que lo que la realidad del telemando se empeñaba en mostrar sobre las presiones coincidiese con la predicción a ciegas que hacía el modelo.

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¿Qué pasa hoy con la transformación digital en el mercado del agua? Lo primero, en mi opinión, es que casi nadie tiene muy claro qué es, o cómo aplicarla a nuestro sector, tan conservador, tan alérgico al riesgo, tan instalado, concentrado en el territorio (ciudades) pero diverso, con tantos reglamentos de servicio como municipios, con barreras de entrada, lobbies que escriben las normativas, enormes inversiones prescritas por los que rigen la ciudad pero que pagan, al final, los ciudadanos . Podríamos quedarnos en la butaca, cruzados de brazos pensando que lo que pasa en los demás sectores no va a pasar en este. Lleva tiempo pasando, de hecho.

Los dashboards integrales, la telelectura de contadores, los centros digitales de control, los servicios web y las apps que enriquezcan la experiencia de cliente, dándole un sentido transcendente a nuestra actividad empiezan a desembarcar. Timidamente, puede ser, pero cada flor digital de este campo invitará a otras a sumarse, y acabaremos haciendo un bosque en el casi nada va a ser como antes.

¿Seremos capaces de convertir en un juego el ducharse con cada vez menos agua, para que puedan competir con lo que consumen los vecinos de su barrio, e incluso ofrecer a nuestros clientes (antes se llamaban abonados=obligados) la posibilidad de que parte de su ahorro se destine a iniciativas sociales o a la recuperación ambiental de un espacio degradado en su entorno?

¿De inspeccionar infraestructuras antes inaccesibles usando drones con cámaras?

¿De simplificar el trámite, penoso, de demostrar que habitamos en una vivienda para darnos de alta del servicio?

¿De robotizar actividades repetitivas o sin valor y liberar capacidad para pensar más, mejor, y hacer más con menos?

¿Tendremos la habilidad digital de usar la sensórica para predecir cuándo conviene realizar un mantenimiento de un equipo crítico?

¿Podemos crear lagos de datos abiertos para que los nómadas digitales buceen en ellos, los combinen con otros orígenes y creen nuevos minotauros, quimeras útiles que aporten valor a la sociedad en su conjunto?

¿Nos capacitaremos para anticiparnos a las tormentas, coordinarnos con otros servicios de la ciudad para que la ciudad en conjunto se recupere antes de los impactos (que sea resiliente)?

Sí lo lograremos, de hecho en varios de estos casos ya lo hemos logrado. El futuro  presente es digital, es innovador, es social y es sostenible. Y va a girar cada vez más rápido.