Autobiography, por Stephen Morrissey

Hace poco he terminado de leer en inglés el Autobiography, de Morrissey, animado por las reseñas que hablaban de jugosos cotilleos, de un polémico libro y, por qué no reconocerlo, atraído por mi fanatismo por los Smiths, que me salvaron del naufragio en mi adolescencia del instituto, y que me dieron permiso para ser un poco más pedante, para estar orgulloso de llevar gafas, para raparme el pelo de la nuca y los parietales al tiempo que me dejaba un imposible flequillo jopo tupé que yo creía me volvía muy interesante y sofisticado. Me gustaban esas canciones egocéntricas donde Morrissey se llamaba a sí mismo bocazas, pero pedía misericordia y que no le quemasen como a Juana de Arco. También recorría encantado las ramificaciones de las guitarras imposibles de Johnny Marr, siempre en segundo plano pero mereciendo un instrumental para él solo.

Menciones honoríficas

Dicen en theguardian que Mozz desprecia a la mayor parte de la gente con la que se encuentra, y a menudo por buenas razones. Es larga la lista de personas que menciona en el libro. Me he apuntado unas cuantas, y con cada una se despacha a placer, es bien cierto. Vemos cómo cumplió su sueño de grabar música con su ídolo de juventud David Bowie, como su relación creativa con Johnny Marr acaba en decepción cuando le dejó plantado en el juicio, en opinión de Mozzer, claro está. Andy Rourke y Mike Joyce se enzarzaron con él en un doloroso pleito por el reparto de los royalties, y en ese juicio el juez John Streets se extralimitó describiéndole como una persona de la que desconfiar, mentirosa y manipuladora, cuando todo lo que requería de su señoría el proceso era dirimir si correspondía o no repartir más dinero a sus compañeros de banda. El abogado de los demandantes, un tal Nigel Davis tenía una extraordinaria habilidad para humillar al testigo o al demandado, y para tergiversar cada frase que pronunciase para convertirla en argumentos favorables a su causa. Paul McCartney le propuso por mediación de una tercera persona hacerse una foto juntos y cuando Morrissey aceptó le dijo que ya no le interesaba. Los New York Dolls que seguían vivos eran más canallas de lo que cabía esperar, John Peel hizo bien poco por programar las canciones de Smiths en la radio, Rough Trade fue un desastre promocionando el disco, y Sire en Estados Unidos aún peor. Pero a pesar de eso las canciones volaron hasta sus oyentes, crearon adictos a sus mensajes irónicos, depresivos, poéticos y revolucionarios.

Mi opinión

Este libro, escrito con un vocabulario formal y a veces arcaico, lleno de matices y referencias a la obra pop de su autor, parece a menudo la venganza que muchos niños imaginan: “Cuando sea mayor, te vas a enterar. Me entrevistarán en la tele y contaré con todo lujo de detalles tus ofensas y las frustraciones que sufrí por tu culpa. Como cuando esperaba un juguete y me regalaste un pijama, como cuando me gustaba aquella chica y el abusón de la clase me puso en ridículo delante de ella, etc.”. Y lo cierto es que para mí ha sido una lectura muy adictiva, pese a la barrera que el idioma supone para mí, tenía ganas de saber más durante casi todo el libro.

Es cierto que el tramo judicial con el pleito del bajista de relevo y la cruel descripción que el juez John Streets de Morrissey se hacen más pesados de la cuenta. Probablemente los hechos fuesen más pesados para él, viéndose expuesto al público escarnio, abandonado (a su entender) por sus compañeros de grupo en una mezquina (también a su entender) reclamación económica por la contribución de cada uno a la creación de las canciones. Morrissey y Marr se llevaban la mayor parte de los ingresos, y el bajista y el batería un 10% cada uno. ¿Quién decidía el rumbo del grupo, el arte (siempre llamativo, personalísimo, por cierto) de las portadas de los discos, quién atendía a la prensa y les regalaba docenas de titulares con los que desollarle mostrándole como un personaje rarito, racista, egocéntrico, insoportable?

Esa es probablemente la principal esencia de los Smiths, la de sostener opiniones aparentemente escandalosas, o propias de otro tiempo, y defenderlas contra viento y marea, con la firme convicción de estar en lo cierto. ¿O es que no es escandaloso que matemos cada día miles de animales para comérnoslos triturados, o, peor aún, para tirar a la basura las sobras? Pues eso dice Meat is Murder. Y el ultraortodoxo Mozzer se levanta de la mesa y se marcha del restaurante si te ve pedir ancas de rana, o foie gras de oca, o cualquier otra de esas crueldades insostenibles que tan normales nos parecen. Será porque lo que tenemos delante de las narices no se ve. Necesitamos raritos, gente que cuestione lo que damos por sentado. Pero normalmente lo que hacemos es burlarnos de ellos y machacarlos.

Morrissey presenta, a mi modo de ver, una curiosa mezcla entre razón y emoción, ese cóctel egocéntrico de crueldad despiadada con los demás y extrema sensibilidad para uno mismo me suena de algo. Yo también tengo la piel fina y reparto sin cuartel chanzas y sarcasmos, especialmente con las personas a las que más aprecio. Y no me doy cuenta del daño que les causo. Y además, si alguna vez me devuelven mi propia medicina mi reacción inicial es considerarles seres crueles y vengativos. Pero mi dolor en ese momento es el mismo que el suyo. De eso me doy cuenta sentado aquí tranquilamente para escribir mis 500 palabras diarias, demasiado tarde para aquella vez. ¿A lo mejor a tiempo para la próxima?

Apéndice: Música, música, musica

The Smiths no editaron muchísimos discos que digamos. Sin embargo, causaron, en mi opinión, una considerable revolución en la música popular, consiguiendo sacarla de letras sin sentido y sonidos innecesariamente repetitivos. Puede que la tristeza que sobrevuela muchas de sus piezas sea un lastre, o que el afán de protagonismo de su frontman le hiciera empeñarse en lanzar eslóganes rimbombantes, que a pesar de todo han envejecido mejor que su autor.

Los Smiths en Spotify.

La verdad es que puedo saturar este post de vídeos de The Smiths, y de hecho me he dado el placer de colgar un buen montón a continuación:

El muchacho incómodo (nada del chico de la espina en el costado)

Por fin ha muerto la reina, muchachos, y se está muy solo colgando al final de una rama:

Pide por esa boca (la timidez está muy bien, y además te puede impedir hacer en la vida las cosas que te gustaría hacer)

Cleptómanos del mundo, uníos y tomad el poder

¿Y cuál es la diferencia?

Pánico en las calles de Londres (ahorquemos al pinchadiscos)

El corruptor de mozuelos (ese hombre encantador)

Detenme si has oído ya esta historia, porque eres una persona malvada y si te mueres puede que me sienta un poco triste, pero no lloraré

Guillermo, en realidad no era nada

Morrissey en Spotify

Por último, os dejo aquí una reseña sobre el libro en Icon.

2666, por Bolaño

Acabo de terminar de leer la novelaza enorme de cinco novelas que Bolaño no llegó a terminar, si bien parece claro que le faltaba poco. No es que no le diese tiempo a dejar contado el final, sino que no terminó de reescribirla de cabo a rabo por séptima, vigésima o n-ésima vez, que al parecer era ese su método.

2666 tiene tres partes enormes de las que es difícil darse cuenta de que guarden relación alguna entre sí.

Un extraño grupo de fanáticos literarios comparten su obsesión por un oscuro escritor alemán llamado Archimboldi, y se entrelazan historias de amor carnal entre ellos, triangulándose. Eso pasa más o menos en la primera parte, sin ánimo de hacer un enorme spoiler con este post.

En la segunda parte una horrible e incesante secuencia de asesinatos ocurre en Santa Teresa, una especie de Ciudad Juárez ficticia que no puedes pasar por alto. Demasiado cierto, demasiada crudeza en los crímenes que gotean sin parar, horribles todos ellos, ninguno resuelto, ante las narices de una policía incapaz. Algún agente intenta desesperadamente encontrar el remedio, pero es algo tan inmenso que le rompe el alma, como al alemán al que acusan y encarcelan mientras los crímenes siguen llenando México de sangre de mujeres pobres y sin culpa.

En la tercera parte un soldado alemán en la segunda guerra mundial va de campaña terrestre en campaña terrestre, se cartea con su hermana pequeña que le ve como un gigante, acompaña a un mando a una orgía monumental que éste tiene con militares rumanos y la insaciable dueña de la mansión en la que él prestaba servicio junto con su madre. Este soldado escribe inspirado por un diario que encuentra en la batalla, un libro que le salva la vida y se la roba con una obsesión como la que nos caza cuando un libro nos absorbe.

No termino de atar el nudo de este libro aquí; hay que leerlo. Esto es así. Yo soy muy ignorante, también es así el asunto, pero este libro me alcanza. Veo la crueldad del mundo, la belleza como un consuelo, cosas admirables y vidas sencillas que son felices. Todo eso pasa a la vez, nos pasa a nosotros y a nuestros semejantes. Y en este libro es de verdad, o más que de verdad, preternatural, como los pliegues de los ropajes que Huxley admiraba en las pinturas que describía en la Filosofía perenne, tan reales que revelan una observación más allá de toda capacidad de análisis, que contagia intuiciones sobre la misma naturaleza de las cosas. La resaca del detective me aprieta las sienes hasta a mí, igual que la tristeza y la rabia cada vez que un nuevo cuerpo mutilado y horriblemente maltratado es encontrado, igual que la pasión de los archimboldianos o los crímenes horribles de la guerra.

De algún modo Bolaño nos cuenta esa historia como una señora en la cola de la charcutería, sin que se sepa muy bien a dónde nos lleva ni cuánto tiempo más nos entretendrá, pero nos conduce, y es un placer recorrer ese camino con su voz de detective salvaje, de hombre frugal en sus costumbres para poder seguir dándonos de comer antes de que su tiempo en el planeta terminase.

Middlesex, de Jeffrey Eugenides

Me ha encantado este libro. Como soy muy cazurro, a medio camino me enteré por casualidad de que Eugenides era el autor de las Vírgenes Suicidas, el libro que Sofia Coppola convirtió en peli con BSO de Air y que era cruda de narices con la manera puritana de educar a los hijos de algunos padres americanos. Del premio Pulitzer del que acabo de dar cuenta que ganó mejor no hablo, para no dejar tan clara mi ignorancia.

Portada de una de las ediciones de anagrama

Portada de una de las ediciones de anagrama

Este libro es, o así me lo parece, una costura de retales autobiográficos con hechos rocambolescos, inventados al más puro estilo del embustero más osado que puedas encontrar. Vale, ¿qué libro no está hecho como un collage, qué mentira no tiene en medio retazos ciertos que le sirvan de pasaporte a la aduana de los que nos leen o nos oyen? Pocos. Pero en este está hecho con una gracia y un ritmo brillante. Me ha resultado imposible aburrirme leyéndolo. Hacía tiempo que no devoraba con tanta hambre (miento, con La Literatura Nazi en América devoré como el monstruo de las galletas, y de eso hace poco). El caso es que si lees el capítulo primero y lees el catorceno, por ejemplo, crees que estás leyendo libros totalmente distintos, o una colección de cuentos fantástico-mágicos-psicodélicos. Pero se trata de la biografía fingida de una sola persona, Calíope Stephanides, nacida y educada como mujer y que resulta ser un hombre, anatómica y psicológicamente. Remontándose a sus abuelos, no quiero hacer spoiler, el autor nos traslada con paciencia y con una economía verbal de quitarse el sombrero por todas las peripecias que le llevaron a ser quien es.

Hay sexo, hay drogas, hay música. Hay escándalo, Grecia, Detroit, ropa de lujo, abuelas supersticiosas, ateos, negros musulmanes luchando, miseria y resurgimientos económicos, tristes accidentes, infidelidades, curas ortodoxos pasivos-agresivos, transexuales, pederastas, proxenetas, cruzar los Estados Unidos haciendo auto-stop y descubrir la propia mente, el propio y el ajeno cuerpo. ¿Qué más se puede pedir?

Globalización del agua, por Arjen Hoekstra y Ashok K. Chapagain

Este es un libro que me llegó hace más de 6 años, cuando la empresa me ofreció realizar un master sobre gestión del agua. Tenemos un servicio de biblioteca nutrido de miles de referencias punteras en gestión del agua, diseño, organización empresarial, manuales técnicos. Una tentadora Alejandría de la que salió hace ya demasiado tiempo un ejemplar de esta obra de 2001 que fui leyendo a trozos. El otro día por fin lo devolví, ya era hora. Fue mi buena obra del día, como otro renglón que tacharía Earl en la lista que lleva en el bolsillo de su camisa.

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Casi todos hemos oído hablar del concepto de la huella de carbono, que representa las emisiones de gases de efecto invernadero como consecuencia de nuestras actividades, la forma de desplazarnos, de dónde viene la fruta de verano que comemos en invierno con la calefacción a todo vapor y la ropa que nos ponemos, hecha por modernos esclavos que no vemos pese a lo conectadísimo que está nuestro mundo.

En waterfootprint.org explican el concepto de la huella hídrica, que es análogo. Es una medida que representa la apropiación humana de agua limpia en volúmenes de agua consumida o contaminada. No es ni mucho menos algo sencillo de calcular, pero en 2001 Arjen Hoekstra y Ashok K. Chapagain tenían hechas las cuentas y unas conclusiones que debían compartir por el impacto en nuestra forma de ver nuestro ilimitado derecho al disfrute de bienes y servicios, medido exclusivamente en términos monetarios.

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La huella hídrica de un producto o servicio puede ser directa o indirecta, según si se incorpora el agua o si se utiliza y desecha posteriormente.

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Fuente: waterfootprint.org

La huella puede ser verde, azul o gris.

La huella hídrica verde es agua procedente de la precipitación que se almacena en la zona no saturada del suelo y se evapora, transpira o se incorpora a los tejidos de las plantas. Es particularmente relevante para los productos agrícolas, hortícolas y forestales.

La huella hídrica azul is es agua que ha sido captada de recursos superficiales o subterráneos y que o bien se evapora, bien se incorpora en un producto o se toma de una masa de agua y se devuelve a otra, o se devuelve en un instante distinto. La agricultura de regadío, la industria y el consumo doméstico pueden tener cada uno su huella hídrica azul.

La huella hídrica gris es la cantidad de agua limpia necesaria para asimilar los contaminantes para alcanzar estándares específicos de calidad de aguas. La huella hídrica gris considera contaminación de fuentes puntuales descargadas a un recurso de agua directamente a través de un tubo o indirectamente a través de escorrentía o infiltración en el terreno, superficies impermeables u otras fuentes difusas.

Mediante el concepto de agua virtual incorporada a una mercancía, es posible trazar mapas del tráfico virtual entre los países del mundo y ver cuán descompensados están los balances en numerosos países. Con los ejemplos de Holanda, que trafica con el café del mundo entero y básicamente con gigametros cúbicos de agua virtual y Marruecos, que produce en su clima árido gran cantidad de hortalizas a costa de una inmensa incorporación de agua, o del norte y el sur de China, que trasvasan agua del norte lluvioso al sur productivo de alimentos para que el sur se lo revenda de vuelta, saltan a la vista aparentes disparates que los autores, siendo prudentes, atribuyen a causas políticas, estructurales o de otro tipo que no han sido incluidas en el análisis.

El caso es que las decisiones individuales de millones de personas, influenciadas por la creación de tendencias de mercado, por estándares de bienestar social abismalmente diferentes de un extremo del mundo al otro, pueden, sumadas, torcer al mundo de un modo incontrolable e irreversible. Algunos ejemplos me dejaron rascándome la coronilla: Un café consume cuatro veces más agua que un té. Para hacer una gota de café se necesitan 1100 gotas de agua. No voy a hablar de los miles de litros de agua que hacen falta para producir una hamburguesa o unos vaqueros. El 20% de la desecación del mar de Aral se debe indirectamente a los hábitos de consumo en los países de la UE25.

Y este libro tiene ahora datos con 15 años de edad. ¿Nos cruzaremos de brazos, cómodos con el pretexto de que los chinos y los americanos tienen la culpa? Una cosa que me ha sorprendido leyendo este libro es que pese a que la huella hídrica de China y la India son las mayores del mundo, si lo dividimos por su número de habitantes, tienen la menor huella individual (o de las menores). ¿Qué pasaría si en vez de dar el pisotón con que Mao amenazaba al mundo quisieran vivir al ritmo occidental?

El adolescente, Fiodor Dostoievski

 

Hace ya unas semanas que me despedí del joven y atolondrado príncipe Goldoruki, el hijo bastardo que utiliza Dostoiesvsky en El adolescente para contarnos una visión descarnada de la hipocresía de la clase dominante rusa, para hacernos vivir el frío de San Petersburgo, el de la calle y el de los corazones biempensantes, para ver cómo en sus aspavientos de lechuguino sufriente, el protagonista no hace más que enredarse en su desprecio por sí mismo y sus orígenes.

Su infancia con una acogida dura por una familia encargada de cuidar hijos naturales de familias “bien”, apaleado y ninguneado por no tener un padre natural tan chic como el de los otros niños, le hace sentir que el mundo está en deuda con él. Sueña en convertirse en un Rockefeller armado tan sólo con su idea, idea ingenua e inofensiva como las espinas de la rosa del Principito de Saint-Éxupery, pero a la que le atribuye un poder infinito, como los que compran cupones de lotería y empiezan a hacer cuentas y proyectos en que emplearán el premio.

Es un niñato que irrita y da pena a partes iguales, que en su narración en primera persona intenta justificarse, que parece esperar la comprensión de quien le lea, pero que no nos escatima ni una sola de sus patochadas y torpezas, honesto e impulsivo. Se habla mucho de la cámara invisible de los grandes directores, que no se hacen notar con alardes técnicos, que se ocupan de contarnos su historia lo mejor posible, con humildad y discreción. Dostoievsky era esa cámara invisible antes del cine. Tanto que da su voz al adolescente de tal manera que sólo oímos al adolescente contarnos sus peripecias en la vida mundana de la Rusia a la que le quedaba poco antes de revolucionarse para luego involucionar y luego convertirse en lo que quiera que sea ahora, pero con rusos como los de este libro, nobles y orgullosos, intensos como ellos solos y capaces de miserias grandes como un continente junto a riquezas colosales cuyo único miedo es el aburrimiento o la vergüenza de ser descubiertos.

Difícil pero recomendable. Un clásico (empieza mi ristra de lugares comunes), aunque la edición gratuita de Amazon no tuviese guiones ni titulares de capítulos, ni traducciones de las parrafadas en francés que más de un personaje se marca para darse aires cosmopolitas. He disfrutado leyéndolo, aunque me cuesta un poco resumirlo.

Kokoro (el meollo), por Natsume Soseki

Confieso avergonzado que mi primer contacto, la primera noticia que recuerdo sobre Soseki la debo a Sánchez Dragó, y su luto desconsolado por la muerte de su gato. Ponerle a los animales nombres de personas siempre me ha parecido de un gusto cuestionable cuando menos, y en este caso de gafas-en-la-punta-de-la-nariz, también. Bueno, el caso es que esa es la primera vez que lo había oído mencionar. Hace 10 minutos he terminado de leer Kokoro, de Natsume Soseki, y me pongo a escribir mis dos o tres tonterías sobre el libro como suelo hacer cuando estoy tranquilo. En Roquetas las olas vienen de levante, por primera vez en dos semanas no me despierto bañado en sudor y mi habitual agitación está algo más quieta.


Soseki con un brazalete de luto. Fuente: Wikipedia

Natsume Soseki (nacido Kinnoseki Nasume) murió hace casi 100 años. Vivió un Japón en plena apertura al mundo exterior, en un país que después de más de un milenio encerrado hacia su interior, vivía un constante cuestionamiento de sus raíces y de esa propia permeabilidad impulsada por el emperador Meiji. En su momento, Kokoro tenía un formato y un estilo revolucionario para lo que había a su alrededor. Eso de que los personajes tengan monólogo interior, conflictos morales, una individualidad, al fin y al cabo, no casaba bien con la mentalidad de hormiguero que el tópico sobre lo oriental nos suele presentar.

Kanji de Kokoro

Kokoro significa algo así como “corazón de las cosas”. Por eso me gusta inventarme que viene a significar “meollo”, aunque sea una palabra ósea un poco fea en castellano.

Portada (fuente: letras-urugya.espaciolatino.com)

Se trata de una novela autobiográfica en tres partes, con dos protagonistas, un joven estudiante aburrido de la vida (me recuerda al personaje de Dustin Hoffmann en “El graduado”, pero sin Mrs Robinson) y un hombre maduro, a quien el estudiante llama sensei. En las dos primeras partes, el narrador es el joven estudiante. La tercera parte es una larga carta en que sensei le cuenta su vida y un único acto de miseria moral por el que spoiler el remordimiento le hace la existencia insoportable y le mueve en última instancia al suicidio. Todo por no saber que en el amor y en la guerra todo vale, por apartar a su amigo de la infancia, que era el tercero en su triángulo amoroso. La sensibilidad pausada con que el autor nos hace entender las emociones de los personajes y el trágico desarrollo de la (escasa, por otra parte) acción es sutil y delicada. Parece que estés en Japón caminando sobre el tatami y con paredes de papel.
El personaje atormentado de sensei se parece también un poco al remordido capitán de “El corazón en las tinieblas” de Conrad. Se fustigan tanto analizando sus culpas que no pueden vivir el hoy. No pueden vivir, finalmente. Los tópicos sobre los convencionalismos sociales que sofocan al individuo están agazapados debajo de esta historia contada con mano maestra, en breves fascículos que no duran más de 750 palabras y con una economía de palabras que sugiere y expresa en vez de enunciar, que se lee con placer y que conmueve sin ser afectado, sin adornos superfluos y sin dejarse nada en el tintero.
Es un libro que os recomiendo, pese a los spoiler dos suicidios de dos de sus personajes y los dos o tres suicidos adicionales (de generales que hacen junshi cuando muere su emperador, pintores a los que no dejan salir de casa por apoyar el individualismo y la apertura a nuevas ideas). En realidad, lo que el libro parece reclamar es que los japoneses se alejaran un poco de tradicionalismos castradores que les estaban impidiendo amar, ser felices, vivir. Y lo que tenemos que hacer es vivir, vivir del todo, que note el mundo en nosotros y nuestro paso por él (para bien, si puede ser).

19 hábitos de trabajo triunfales

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