The no asshole rule, o cómo prevenir una cultura tóxica en las organizaciones

Un amigo y compañero del trabajo (mi primer jefe solía bromear en serio con lo de: «compañeros y, sin embargo, amigos»), hace ya más de un año, me mencionó este artículo de junio de 2007 en una conversación sobre el ambiente de trabajo y las consecuencias de los estilos de liderazgo . Con nuestro par de décadas de experiencia laboral cada uno, tenemos, supongo, nuestra propia lista involuntaria de gente que nos ha complicado la vida, nos ha impedido crecer, nos ha contagiado (provisionalmente, espero) una mentalidad logrera, caprichosa y tiránica, jerarquizada y presentista, absorbente, como de una exprimidora de personas para las ambiciones individuales.

Sinopsis visual (obra de Dani Saveker) de The No Asshole Rule, por Robert I. Sutton. Fuente: https://www.visualsynopsis.com/full-collection/the-no-asshole-rule-bob-sutton-visual-synopsis-by-dani-saveker

El artículo de Flore Fauconnier, de JDN Management, es una reseña sobre el libro Objectif Zèro-Sale-Con («Objetivo cero imbéciles», o cero idiotas), de Robert Sutton, un profesor de Ciencia e ingeniería de la gestión y de Comportamiento organizativo de la Universidad de Stanford. Captó mi atención. Pues nada, hoy empiezo a traducirlo aquí, y si encuentro referencias complementarias las introduciré.

Los imbéciles en la empresa: un rompecabezas que hay que resolver urgentemente

Si ha habido un estallido este año (2007) en la publicaciónes sobre gestión, está claro que ha sido el de «Objetivo cero imbéciles», de Robert Sutton. Su foco: esas personalidades tóxicas son algo más que una simple molestia en el trabajo, minan profundamente el rendimiento global de la empresa. BAsándose en recientes -y muy seria- investigaciones en materia de gestión y psicología, demuestra cómo los gerentes pueden y deben despejarlos de su empresa.

Pero antes de nada, Hervé Laroche, profesor de gestión en la ESCP-EAP y prologuista de la edición francesa, nos ofrece esta necesaria advertencia: «Si un respetado profesor de Stanford escribe sobre los imbéciles, es que sólo un vocabulario directo permite hacer ver una realidad que las empresas actuales pasan por alto más o menos deliberadamente». ¡Ya estamos avisados!

Portada del libro. Fuente: https://www.bobsutton.net/book/no-asshole-rule/

¿Cómo se les reconoce?

En primer lugar, identificarlos

Para Hervé Laroche, no hay posibilidad de error: «Se les reconoce por los efectos que producen. Tras interactuar con ellos, uno se siente desgraciado, humillado, ignorado o malinterpretado. Y con ellos, esta sensación se produce repetidamente.» En general, esta conducta se ejerce sobre las personas menos poderosas. «¡No se debe confundir a un imbécil con un tonto! No se atreverá con alguien más fuerte».

En su obra, Robert Sutton arroja luz sobre las doce «faenas» clásicas del comportamiento cotidiano de los imbéciles. Él los llama los doce del patíbulo:

  • Lanzar insultos personales
  • Invadir el espacio personal de los demás
  • Imponer contactos físicos inoportunos.
  • Proferir amenazas y practicar formas de intimidación verbales o no verbales.
  • Disimular bajo bromitas sarcásticas intenciones vejatorias.
  • Enviar correos electrónicos enloquecedores.
  • Criticar el estatus social o prefisional.
  • Humillar en público.
  • Interrumpir groseramente cuando otro interviene.
  • Lanzar ataques hipócritas.
  • Mirar aviesamente.
  • Tratar a las personas como si fuesen invisibles.

¿Quiénes son en realidad?

Pero ¿por qué son tan perversos?

Según Hervé Laroche, pueden clasificarse en tres grandes categorías o personalidades de comportamiento insoportable.

  • Los que muestran un exceso de ambición. Todavía no tienen acceso al estatus superior y quieren conseguirlo. Los otros no son más que medios para servir a sus deseos. Se preguntan con impaciencia para qué les servirán los que les rodean. «Pero no son los peores…»
  • Los que se creen superiores a todo el mundo. «Al final, dado que muchas señales a su alrededor les convencen de ello: mucho dinero, personal a su servicio, la costumbre de ver todos sus deseos satisfechos… Se creen de una raza diferente». Confunden sus deseos con realidades y humillan o ignoran con facilidad a los que les rodean.
  • Los que no están seguros de sí mismos. No están seguros de su estatus – estatus social, diploma, título… «A quienes además están en una sociedad donde los estatus son un poco ambiguos, esta incertidumbre les pesa». Es típico que se trate del paranoico, del acosador.

¿Cómo se les puede gestionar en el día a día?

«¡Evitando en lo posible tener nada que ver con ellos!» aconseja Hervé Laroche. Pero esto no siempre es posible.

  • «A los primeros, dándoles la sensación de que les vamos a ser útiles», o que al menos no seremos un obstáculo.
  • Ante los segundos: aguantarlos, «no se puede hacer otra cosa».
  • En cuanto a los terceros, «dándoles un poco de confianza». Pero de forma indirecta, o si no estaremos reforzando su paranoia.

Calcular su coste para la empresa

Rotación, baja motivación, descenso del rendimiento… Las personalidades nefastas tienen un impacto muy tangible. Para Robert Sutton, las empresas deberían poner todo el interés en considerar la cuestión en términos de coste, para cobrar conciencia del problema de forma racional y por fin afrontarlo. Su ensayo recopila los factores que hay que tener en cuenta.

Daños a las víctimas y los testigos

  • Frustración de los esfuerzos: Se hacen más esfuerzos para evitar los malos encuentros, superarlos, evitar los reproches que para ejecutar las tareas.
  • Deterioro de la «seguridad psicológica» e instauración de un clima de miedo que reduce la iniciativa de los empleados, sus ganas de asumir riesgos y sus posibilidades de progresar a partir de sus propios errores y los de los demás – la franqueza puede no ser la mejor política.
  • Pérdida de motivación y de energías.
  • Deterioro de la salud mental y física debido al estrés.
  • Posible deterioro de las capacidades mentales.
  • Las vejaciones reiteradas pueden transformar a las víctimas en imbéciles.
  • Absentismo.
  • Elevada rotación del personal (más las horas laborales dedicadas a buscar otro empleo).

Consecuencias para los imbéciles

  • Las víctimas y los testigos dudan sobre si ayudarles, cooperar con ellos o darles malas noticias.
  • Represalias por parte de las víctimas y testigos.
  • Imposibilidad de desplegar todo su potencial en la empresa.
  • Humillación cuando se denuncia su comportamiento.
  • Pérdida del empleo.
  • Impacto negativo y duradero sobre su carrera.

Consecuencias para la dirección

  • Dedicación para apaciguar, calmar, aconsejar o sancionar a los imbéciles.
  • Tiempo dedicado a apaciguar a los colaboradores víctimas de un imbécil, pero también a los clientes, proveedores, contratistas o toda persona ajena importante víctima de un imbécil.
  • Tiempo dedicado a reorganizar equipos o servicios para limitar los datos de los imbéciles.
  • Tiempo dedicado a reclutar y formar a los sustitutos después de la salida de los imbéciles o de sus víctimas.
  • Agotamiento de los dirigentes que conduce a una reducción de su inversión personal y a un mayor desgaste moral.

Gastos jurídicos y de gestión de recursos humanos

  • Sesiones de terapia para la gestión de la ira y otras formaciones para reeducar a los imbéciles, así como los honorarios de los consultores, coaches y terapeutas internos y externos.
  • Costes de asesoría jurídica interna y externa.
  • Costes de los acuerdos amistosos y de los litigios emprendidos por las víctimas.
  • Costes de los acuerdos amistosos y de los litigios emprendidos por los imbéciles hábiles en materia legal (en particular por los procedimientos por despido abusivo).
  • Costes de seguros médicos.

Menos cooperación, menos cohesión, menos esfuerzo «libremente aceptado»

Cuando los imbéciles están al mando: Efectos negativos sobre la empresa

  • Impedimentos a la mejora de los sistemas establecidos.
  • Debilitación de la innovación y la creatividad.
  • Menos cohesión, perturbaciones en la cooperación interna.
  • Menos esfuerzo «libremente aceptado».
  • Coste de de las represalias ejercidas por las víctimas contra la empresa.
  • Menos colaboración por parte de las empresas y agentes externos.
  • Aumento de las tarifas facturadas por los agentes exteriores – «plus por haber trabajado con imbéciles».
  • Dificultad para atraer al mejor talento.

¿Qué hacer con ellos?

Una vez que la empresa está convencida del daño potencial de estas personalidades, le queda decidir el plan de acciones que le permitirá evitar esos daños.

No contratarlos

Como apunta Hervé Laroche: «Evidentemente, esto es fácil de decir. El problema es que son frecuentemente personas muy seductoras para el reclutador. Las empresas buscan personas ambiciosas, competentes, incluso agresivas ya que tienen un rendimiento potencialmente mayor… El reclutador puede por lo tanto interpretar positivamente una actitud que por otra parte sea perfectamente nefasta».

Si la empresa elige a priori no seleccionar estas personalidades nocivas, podrá poner en marcha varias precauciones para sus reclutamientos: informarse sobre los candidatos, hacer que varias personas les evalúen, sin olvidar ponerles en situación para observar mejor su comportamiento.

Desanimarles

Para Hervé Laroche, «hay que hacerles irse lo antes posible y, si no se puede, hay que aislarlos. ¡Como si fuesen material radiactivo! Hay que hacerles comprender que bajo ningún concepto se recompensará su comportamiento.»

Pero, una vez más, las cosas no son tan sencillas. «Dado que es fácil detectar al imbécil ineficaz, pero al imbécil competente y eficaz, bien no se le detecta inmediatamente, bien se desea conservarlo a pesar de todo». De ahí que la pregunta del «coste del imbécil» que se plantea Robert Sutton en su obra. Por lo tanto habrá que contemporizar…

«Es cierto que la empresa tiene cuidado, en Francia, con las cuestiones de acoso moral, de la violencia psicológica, del acoso sexual…» Está escrito en la ley que las empresas tienen incluso una obligación de prevención. «Dicho esto, estas nociones son difíciles de introducir en las capas de gestión. El gestor ve el desempeño de un lado y el comportamiento de otro, el cual, por su parte no se tiene en cuenta en el ERP…» el ejercicio de un juicio fino está lejos de ser sencillo.

Caso particular: está al mando…

¿Y si el imbécil es su propio jefe? ¿El CEO? Para encarar esta situación extremadamente delicada, Hervé Laroche ve cuatro actitudes posibles:

La primera: si se puede, abandonar la empresa.

La segunda: Aislarse psicológicamente para no sufrir los ataques. «Podemos ayudarnos de técnicas zen, como la de la ‘bajada del rápido’: no luchar contra la corriente – so pena de empeorar la situación-, mantener los pies por delante y protegerse».

La tercera: Tomar pequeñas represalias. Robert Sutton ilustra esta posibilidad por la iniciativa de una asistente que, harta de que su jefe se sirviese él mismo de su reserva personal de galletas, decidió un día «tender una trampa» en sus galletitas. Un largo paso por el aseo le disuadió una buena temporada de volver a repetirlo… Más allá de la anécdota, Hervé Laroche insiste en la importancia psicológica de «marcar un límite». «En las situaciones difíciles, es muy importante tener la sensación de mantener un poco el control sobre lo que nos ocurre», añade.

Última solución: Organizar una resistencia colectiva: «la resistencia puede, por otra parte ser muda y eficaz», destaca.»Pero, con más amplitud, lo que hay que recordar, es que somos más fuertes en equipo que a solas, incluso aunque sea él quien tiene el poder».

Chat con Hervé Laroche

¿Hay imbéciles famosos? ¿Oficios propicios a que proliferen? ¿Cómo contener a nuestro propio imbécil interior? Hervé Laroche, profesor de gestión empresarial y estrategia en la ESCP-EAP y prologuista de la edición francesa de «Objetivo Cero Imbéciles» respondió a las preguntas de los lectores de JDN Management y explicó cómo crear un entorno de trabajo civilizado, con garantías de estar «libre de imbéciles».

¿Cómo define usted a un imbécil? ¿Cómo distinguir un imbécil crónico del que simplemente está de mal humor?

Un imbécil se reconoce por los efectos que produce sobre los demás; uno se siente despreciado, humillado, agredido, o al menos no reconocido… Y el que produce este efecto, a menudo, de forma reiterada es un imbécil «certificado». Por otra parte, claro está, nadie está libre de comportarse mal.

¿En qué conductas cotidianas se les reconoce?

Carecen de consideración por los demás, no les escuchan, se muestran perentorios, agresivos, intolerantes, no se abren a las ideas y sugerencias, imponen sus criterios, los expresan como evidencias, desprecian las objeciones… e incluso pueden ir más lejos: profieren comentarios agresivos, insultos, alusiones fuera de lugar…

¿Y por qué son nocivos para la empresa?

Generan costes ocultos, en forma de desmotivación, desapego, véase absentismo o enfermedad para los empleados. Peto también efectos colectivos: falta de cooperación entre los individuos, falta de creatividad, etc. Y más aún: pérdidas de tiempo en reparar los desperfectos que producen e incluso sus errores.

¿Hay modos de calcular el coste para la empresa de estas personalidades nocivas? ¿Hay estudios que lo hagan?

Hay un ejemplo de cálculo en el libro de Sutton acerca de un vendedor, un excelente profesional, pero imbécil patentado. El principal punto que hay que identificar es el tiempo dedicado a gestionar al imbécil. Puede ser una primera aproximación fácil de realizar: contar cuántas horas hemos pasado ocupándonos de esta persona y de la gente a la que ha hecho daño, y convertirlo a términos salariales. A continuación hay otros puntos, pero dependen de las situaciones. Hay un método general que aporta el libro, pero por lo que sé ¡todavía no se ha integrado en los ERP!

¿Qué medidas pueden tomar las empresas?

En primer lugar ¡no contratarles! A continuación, desanimarles y seguir mostrándoles que sus conductas no serán recompensadas, incluso aunque tengan un buen desempeño (según criterios estrictamente gerenciales). Por último, si ya los tenemos dentro, evitar que se reproduzcan: los imbécil tienden a reclutar otros imbéciles…

Si alguien se porta mal con los demás, tiene todas las probabilidades de convertir a sus víctimas en imbéciles como él. Erradicar estas conductas nocivas es por lo tanto urgente. ¿Cómo se puede tratar este problema…. lo más rápido posible?

Sí, tiene usted razón. Es contagioso. Por lo tanto se debe dar apoyo a la víctima para que no tenga la tentación de unirse a los imbéciles. O desplegar una resistencia colectiva.

¿Cómo, durante una selección de personal, se puede detectar alguien cuya conducta corre el peligro de ser nociva una vez contratada?

El imbécil ineficaz es fácil de identificar. Lo difícil es el imbécil que tiene un bonito currículum. Una forma de hacerlo es preguntarse si los signos de rendimiento y competencia no pueden ocultar también signos negativos propios de un imbécil. Una buena forma de fomentar esto es someter al candidato a varias evaluaciones, varias entrevistas y conversar en libertad acerca de ellas.

¿No le parece que hay ciertas profesiones, o ciertos tipos de empresa en los que se tiene más éxito siendo un imbécil?

Ciertamente. Se han documentado muchos casos en profesiones donde la reputación personal es muy importante, por ejemplo, en el mundo del espectáculo, los medios, la publicidad… Las empresas que tienen una cultura muy agresiva, que fomenta la competición interna son, está claro, terreno abonado para los imbéciles.

Según su experiencia ¿los imbéciles son los mismos en Francia que en Estados Unidos?

En general, sí. Hay sin duda diferencias, en las raíces (cultura nacional, status sociales, etc.) y en las formas de expresión, pero el punto importante es que la tendencia me parece que va hacia la equiparación.

¿Qué debemos hacer cuando el imbécil es el mejor elemento del equipo?

Si es usted alguien frío y calculador, hacer balance: ¿Aporta más de lo que cuesta? Para ello, hay que tener presente que lo que aporta se suele ver con facilidad, mientras que lo que cuesta está a menudo oculto. Si es usted menos calculador y si pone el largo plazo por delante, entonces puede que haya que pensar en separarse de él (si puede usted hacerlo).

El imbécil de uno será el amigo del otro ¿no? (y viceversa…) ¿No somos todos el idiota de alguien? ¿Cómo se asegura uno mismo de no ser un imbécil?

En general hay cierto consenso sobre el imbécil certificado. Para el resto, todo el mundo tiene «sus favoritos», es normal. Pero que no te gusta alguien no le convierte en un imbécil, para la mayor parte de la gente. En cuanto a uno mismo, más vale no estar seguro de no serlo: mantener ese temor es el medio más seguro de evitar convertirse en uno.

¿Hay imbéciles útiles en las empresas?

Hay estudios de psicología que muestran que un imbécil puede ser muy útil… utilizándolo como contraejemplo. Le muestra a todo el mundo cómo no hay que ser.

¿Cuáles son los estudios serios en los que se ha basado Robert Sutton?

Está claro que no puedo hacer aquí la lista completa. Son estudios psicológicos, de psicología social, en en lo que llamamos organizational behavior, es decir, estudios de los comportamientos en las organizaciones (en especial cuestiones relacionadas con el poder, el liderazgo, los roles, la cooperación, etc.). Las referencias están en el libro.

Sutton emplea un vocabulario usado en la vida cotidiana pero raramente en los libros y su tono es muy emocional. ¿Por qué generan reacciones como éstas los imbéciles? ¿Por qué tenemos tantas dificultades para tomar la distancia necesaria ante su conducta?

Porque afectan a cuestiones fundamentales: la identidad personal, el reconocimiento, la autoestima; y a retos importantes: el trabajo, la carrera, etc. Además, hay algo de transgresor, de escandaloso en su conducta, ya que violan las reglas sociales que cada uno tiene profundamente asumido que debe respetar (incluso aunque a veces cueste un gran esfuerzo).

Cuando se ha sido víctima (del tipo Oso Amoroso colaborativo) de imbéciles patentados ¿cómo no amargarse, desconfiado y desilusionado hasta el punto de volverse uno mismo un imbécil?

Siempre existe esa tentación, es comprensible. Pero no todos los imbéciles son felices y no están necesariamente orgullosos de sí mismos tampoco. Sobre todo, lo que quizá haga falta es aprender a ser menos idealista (Oso amoroso…) sin convertirse por eso en un imbécil.

¿Sabe de dónde viene la idea de este libro? Y por su parte ¿por qué se inclina por este problema en particular?

Es un problema que crece y que representa un desafío cada vez más importante. Puede que haya más imbéciles. Puede también que sus efectos sean cada vez más devastadores y cada vez menos tolerados, porque las personas están hoy en día mucho más comprometidas personalmente con su trabajo y su empresa. Están por lo tanto más expuestos, son más vulnerables.

¿No hay más imbéciles, o por lo menos da la impresión de haber más, con las comunicaciones por email? ¿Qué solución habría?

No creo que el correo electrónico produzca por sí mismo imbéciles. Pero favorece las reacciones inmediatas, emocionales, y eso provoca reacciones en cadena… Y, claro, los imbéciles pueden aprovecharse de eso.

Usted imparte clases en la escuela de comercio ¿cree que podría existir una pedagogía que impidiese que algunos (pero ¿cuántos, por otra parte?) futuros gerentes sean también futuros imbéciles?

Sí, por supuesto, y se practica a menudo: aprendizaje de la psicología y del comportamiento en las organizaciones, estancias «sobre el terreno», en particular. No digo que no pueda hacerse más, pero no creo que el problema tenga su origen en la formación inicial.

Cuando se ha tenido un comportamiento de imbécil ¿qué debe hacerse para «reparar el daño»?

Hacer lo que deberíamos haber hecho la primera vez: escuchar, reconocer… En general, basta con eso,la gente sabe distinguir un caso patológico de un accidente aislado.

¿Cree usted que la sociedad actual favorece la «creación» de imbéciles? ¿La globalización los fomenta?

En ciertos aspectos, sí: la valoración de la competición, recompensa a los individuos más que a los colectivos, privilegios concedidos a algunos, etc. Pero por otro lado, también permite la toma de conciencia del fenómeno.

Para saber más

El autor

Robert Sutton es profesor de gestión en la Stanford Engineering School. Estudia los vínculos entre los conocimientos en gestión y la organización de la toma de decisiónes, la innovacuión y el rendimiento. Ha publicado más de cien artículos en revistas. Objetivo cero idiotas (The No Asshole Rule) es su cuarta obra.

El prologuista

Hervé Laroche es profesor del departamento de Estrategia, Personas y Organización de la Escuela de negocios ESCP-EAP. Diplomado de Estudios Superiores de Comercio (Hautes études commerciales, HEC) y doctor en ciencias de gestión, trabaja sobre el análisis de los procesos cognitivos que influyen en la formación de la estrategia, sobre las cuestiones de la fiabilidad de la toma de decisiones frente a los riesgos así como sobre el papel de los mandos intermedios en la organización.

Para leer

  • Work Matters, el blog personal de Robert I. Sutton
  • https://www.bobsutton.net/
  • Robert Sutton (2010) The No Asshole Rule: Building a Civilized Workplace and Surviving One That Isn’t (en inglés). 238 páginas, Business Plus.
  • Robert Sutton (2010) Objectif zéro-sale-con. Prólogo de Hervé Laroche. (en francés) 160 páginas, Editions Vuibert.

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El rey pálido, de David Foster Wallace

Sigo obsesionado con el triste y grande David, con su mezcla de horror y atracción por el solipsismo, su odio a la metaficción demostrado por medio de la meta-meta-(n metas)-metaficción, su sentido del humor que te cosquillea el intelecto para despertarlo. Hace un tiempo me embarqué en esta auto-ficcio-biografía (El rey pálido) de cuando «trabajó» en la Agencia Tributaria de Peoria, Illinois. Es su obra póstuma, en la que estaba trabajando cuando su enfermedad mental se lo llevó por delante.

Portada de la edición ampliada en Debolsillo (Fuente: librotea)

Iba a ponerme a releer el libro, pues me dejé este post a medio hacer hace ya meses, pero resulta que José Luis Amores lo hizo en 2011 un millón de veces (o más) mejor de lo que yo podría hacerlo aunque me lo releyese cien veces y las cien veces entendiese algo de lo que va más allá de mis gafas.

La novela, que parte de que a alguien podría interesarle la vida de los inspectores de hacienda (eso ya es para el autor ponerse un desafío digno de un saltador con pértiga), se dedica a inspeccionar el aburrimiento, una de las peores, y en la actualidad más difundidas, formas del sufrimiento humano. Estos inspectores de hacienda miran una y otra vez declaraciones de impuestos intentando encontrar indicios de que una inspección presencial, con los costes que conlleva, tiene probabilidades de detectar un fraude, que ese fraude se puede cobrar, y que lo que vaya a cobrarse se más que lo que costó capturarlo. Un trabajo de artesanía en las mesas «Calambre», que dan precisamente eso, calambres insoportables por la inmensa cantidad de horas de su vida que estos inspectores dedican a leer y releer declaraciones de impuestos. La organización socio-política de la agencia revela todo un sistema de castas y un movimiento revolucionario que plantea reemplazar ese trabajo por la inteligencia artificial de los ordenadores, revolución contra la que se rebela gran parte de los afectados, así como otros que hacen reflexiones ético-filosóficas sobre el derecho que puede tener el estado a entrometerse así en la vida de sus administrados.

Es lo que pasa con esto de escribir, que resulta inabordable (quizá también lo fue para él). Esa descripción minuciosa, donde cada detalle milimétrico, o microscópico, en que el autor fija su mirada, tiene la capacidad de comunicar partes esenciales del mensaje. Como en el prefacio, donde te dice que todo lo incluido en el libro es rigurosamente cierto, pese a que en la contraportada también dice claramente que «esto es una obra de ficción». En ese mismo prefacio, la nota al pie acerca del número de la seguridad social del autor ya te está contando que el autor trabajó en la agencia tributaria (la IRS), porque ese número contiene un «9», y sobre lo que significa haber trabajado allí alguna vez. O sea, que una nota, que solía ser una bifurcación en el curso principal de una historia, resulta ser un acelerador a hipervelocidad para que avances en la trama. Es verdad que su suicidio fue un desastre. Para él, para su familia, para la cultura occidental, que se ha quedado huérfana.

Nos han quedado, después del desastre, algunas cosas interesantes, que suelto aquí, sin orden ni concierto, pero que ilustran un poco más este libro muy recomendable, vigente, necesario:

  • Una lectura de fragmentos de su libro aún no publicado para la fundación Lannan en Santa Fe, Nuevo Mexico:
  • Un vistazo, de aperitivo, a la enorme colección digital y física de materiales de The Pale King (cuadernos, borradores, fotocopias, correcciones, anotaciones, etc.) y otros documentos de D.F. Wallace que el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas pone a disposición de los investigadores.
  • Iba a hacer una lista de personajes, pero siempre hay alguien que la ha hecho antes, como en todo: https://figurativeink.wordpress.com/2011/10/19/david-foster-wallace-the-pale-king-character-list/.
    • Los números entre paréntesis son la primera página en que aparecen en la primera edición en tapa dura.
    • Claude Sylvanshine (5), Reynolds (6), 356 Jensen, Jr., Dr. Lehrl, Systems Director (7) , Merri Eloise Prout aka Dr. Yes (19), Vincent Bussy (20), Frederick Blumquist (27), 315, Leonard (29) Stecyk, Lane A. Dean, Jr. (36), Sheri (38) Fisher, Toni Ware (54), Donald Jones (80), Kenneth “Type of Thing Ken” Hindle (80), 107, Chris Acquistipace (84), Cusk (91) David 317, D.P. Tate (101), Richard Glendenning (128) , DeWitt, Jr. 157, Rosebury (129), Gene Nichols (143), Stuart A., Jr. Gaines (145), 352, Lotwis (150), Chris Fodle (154) “Irrelevant” 257, Robert Atkins (281), Ms. Neti-Neti (285), F. Chahla 2K, Bob McKenzie (285), Marge van Hool (299), Garrity (315), Pam Jensen (332), Hurd (347, 351), Gestine Lumm (347, 352), Todd Miller (352), “Colorado” Todd Bondurant (352), Sheehan (356), Julia Drutt Chaney (357), Eugine E. Rosebury (358), Gary Yeagle (358), Shinn (371), Cardwell (425), Meredith Rand (446), Shane Drinion aka Mr. X (448).

Cómo está el tiempo de tu parte, por Bridget Watson Payne

Estoy a punto de empezar el post como en un confesionario católico, intentando recordar cuántos meses hace que no paso por aquí, pero eso confundiría mis intenciones con algo parecido a un ánimo de ofender. Así que me quedo con este comienzo borroso. Es un comienzo como otro. Una reanudación.

Por fin ha terminado 2020, como si 2020 tuviese la culpa de las cosas malas que hayan pasado durante 2020. Todos esos lugares comunes que me dedico a observar perdiendo el tiempo curioseando en los estados de WhatsApp de mis contactos (aunque a veces son fuente de carcajadas o de necesarios desengaños), lugares comunes, decía en mi fárrago incipiente, que dicen que 2021 no tiene por qué ser mucho mejor, que las vacunas van despacio o que alguien malicioso nos ha robado nuestros derechos mientras nosotros estábamos, inocentes de todo, a lo nuestro, consumiendo, contaminando y todo eso.

Para mí ha sido un año en que he logrado unas cuantas de las metas que me propuse a primeros de año. Mi familia está más fuerte que nunca, he corrido 1080 km (en cómodos plazos), he ayudado a mi equipo y hay quien ha confiado en nuestro trabajo. Muchos compañeros y compañeras me han ayudado a realizar las metas de los equipos. Aunque todo el mundo tienda, según parece, a calificarlo como un mal año, por más que nos haya puesto a prueba y muchas personas hayan sufrido o hayan sucumbido, hay mucho por lo que dar las gracias en este año, al menos para mí.

Pero también he vivido mucho tiempo de este año bajo la losa de la presión de no tener tiempo suficiente para hacer todo lo que de un modo u otro caía dentro de mi esfera de responsabilidad. Eso de correr como el conejo de Alicia, con el reloj en la mano, llegando tarde a todo, no apretando lo suficiente donde quería apretar. He aplicado como un muyahidin de la productividad todas las técnicas-magdalena (ahora explico esto de la magdalena) que he hojeado (con prisa, pero con curiosidad). Una especie de thriller acelerado de principio a fin de año, un crescendo de A Day In The Life de 365 días más o menos, con pausas de una o dos semanas en medio. Tiendo a caer en la trampa de la actividad, en vivir como un hamster en la rueda en una carrera sin sentido, agotadora, estéril.

Bueno, pues el último día del año me encontré por casualidad con este librito, hecho a medida de hamsters como yo, porque se lee en una hora, está hecho de bocados cortos de medio minuto cada uno, y te cuenta tres cositas que se olvidan con facilidad y que me ha venido bien que me recuerden acerca de todo eso de gestionar ese invento humano, infinito, ingestionable, que es el tiempo.

Cómo el tiempo está de tu parte‘, de Bridget Watson Payne, trata de poner la pasión en el centro, más que de tener un orden inflexible o una serie de reglas infalibles que te conviertan en un robot triturador de tareas.

Portada del libro. Fuente: @WatsonPayne en twitter.

Esas tres cositas que el libro nos recuerda son:

  1. Priorización
  2. Procrastinación (de la buena)
  3. Bolsillos (sí, bolsillos)

1. Prioridades

Tú marcas las prioridades. Estás al mando. No de todo, pero sí de un montón de cosas. Eres como el médico de urgencias que elige entre el paciente moribundo o el del brazo roto. Decían los romanos que las águilas no se entretienen con las moscas. Pues eso. Elige presas dignas de la grandeza que aspiras alcanzar.

2. Procrastinación de la buena

La procrastinación es como una herejía de la productividad ¿no? Pues resulta que hay una clase buena de postergación, la de dejar (para después, para que hagan otros o para nunca), actividades que no forman parte del núcleo duro de tus prioridades.

Es un concepto de un tal Paul Graham, que dice que en vez de trabajar en lo que tienes programado o encargado, puedes trabajar en: (a) nada, (b) algo menos importante, (c) algo más importante. Este último tipo de procrastinación, trabajar en algo más importante, es el bueno.

3. Bolsillos

Esto de los bolsillos es, quizá, junto con los truquitos de la parte final del libro, lo más interesante. Tendemos a hacer suposiciones sobre las circunstancias necesarias para el éxito laboral, sentimental, el bienestar de la familia, la creatividad, la forma física o el activismo por las causas que nos importan. Suposiciones como la de que un trabajo creativo debe pagarte el sustento y debe realizarse a tiempo completo y otras falacias limitantes por el estilo.

Pero en realidad nuestros días están repletos de «bolsillos» de tiempo. Como cuando te encuentras un billete de 20 € en un abrigo, esos bolsillos, todos juntos, dan para desarrollar lo que sea que te apasione. A trocitos, en horarios prefijados, virutas de tiempo que vas labrando y usando en lo que te importa de verdad, en llamar a tus seres queridos para que estén un poco menos lejos, en hacer ejercicio, en leer, dibujar, pasear. O en no hacer nada. Que eso también hace falta, y ayuda a que cuando hagas, hagas con más energía, pasión, impacto en tus metas.

Hay una lista genial de trucos y consejos, contadas como breves viñetas de las vidas de gente de verdad, personas reales que tienen que comprar papel higiénico, cuidar de niños, hacerse la comida, pero que no están esperando a que el milagro de dos semanas seguidas sin sobresaltos se les aparezcan delante como por arte de magia para dedicarse a lo que de verdad les hace soñar, latir, disfrutar de la vida. No hacen falta dos semanas de desconexión (aunque no vienen mal), hacen falta los breves ratitos mágicos e inspirados que estaban ahí escondidos en los bolsillos.

Las magdalenas

Dije un poco más arriba que iba a explicar esto de las magdalenas. No negareis que el título atrae más clicks que «Pros y contras de las técnicas de productividad». El caso es que las técnicas de productividad son como las magdalenas en varios aspectos: aportan gratificación instantánea, son fáciles de aplicar, agradables, pero, por desgracia, a partir de la tercera te hacen perder agilidad.

Magdalenas de productividad. Dosifica bien o el atracón te pasará factura. (Fuente: Wikipedia)

Corremos el peligro de ponernos al servicio de nuestras técnicas, de que pierdan el sentido y la finalidad. ¿Para qué es la revisión semanal, si se convierte en una mañana de sábado perdida rebuscando y ordenando fotos del móvil? Se trata de ganar control y perspectiva, de preparar el éxito, grande o pequeño, en las semanas venideras. No es tachar tonterías irrelevantes en una lista y seguir en el mismo sitio (o más atrás) en relación con lo que quieres conseguir

Puntas y trucos

O lo que es lo mismo, consejos y trucos. Me niego a decir «tips», soy así de boomer, como me dice mi hija adolescente.

1. Ponlo en tu calendario. Y una vez puesto, créetelo.

2. Sincroniza tu lista de tareas y tu calendario, haciendo un híbrido de las dos cosas, por ejemplo: (a) dedicando 10 minutos cada mañana a insertar elementos de tu lista de tareas en los huecos libres de tu calendario, como citas, (b) asignando una fecha de ejecución, en lugar de una fecha de vencimiento, a cada nueva tarea que añadas, (c) anota en las tardes o noches de tu calendario cuándo harás la colada, te ocuparás de tus impuestos o de simplemente relajarte, (d) incluso llevarlo tan lejos como deshacerte de tu lista entera de tareas, llevando cada tarea que surja directamente al calendario; esto funciona mejor en calendarios electrónicos que en los de papel, ya que será inevitable ir moviendo las cosas de sitio. La idea central es la misma en todos los casos: pones a tu lista de tareas y al tiempo de que dispones a trabajar en equipo en lugar de a competir entre sí.

3. La temible bandeja de entrada. Pon límites razonables al correo electrónico y emplea el tiempo que ganarás en otros trabajos más importantes. Tres tácticas expuestas por Jocelyn K. Glei en Unsubscribe: How to kill email anxiety, avoid distractions and get real work done son: (a) no hagas los emails en primer lugar, (b) dedica al correo solo dos o tres bloques de tiempo al día, de media hora o una hora como mucho, reservados en tu calendario como citas, (c) no tengas tu bandeja de entrada abierta en el escritorio mientras estés trabajando en otras cosas. Por último, decide tu tasa personal de no respuesta («de los correos que recibo y que requieren una respuesta por mi parte, contesto a un x%»)

4. Empieza por el trabajo de verdad. No procrastines con las cosas que atañen a tu verdadera esencia, a tu alma, a quién eres y qué eres. Dales prioridad a esas cosas.

5. Ve a donde esté la energía. Dedícate a lo que te entusiasma y aprovecha la energía que esto produce. Cuando te otorgas la autoridad para decidir qué es lo mejor que se puede hacer a continuación funcionamos mejor y más rápido.

6. El programa férreo. Otra forma de destinar tiempo a lo importante es hacer las mismas cosas a las mismas horas, tanto si tienes ganas como si no.

7. No abandones tu trabajo habitual. Mejor que eso, haz hueco para tus otras pasiones fuera de tu horario de trabajo.

8. Confía en tu sistema. (O monta un sistema del que te puedas fiar). No puedes llevar tus tareas en la cabeza. Esto es GTD del de toda la vida: capturar, procesar, etc

9. Pon tus grandes metas en tu lista de tareas. Ya sea como un primer paso pequeño y manejable, ya como la gran meta, para que te salte ante los ojos cada semana y te fuerces a pensar en cómo lograrla. Tú mandas en tu lista, no tu lista en ti.

10. Pequeños trocitos de tiempo, frecuentemente. Hacer algo pequeñito todos, todos los días te llevará lejísimos.

11. Horarios de trabajo alternativos. Por ejemplo 9/80: trabajar 80 h en 9 días en vez de en 10, con lo que libras un viernes sí y otro no para tus tareas personales, vida en familia, proyectos paralelos o relajarte sin más.

12. Trabajo mental por la mañana, físico por la tarde, como Ernest Hemingway.

13. No trabajes cuando no estás trabajando. ¿Es tu nómina lo bastante cuantiosa como para pagar todo tu tiempo?

14. Suelta el teléfono. Un cesto en la entrada de casa para soltar el móvil, una caja de faraday en el restaurante, cargadores en el salón en vez de en el dormitorio, o un día a la semana sin móvil en la familia.

15. Libera tiempo para las amistades.

16. Dedica tiempo a no hacer nada. La productividad debería permitirnos ganar tiempo improductivo, para tomar un café en una terraza, dar un paseo o leer tranquilamente un buen libro.

17. Elige en qué te concentras. Recobra tu tiempo para lo que te hace feliz.

Pues nada, que aunque no lo parezca, el tiempo está de nuestra parte.

Bibliografía

El libro está lleno de fuentes de información muy interesantes. Aquí van:

La broma infinita, de David Foster Wallace

Hace ya unos cuantos días terminé de leer por segunda vez «Infinite Jest», un libro que David Foster Wallace escribió durante tres años y publicó en 1996. Lo primero que se suele mencionar sobre este libro es su número de páginas y la cantidad de notas a pie de página que contiene. Podríamos quedarnos en lo evidente y no rascar más allá. Me quedaré en lo relativamente obvio nada más, y llegaré hasta donde alcance, o eso voy a intentar.

David Foster Wallace en una lectura de 2006, sin bandana y con agua embotellada, qué le vamos a hacer. Fuente: Wikipedia

La primera vez que lo leí fue en inglés y lo acabé hace algo más de un año (diciembre 2018), y ahora lo he leído en castellano, lo que me ha permitido estar un poco menos lejos de creer entenderlo.

Algo que puede hacer que sea complicado entender lo que quiere decir es el estilo cambiante de David y el uso de varios artificios superpuestos unos encima de otros, por lo que llegar a algo como un esquema de los personajes, lo que ocurre, o incluso en qué año ocurre, es una labor de lija. Vas raspando oropeles que puso David y al final llegarás a la madera, si es que eso es lo que te interesa. Lo peor es que esto es contagioso y me parece que yo también estoy poniendo oropeles en este articulito de blog. Con razón llevo posponiéndolo dos años. Sólo faltaría que para unas 500, o 1000, o las palabras que termine durando este texto, tardase más que Wallace en escribir el tomo inmenso que me llevó a escribir esto. Pero podría pasar.

Creo que «La broma infinita» rebasa el lío de personajes de «Cien años de soledad», «La colmena» u otras novelas corales. Valga este esquema como prueba.

¿Lo entiendes, o te hago un dibujo? El mapa mental de la broma infinita. Fuente: sampottsinc.com

Lo encontré en este wiki donde los lectores se ayudan entre sí a interpretar este tomo inmenso. También está el desafío de Infinite Summer de leerlo en el verano de 2009, a 75 páginas por semana.

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1079 páginas que condensan el infinito. Fuente: https://infinitejest.wallacewiki.com/

Precisamente ahora pienso que lo más atractivo de esta novela es que creo que es imposible de convertir en una peli. En el inmenso spoiler del inmenso párrafo que veréis a continuación, os daréis cuenta como yo de que es imposible de resumir sin perder sabor por el camino. Y no es sólo por mi infalible técnica literaria, capaz de despojar de sabor todo lo que cuento como la madre de Woody Allen era capaz de retirar todo vestigio de sabor del pollo. No es sólo por eso, es porque la broma es infinita, no cabe, no sé cómo consiguió meterla en sólo mil y pico páginas. ¿Su capacidad de síntesis es otra de las bromas que tiene dentro el libro? Puede ser.

Tripas

Alerta de destripamiento de la trama (que podría acabar como el que intentase contar las páginas del libro de Arena de Borges, con salpicaduras de tripas de trama, con granos de arena, con infinitas páginas por todas partes…). El resto de este párrafo intenta torpemente resumir la trama del libro: Bueno, el caso es que los artificios que él mismo se iba inventando a medida que inventaba esta historia enorme son ingeniosos y complejos casi todos. Te cuenta dos historias que de algún modo están entrelazadas con varias docenas de otras historias. Después de todo este tiempo, yo creo que los principales personajes en la novela son David de adolescente tenista (Hal Incandenza) y David de post-adolescente adicto a las drogas (Don Gately). Hal es un interno en una escuela de alta competición regentada por su madre, la cual es viuda de James («él mismo») Incandenza, un extravagante óptico (de los que construyen lentes cercanas a la física de la luz, no de los que te venden gafas que se rayan por mucho cuidado con que las limpies) que dio varios tumbos profesionales hasta convertirse en un cineasta vanguardista (infumable y desagradable como una mezcla entre varios directores infumables y desagradables que se te puedan ocurrir). James, el padre de Hal, se suicidó metiendo la cabeza en un microondas modificado tras años de alcoholismo, infidelidades a su esposa hipercontroladora y tras crear una pieza de entretenimiento (así llamaba James «él mismo» a sus películas) tan entretenida que quienes la vean no pueden hacer otra cosa que verla, abandonan toda su vida, sus necesidades fisiológicas, sus lealtades, todo, por seguir mirando una y otra vez la pieza en cuestión. La pieza es la broma infinita, un arma, en realidad, que unos terroristas canadienses separatistas (unos activistas quebequeses aficionados a la sopa de guisantes que van todos en sillas de ruedas por culpa de un extraño juego / desafío / rito iniciático que consiste en saltar por delante de un tren en marcha en el último momento, después de que su oponente en el desafío salte y antes de que el tren te atropelle, te mate o te lisie, que es lo que les suele ocurrir a los miembros del grupo independentista que medran en la organización, de ahí que se les llame los Assasins des fauteuils roulants. Suelen hacer sus siniestras apariciones en grupo, todos en sus sillas, hartos de los Estados Unidos y de Canadá, que han reconfigurado sus territorios para adaptarse al cambio global (que se distingue del cambio climático en que el cambio global lo provoca la actividad humana) mediante un trueque de terrenos, terrenos que no tan casualmente eran de Québec, un trueque que les permita deshacerse de la inmensa cantidad de residuos que producen unos y otros lanzándolos por los aires desde Boston y alimentando una singularidad física (que el propio James-él-mismo-Incandenza contribuyó a descubrir) que es algo así como un agujero negro de la basura que necesita más y más basura para no estallar, y ahí estamos los productores de basura del mundo para lanzarle basura con catapultas. Me estoy perdiendo, pero es lo que pasa con esta broma. Es infinita, desparrama un sarcasmo quemado y venenoso más allá de sus más de mil páginas. La familia de Hal está traumatizada y destrozada. Hal tiene un hermano, Orin, que se dedica al fútbol americano (dejó el tenis porque sólo sabía hacer enormes y precisas voleas, cambió el brazo por la pierna y lanza patadas a seguir enormes y precisas) o que en realidad se dedica a buscar mujeres casadas, las seduce con un conjunto repugnante de técnicas de manipulación, se acuesta con ellas y a continuación las deja hundidas y mancilladas. Para él parece una especie de venganza porque su padre, James «él-mismo» etc, sedujo, antes de morir, obviamente, a su novia, una chica tan guapa que era monstruosa por su belleza y que era fan del cine incomprensible de James. Eso y el suicidio de James hicieron polvo a Orin y a la madre de Hal y Orin y esposa de James. La escuela de tenis de Enfield, donde Hal está interno fue otro de los proyectos de la errática carrera profesional de James. Los alumnos de la escuela, con su férrea disciplina de entrenamientos, arengas y preparativos para que la fama de la alta competición no les destroce la mente y la vida, viven en realidad ya medio destrozados; o están locos, o son ya adictos a la marihuana (como en el caso Hal), las pastillas, los hongos, las drogas de diseño o los calmantes de todo tipo. Tienen todo un sistema de aprovisionamiento de orina «limpia» procedente de los alumnos más jóvenes y puros para cuando se producen las redadas de controles anti-dopaje, por ejemplo. Un par de calles más allá de la colina desmochada donde está la Academia Enfield de Tenis está la Casa Ennet, un hogar de rehabilitación de toxicómanos donde Don Gately está cumpliendo parte de la condena a la que le ha arrastrado su adicción a los opioides, en la huida de una infancia atroz con una madre alcohólica y un padrastro metódicamente maltratador (hacia su madre). Don es enorme, una mole valiente y noble que usaba su cabeza para detener las puertas de los ascensores cuando jugaba al fútbol en el instituto y que fue perdiendo todo lo poco que tenía por culpa de la adicción. Se fue especializando en colarse en casas desactivando la alarma y llevándose lo que pudiese vender para conseguir más opioides inyectables, pero una noche amordazó a un canadiense francófono (quebequés, precisamente) que estaba muy resfriado y que no consiguió hacerse entender antes de amordazarle y murió asfixiado. El caso es que Don se desengancha y termina siendo cuidador de un montón de yonquis que están en esa casa, y los vas conociendo, y todos son de verdad y cada uno con un drama enorme o con miserias enormes de las que no consiguen escapar. Gente de verdad que David conoció en hogares de rehabilitación similares y que aquí están retratados con más crudeza que en una canción de Lou Reed. Don es un héroe doliente, y hacia el final de libro lo demuestra dando una paliza de muerte a cuatro enormes quebequeses vestidos de hawaiianos a los que un interno de la casa Ennet adicto a la cocaína ha hecho una faena terrible al matar a su perro por pura diversión. Persiguiendo al adicto, los enormes quebequeses llegan hasta la casa armados hasta los dientes y Don defiende a sus malditos adictos dándoles a los matones una paliza mortal digna de una peli de Tarantino por la crudeza irónica con que se describe.

En este libro, entre bromas y veras, se cuentan experiencias reales de adicción y crueldad, de depresión y suicidio. David acabó sus días de creatividad inmensa, de inteligencia y cultura colosales, derrotado por una depresión crónica que culminó tristemente con su suicido a los 46 años de edad el 12 de septiembre de 2008. En este libro hay síntomas fáciles de detectar a toro pasado. Hay burlas en medio de unos dramas terribles, señales de alerta por todas partes. Más de una vez he estado hablando con mi pareja en la vida de lo que deben de sufrir las personas que son inteligentes, muy capaces en algo. Inteligentes de verdad, que entienden la realidad en sentido abstracto, captan las leyes que subyacen a todos los fenómenos que observamos y entre los que los mortales de a pie navegamos sin hacernos muchas más preguntas. ¿Es posible ser de verdad inteligente y ser feliz?

Los cerebritos viven acosados por los matones del instituto hasta que encuentran algún refugio en la ciencia, en las artes o en algo que les retribuya por esa habilidad hiperdesarrollada que tienen, pero siguen sin ser capaces (o pocos encuentran su camino en esos laberintos) de integrarse con los demás, si no es renunciando a esa curiosidad y habilidad especial que algunos tienen, si no es fingiendo que no tienen esa curiosidad.

Entonces, ahora lo que pienso es que David Foster Wallace pudo haber sacrificado todo eso, viviendo y creando con urgencia enormes obras como esta, como sus artículos en Harper’s, como sus reflexiones sobre la filosofía, el infinito, la cultura, la tele y la miseria, para echarnos una mano a los demás a soportarlo, ya que él iba a sucumbir. Aunque fuese un acosador, igual que Franzen difícilmente podría ser más despreciado por representar el privilegio masculino y blanco o Lennon por maltratador disfrazado de pacifista. Todas estas cosas ayudan a desbancar la idolatría y tratar de hacer algo por uno mismo, ¿no?

El sonido de los Beatles, por Geoff Emerick y Howard Massey

Este libro me lo ha prestado mi padre, que ha sido un consumado fan de los 4 fabulosos desde que le conozco (y va para 46 años de eso). Recuerdo un viaje en coche con él al volante y como cassette-jockey del 131 rojo que le vendió un militar de Ceuta retirado. Yo estaba mareado por las curvas de la Alpujarra y empezó a sonar la cara B de Abbey Road. A lo mejor por esas piezas progresivas, a lo mejor por el latazo de Maxwell’s silver hammer, Abbey Road era uno de los discos que me hacían protestar si sonaban en el coche. Cuando mi paladar auditivo infantil detectaba sabores lejanos al pop de menos de tres minutos, mis sistemas pasivo-agresivos de protesta se ponían en marcha. El caso es que en aquella ocasión yo debía de estar en modo de ahorro de energía y me resigné a escuchar sin quejarme. Toda la suite de Paul en estado de gracia en la cara B entró de principio a fin, y Ringo redoblaba como a mí me hubiera gustado redoblar si yo hubiese sido zurdo, hábil, discreto y abnegado. El caso es que mi padre me enseñó a disfrutar de lo Beatles, desde pequeño yo leía en las galletas de los LP’s esas absurdas traducciones de los títulos y las liner notes propagandísticas que llevaban al dorso de la carpeta algunos de ellos. Y por el camino aprendí a escuchar la música, los instrumentos y las voces.

Geoffrey Emerick es un técnico de sonido. Aprendió a capturar sonidos con una grabadora de cinta. Se ganó el puesto sacando partido a las limitaciones técnicas, superándolas en grabaciones de los Beatles que ahora son el patrón de cómo debería sonar un grupo de rock. Rubber soul, Revolver o la sobreproducida Sgt. Pepper’s no habrían sido lo mismo sin su artesanía. Es más, los pelos de punta que se me ponen cada vez que escucho Paperback writer no estarían a mi disposición con solo darle al play.

En este libro, Geoff se despacha a gusto, ayudado por Howard Massey, con lo que le gustaba (Paul McCartney, principalmente) y lo que no de los Beatles. De mayor a menor desmitificación, creo que el orden es George, John y Ringo. De George (Harrison) dice que era bastante antipático, que había que hacer cientos de tomas para que atinara con sus solos de guitarra, que sus canciones eran mediocres y que al final de su carrera fue revelándose. De George Martin mi resumen, filtrado por mi desmemoria, dice básicamente que todo el trabajo brillante era de él mismo, Geoff, aunque es amable con sus modales aristocráticos y la paciencia que tuvieron que tener con los cuatro fabulosos. De John dice pocas cosas nuevas, su miopía, pereza y simplonería compositiva y creativa, y los caprichos locos de cuando se llevó a Yoko a vivir al estudio y llenarlo de visitas. A Ringo lo pone como un soso tímido y apocado. Me da igual. No voy a dejar de ser fan de los Beatles por mucho que el mago de las cintas magnetofónicas presuma de lo bien que lo hizo. Lo hizo extraordinariamente bien, para qué nos vamos a engañar. Es un libro interesante de cotilleos de rock, que está bastante bien escrito, se lee de varias sentadas agradables y que anima a volver a escuchar los discos de los Beatles otra vez más, y luego otra.

Los libros que leí en agosto de 2019

Me he dado un chute intravenoso de Murakami este mes de agosto. Desde que me reincorporé al trabajo a finales de mes no he tenido mucho respiro, de ahí que haya tardado tanto en compartir este post. Pero en agosto, durante las vacaciones, mi rutina era otra cosa. Algo muy murakamiano, si existe ese adjetivo. Nadar de 25 a 50 largos diarios, intercalar los mundos absurdos y tristes de Haruki (Al sur de la frontera, al oeste del sol, After dark, Los años de peregrinación del chico sin color, Baila, baila, baila, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo) con piezas de otros autores (El gaucho Martin Fierro, 6 problemas para don Isidro Parodi, las Memorias del subsuelo) y escuchar lo que haya en SD o en mi spotify gratuito con sus irritantes anuncios en medio. Eso es lo que he hecho este mes. Mi cuerpo no se ha movido a sitios más exóticos que Roquetas de Mar o las churrerías del Camino de Ronda, pero he surcado los mares, he amado con locura y he resuelto enigmas que no me dejaban progresar en la vida. O he dejado que se resuelvan solos al cesar de manosearlos con mi mente obsesiva y cíclica. Eso es lo que hice en mis vacaciones de este año.

El gaucho Martín Fierro

Fuente: wikipedia

Es un poema épico de José Hernández que en mi ignorancia sólo conocía por las menciones que Borges hace de cuando en cuando, no recuerdo en qué obra. Un retrato de la pampa que desmitifica, una especie de novela picaresca pero con jinetes vaqueros, navajeros y lascivos que huyen de la miseria y de las consecuencias de sus actos en la inmensidad de la pampa.

Memorias del subsuelo

Fuente: Cátedra

Este libro es Fedor Dostoievsky en lo más íntimo, haciendo confesiones (noveladas, pero confesiones, intuyo) de esas que sólo se hacen cuando has tocado fondo. El subsuelo es algo como el underground de Lou Reed o de Paul Weller, como regresar del infierno de modo provisional y, antes de regresar a él, advertir a los demás que no caigan en lo que seguramente caeremos todos. El protagonista tiene una especie de complejo de inferioridad/superioridad que le hace despreciar a todo el mundo. Está desesperado y no tiene remedio, está claro. Se invita a sí mismo a una cena de despedida de un oficial cuasi-compañero suyo, pese a que no tiene ni con qué pagar esa cena, ni con qué limpiar la mancha de sus pantalones. Se cuela en un burdel moscovita, burdel camuflado en tienda de modas, y desprecia a una prostituta, haciéndole ver un futuro miserable a causa del despecho que él siente por todos los que no le admiran sólo por lo que es, no por lo que ha logrado. Parece un retrato de la adolescencia en su estado puro, rusa o de donde sea. No encuentras tu sitio en la sociedad y te gustaría destruirla por completo.

Seis Problemas Para don Isidro Parodi

Fuente: amazon

El dúo de amigos inseparables de Borges y Bioy Casares se emplea a fondo en retorcer el lenguaje con el habla de sus personajes, de un barroquismo insoportable o hilarante, según el estado de ánimo con que te atrape. Valgan unos ejemplos:

Le ahorro hasta el menor detalle de ese ebanista vulgarísimo, frente serena y despejada, ojos de triste dignidad, negra barba profética, estatura canjeable por la mía.

…yo también he desmejorado con mi presencia el edificio de la calle Deán Funes,…

… macaco viejo no sube a palo podrido

La insípida persona que ahora gruñe esta narración estaba encaramada en el sauce,…

En el hombro de Tai An, el augusto beso de la muerte había estampado su rouge

A mí me ha hecho reír a carcajadas, aunque la verdad es que no siempre me enteraba de los casos que este don Isidro Parodi iba resolviendo desde su celda de prisión donde recibe a sus «clientes». Es un detective de gabinete, que entresaca de los confusos relatos de los que le visitan la solución a los misterios, crímenes, incendios y cobardías que le están contando. Una pequeña delicia que se lee en dos sentadas y media y que mi amigo José Juan conocerá ya del derecho y del revés, claro.

Haruki Murakami

Al sur de la frontera, al oeste del sol

Portada de la edición de bolsillo de Tusquets. Fuente: Amazon

Una historia sobre hijos únicos, un chico y una chica, que se conocieron en la educación primaria , que se entendían a la perfección, dos almas gemelas que escuchaban discos, se comprendían y que un día perdieron el contacto. Hajime (principio) está casado, tiene dos hijos y un club de jazz. Cuando le parece que vuelve a ver a Shimamoto, decide dejarlo todo e ir en pos de ella. El título es una canción que ambos escuchaban, que les hacía soñar con un mundo de ensueño que estaba en esa dirección, al sur de la frontera y al oeste del sol. En realidad era una canción de Sam Cooke sobre las juergas de Tijuana.

After Dark

Fuente: Agapea

Un músico aborda a una chica que lee en un bar nocturno. Ha perdido el último tren de la noche y pasa el rato leyendo. Ella no tiene ganas de hablar, y él no las tiene de estar en silencio, y poco a poco su conversación la entretiene. Más tarde, la regenta de un love hotel le pide al músico que ayude a una prostituta a la que un cliente ha agredido. En medio de esa historia realista y palpable, sórdida, se cuela lo sobrenatural como pasa a menudo con Murakami, con televisores apagados que transmiten imágenes borrosas e inquietantes de lo que hay al otro lado, o por debajo de lo que vemos conscientemente.

Baila, baila, baila

Portada de una edición italiana del libro. Fuente: La Casa del Libro

Murakami es fan de ese lado de los Beach Boys (opuesto al que me gusta a mí), el de las baladas cincuenteras, los años de la ingenuidad culpable estadounidense, con el doo-wop y todos esos falsetes prodigiosos pero irritantes para algunas personas.

En esta novela, un periodista freelance se mete a detective con la ayuda de una chica con poderes paranormales. La aventura empieza en el hotel Dolphin, que el protagonista conocía de otro tiempo y que en los años 80 del siglo pasado en que se desarrolla la acción se ha convertido en otro sitio de franquicia sin mucha personalidad.

Los años de peregrinación del chico sin color

Un grupo pentagonal de amigos de la infancia que se complementan y se completan entre sí. Cada uno de ellos tiene un apellido que corresponde a un color, al menos dos chicos, dos chicas. El protagonista tiene un nombre incoloro y eso de algún modo le acompleja, siente que no tiene personalidad como sus compañeros. De pronto le dejan plantado, todos se apartan bruscamente de él y dedica décadas a vivir apartado de ellos en una vida sin alicientes, hasta que poco a poco la vida le acerca a la solución de su enigmática separación. Hay mucha música en este libro, y un ambiente pensativo y soñador muy contagioso, como suele pasar.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Otra historia de las que enlazan con la magia subterránea. Si no recuerdo mal, está llena de fijaciones de Haruki: pozos, la guerra de China, espantosos crímenes de guerra descritos con todo lujo de detalles y un hombre anodino que busca sentido a su existencia por los caminos más raros después de que su mujer le abandone de pronto (o no tanto, a la vista de la poca sal que este hombre aportaba a su mujer), sobre todo en impropias conversaciones con una muchacha joven con instintos asesinos y en lugares estancados, donde el flow de la realidad se atasca, donde el pájaro que da cuerda al mundo deja de hacer su trabajo. Un sueño extraño bien contado y que de algún modo influye en mi forma de percibir las cosas después de haberlo recorrido. Hace que los disparates aparentes tengan un sentido subterráneo, poético y un poco triste.

Island, por Aldous Huxley

Ayer terminé de leer esta novela, la última (en sentido literal, un año antes de su muerte) que Huxley publicó, en 1962. Island (La isla) es la otra cara de la moneda de la distopía de «Un mundo feliz«.

Portada de la edición estadounidense. Fuente: wikipedia

Es una novela mística y utópica, que describe una civilización que Huxley sueña para los humanos que hemos venido después que él a este mundo, una visión esperanzada de lo que podríamos ser, resignada a saber que no lo seremos, tan amigos como somos de nuestras guerras, de ambicionar más de lo que necesitamos, de producir hasta agotar, de clasificar sin comprender.

Es cierto que a ratos me han impacientado los «panfletillos» con que los distintos personajes atorran a Will en sus periplos por la isla, cada vez menos cínico y occidental, cada vez más consciente y en paz. Mi inglés rudimentario me ha obligado a ir y venir al diccionario, pero el estilo es limpio y ordenado, y esos panfletos de los que me quejo son en cierto modo necesarios, son lo que nos quería contar, como si el relato fuese el resultado de convertir «La Filosofía Perenne» en una novela didáctica.

Es un alegato en favor a la atención al momento presente. En la era de la distracción y las pantallas que vivimos resulta por completo actual. Quita la guerra fría y lo demás te vale: los totalitarismos, la industrialización, el expolio de los recursos, el énfasis en tener en vez de en ser, y todos esos obstáculos artificiales que ponemos entre nosotros y nuestra realización personal, social y espiritual.

Para mí, Huxley está cargado de connotaciones personales relacionadas con mi ya lejana juventud. Nuestro profe de inglés por excelencia, Macario Funes, nos llevó a unos cuantos a Eton College durante una semana, que nos hacía rodar vídeos en inglés, que sólo nos escuchaba en clase si hablábamos en inglés, que logró que nos aprendiésemos los verbos irregulares y nos enseñó con paciencia a pronunciar como es debido. Este Maestro nos hizo leer Brave New World en versión original, diccionario en mano, claro, pero en voz alta y descubriendo un placer obligado en los libros, placer que puedes recuperar cuando quieras, como estas semanas en que me he ventilado unos cuantos libros y vuelvo a disfrutar de ello.

También me recuerda Huxley otros tiempos más rockeros, confusos y contemplativos en que combinaba la lectura de biografías de Buda con la Filosofía perenne que ya he mencionado en otros párrafos de este post.

Era raro para mí intuir cómo este señor inglés seriote y curioso combinaba la exploración del LSD, el peyote, la ayahuasca y los hongos alucinógenos con el estudio profundo de las artes, las letras y la mística de diversas culturas y producía cientos de páginas que se leían con agrado y abrían mis ojos de post-adolescente Peter Pan a hasta entonces oscuros conceptos de inmanencia y transcendencia, de libertad responsable, la necesidad de la utopía para intentar escapar de los totalitarismos (¿se puede?), para mí absolutas novedades que mi soberbia ignorancia ni siquiera había soñado.

Destripo el argumento a continuación, no sin advertir de ello previamente a quienes penséis leer la novela y no lo hayáis hecho aún —Alerta Spoiler—

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Catch-22 (Trampa 22), por Joseph Heller

Estoy leyendo otra novela bélica, que no es precisamente mi género favorito, pero resulta que va más allá de la superficie de la Segunda Guerra Mundial y se adentra en la manipulación, el clasismo, el absurdo, con un sentido del humor agrio y desentonado.

¿Cómo haces burla de la tragedia diaria de los bombardeos? Pues haciéndola, con memorables paradojas, repitiendo frases que retratan a personajes (creo que Goscinny hacía algo parecido en la serie del pequeño Nicolás, el francés del siglo pasado, no el español de este siglo, con Eudes que quería darle puñetazos en la nariz a todos, o el niño que era el ojito derecho de la maestra, etc). Aquí no se habla de un patio de colegio, sino de una unidad de bombarderos, cuyos soldados viven obsesionados con el sexo, con sobrevivir o con el deber y el patriotismo suicida, entre pesadillas, hospitales, normas locas, triquiñuelas reglsmentarias fulleras como la Trampa 22, o con su cámara de fotos para retratar mujeres desnudas sin nunca lograrlo, y cuyos oficiales y mandos desprecian a los soldados de a pie, y buscan todas las maneras posibles de medrar en sus carreras militares sin exponerse al mínimo riesgo, ofreciendo voluntarios a sus soldados para las misiones más peligrosas y fútiles, buscando por todos los medios aparecer en el Saturday Evening Post, indecisos, caprichosos y cobardes como ellos solos. Requiere una gran habilidad hacerte reír a carcajadas en semejante panorama de desesperación, y después de partirte de risa casi te asqueas de ti mismo.

Un retrato de Joseph Heller. Fuente: goodreads.com

Unos días más tarde de escribir el párrafo anterior, ahora que he terminado de leerlo, me quedo conmovido con la sensación brutal, desoladora, de la búsqueda de la novia de su amigo difunto que Yossarian emprende por toda Roma, presenciando una ristra atroz de crueldad y violencia, niños con hambre, palizas, los gritos de «¡Socorro, policía!», que no son para llamar a la policía, sino para avisar de que viene la policía y lo mejor es ponerse a cubierto. Si los intentos furiosos y habilidosos de la novia de Nately de asesinar a Yossarian te hacían llorar de la risa, este capitulo crudo te hace llorar de desconsuelo por la miseria que muchos con peor suerte que la nuestra siguen viviendo hoy en día.

Tengo un corresponsal en twitter al que no estoy seguro de conocer y a quien parece no gustarle que Cortázar bromease con la muerte de un bebé en Rayuela. Es muy de agradecer leer comentarios sobre mis balbuceos aquí. Pero tengo la convicción de que el humor en medio del drama es lo que el chile habanero al picante, lo que más destaca el dolor, por el puñetazo a la mandíbula que implica. En Catch-22, el humor es la bomba atómica que deja los edificios en pie y ni un alma con vida ni sin secuelas.

Espera, ¿qué? Y otras preguntas esenciales, por James E. Ryan


Este libro ha sido una recomendación de mi mentor Alfons Cornellá, que como contaba en otro artículo, tiene una deliciosa biblioteca en las instalaciones de The Institute of Next. Y le estoy muy agradecido por este libro repleto de experiencia, que se lee en dos sentadas y en que el autor no se anda por las ramas ni trata de parecer más sabio, más intachable ni más voluntarioso que ninguno de nosotros, los demás.

Es un tratado de ética en toda regla, en mi opinión, y cuenta las preguntas esenciales que deberíamos aprender a plantear a los demás y a nosotros mismos para vivir vidas plenas, con sentido en las cuatro cosas que importan en la vida: el amor, la familia, el trabajo y la bondad.

James Ryan es el undécimo decano de la Facultad de Educación de Harvard, y un experto en Derecho y Educación. El libro está construido alrededor de sus experiencias vitales como esposo, como padre, como abogado, como hijo adoptivo, como profesor y como amigo. No son teorías racionalistas ni un manual de instrucciones para ser feliz, son anécdotas y hechos de su vida, aunque no siempre salga muy bien parado. De hecho, es agradable comprobar que tiene ese hábito tan americano de saber reírse de sí mismo.

James E. Ryan. (Fuente: harvardmagazine.com)

He hecho uno de esos dibujos que posiblemente sólo yo entienda con mi resumen del libro.

Si nos preguntamos estas cosas en los momentos oportunos, o si les hacemos la pregunta a los que nos rodean, nos será mucho más fácil ver con claridad qué debemos hacer.

La primera pregunta, la de «Espera, ¿qué?» es el primer paso para entender lo que alguien nos propone, para evitar rellenar los huecos con suposiciones y sobreentendidos. Pone al que pregunta en posición de observar y comprender, y requiere del interlocutor una respuesta que elabore y aclare lo que está planteando.

La segunda, que son dos clases de preguntas, en realidad, es «Me pregunto por qué…» y «Me pregunto si…». Preguntarse el porqué de las cosas que presenciamos nos ayuda a despertar la curiosidad, a descubrir de dónde vienen los absurdos que presenciamos a diario, y a darnos cuenta de que probablemente no sean tan absurdos o a decir «me pregunto si…» podrían ser de otro modo si empezamos algo, si hacemos algo al respecto.

La tercera pregunta, «¿No podríamos al menos…?» es un desatascador de situaciones encalladas, una bujía que enciende motores calados rebajando la ambición inicial de un proyecto demasiado amplio y troceándolo en un primer paso, o al menos provocando una conversación de un alcance manejable sobre algo de lo que hay que hablar. Es el comienzo del entendimiento mutuo, en esos casos. O la forma de darse cuenta de que los sueños pueden tratar de alcanzarse, o de llegar cerca de ellos.

La cuarta pregunta es la que muchos hombres varones deberíamos hacer más a menudo. Es un clásico que cuando alguien, en particular un ser querido, o nuestra pareja, nos cuenta un problema, tengamos la tentación irresistible de interrumpirle para dar nuestra visión de lo que resolvería el problema, como si fuéramos unos expertos, como si entendiésemos todas las circunstancias de la otra persona, como si fuésemos «el salvador». Preguntar «¿Cómo puedo ayudar?» reconoce implícitamente y con modestia que no sabemos, que necesitamos la ayuda del otro, una pista sobre cómo ayudar, y es una mano tendida que ofrece nuestra ayuda si puede servir de algo. También es un instrumento potente, pues traslada la responsabilidad de mejorar su situación a la persona que tenemos enfrente, le hace pensar en qué necesita, formularlo, si quiere hacer algo al respecto.

La quinta pregunta es una linterna que no siempre utilizo. Es el foco en lo que importa, que resulta muy fácil de perder con las distracciones cotidianas, los pretextos y la procrastinación. Hay que preguntarse y preguntar «¿Qué es lo más importante?» si se quiere llegar a algún sitio. Es la clave para saber a dónde o a qué se quiere llegar cuando se emprende algo. La anécdota del parto de su tercer hijo que el autor comparte aquí me resulta tristemente familiar, y consuela saber que uno no es el único en poner por delante cosas que no importan nada cuando no se ha planteado bien las prioridades.

Hay una pregunta bonus, tomada de un poema de Raymond Carver, que dice «¿Obtuviste lo que querías de la vida, a pesar de todo?». La vida está llena de decepciones y tropiezos, de sufrimiento y esfuerzos perdidos, es cierto. Pero se puede avanzar en la felicidad, se puede obtener lo que importa si uno se plantea y plantea habitualmente las preguntas que este libro nos pone delante. Son cosas que ya sabíamos, claro, pero ¿por qué no lo hacemos por costumbre?

De qué habla Murakami cuando habla de escribir

Me ha encantado este artículo de Mar Abad sobre el proceso creativo de Haruki Murakami, basado en el libro que éste último ha publicado recientemente, «De qué hablo cuando hablo de escribir«.