Marranadas, de Marie Darrieusecq

Acabo de terminar de leer Truismes (“marranadas” o “perogrulladas”) una novela de Marie Darrieusecq que fue finalista del Goncourt en 1996. No se me ha ocurrido qué escribir más allá de un destripamiento porcino del argumento algo más abajo.

Como siempre que leo algo en francés o inglés me tocó equiparme del diccionario y consultarlo cada pocos renglones, pero no tanto porque sea difícil de leer como por lo oxidado de mi vocabulario. Es una especie de fantasía en primera persona que a veces contiene sexo explícito, pero que sobre todo expone a pública vergüenza algunos rasgos hipócritas, xenófobos, excluyentes de la sociedad francesa, o a mí así me lo parece.

Una de las portadas. Fuente: priceminister.com

Empieza como una novela erótica (pero bien escrita), con una inquietante cita de Knut Hansum sobre lo que el berraco siente en la matanza que no parece guardar relación con el comienzo del relato: Los escarceos de una joven muchacha muy consciente de su cuerpo y su encanto para con hombres y mujeres. Se busca un trabajo de perfumera donde lo sustancioso está en las propinas a cambio de participar en la indecencia de clientes y clientas. Pronto prospera, pues está dispuesta a todo y pocas cosas la escandalizan. Pero lo imprevisible se desliza con suavidad en esta historia, y nuestra protagonista nota extraños cambios en su cuerpo que van y vienen (los cambios). Una clienta le habla de su posible embarazo, pero no parece que eso cuadre. Aborta escandalosamente en la habitación de la tienda donde se prostituía con los clientes de la perfumería, ante un fundamentalista que la apalea como manifestación del diablo en la tierra. Se va a vivir en el apartamento de su amante, Honoré, al que conoció carnalmente en la piscina cubierta. Se convierte poco a poco en una cerda, con orejas, pezuñas y rabo, con una tercera tetilla a causa del pellizco de un marabú al que acude a pedir consejo. Honoré, que toleraba las infidelidades profesionales de nuestra heroica porcina, empieza a molestarse por los hábitos gorrinescos, hábitos que ella cada vez puede evitar menos, como vomitar si le ofrece comer paté, jamón o embutidos. Un candidato neonazi al gobierno, Edgar, la libra de una paliza la desastrosa noche en que ella y Honoré intentan reconciliarse con una cena romántica y en que su transformación intermitente se completa en su máxima expresión. Ya ni siquiera es capaz de nadar, y Honoré la abandona, con el bañador roto alrededor de sus más de dos pechos. Los niños la martirizan, y Edgar el nazi la rescata y se hace con ella la foto de campaña bajo el lema “Por una vida más sana”. Ella se refugia en las alcantarillas, con los vagabundos, hasta que Edgar llega al gobierno y se dedica al exterminio de otras razas, de los pobres y de sus competidores políticos, especialmente los de su partido. Tras un episodio de alcantarillas y de ser la esposa compartida de un grupo de mendigos que después serán exterminados, se enamora de un próspero empresario y hombre lobo, que la protege de sus episodios licántropicos en las noches de luna llena. Encuentran un modus operandi en su huida de las sospechas que los espantosos desmembramientos del rastro de sus festines, que consiste en encargar pizza a domicilio. Ella devora como una cerda la pizza y él se come al repartidor. Mientras les duren los restos pueden seguir en el piso de alquiler, pero deben cuidar el anonimato en los encargos telefónicos. La tragedia se cierra una noche en que por pereza ella usa el teléfono del piso de alquiler para el encargo y las fuerzas del orden hacen picadillo a tiros a su amor. Ella escapa al bosque, que es donde siempre estuvo a gusto, y vive en sus bucles de cerda a mujer y de mujer a cerda, oscilando con la luna, en su charco y libre de los líos de los humanos.

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