Island, por Aldous Huxley

Ayer terminé de leer esta novela, la última (en sentido literal, un año antes de su muerte) que Huxley publicó, en 1962. Island (La isla) es la otra cara de la moneda de la distopía de “Un mundo feliz“.

Portada de la edición estadounidense. Fuente: wikipedia

Es una novela mística y utópica, que describe una civilización que Huxley sueña para los humanos que hemos venido después que él a este mundo, una visión esperanzada de lo que podríamos ser, resignada a saber que no lo seremos, tan amigos como somos de nuestras guerras, de ambicionar más de lo que necesitamos, de producir hasta agotar, de clasificar sin comprender.

Es cierto que a ratos me han impacientado los “panfletillos” con que los distintos personajes atorran a Will en sus periplos por la isla, cada vez menos cínico y occidental, cada vez más consciente y en paz. Mi inglés rudimentario me ha obligado a ir y venir al diccionario, pero el estilo es limpio y ordenado, y esos panfletos de los que me quejo son en cierto modo necesarios, son lo que nos quería contar, como si el relato fuese el resultado de convertir “La Filosofía Perenne” en una novela didáctica.

Es un alegato en favor a la atención al momento presente. En la era de la distracción y las pantallas que vivimos resulta por completo actual. Quita la guerra fría y lo demás te vale: los totalitarismos, la industrialización, el expolio de los recursos, el énfasis en tener en vez de en ser, y todos esos obstáculos artificiales que ponemos entre nosotros y nuestra realización personal, social y espiritual.

Para mí, Huxley está cargado de connotaciones personales relacionadas con mi ya lejana juventud. Nuestro profe de inglés por excelencia, Macario Funes, nos llevó a unos cuantos a Eton College durante una semana, que nos hacía rodar vídeos en inglés, que sólo nos escuchaba en clase si hablábamos en inglés, que logró que nos aprendiésemos los verbos irregulares y nos enseñó con paciencia a pronunciar como es debido. Este Maestro nos hizo leer Brave New World en versión original, diccionario en mano, claro, pero en voz alta y descubriendo un placer obligado en los libros, placer que puedes recuperar cuando quieras, como estas semanas en que me he ventilado unos cuantos libros y vuelvo a disfrutar de ello.

También me recuerda Huxley otros tiempos más rockeros, confusos y contemplativos en que combinaba la lectura de biografías de Buda con la Filosofía perenne que ya he mencionado en otros párrafos de este post.

Era raro para mí intuir cómo este señor inglés seriote y curioso combinaba la exploración del LSD, el peyote, la ayahuasca y los hongos alucinógenos con el estudio profundo de las artes, las letras y la mística de diversas culturas y producía cientos de páginas que se leían con agrado y abrían mis ojos de post-adolescente Peter Pan a hasta entonces oscuros conceptos de inmanencia y transcendencia, de libertad responsable, la necesidad de la utopía para intentar escapar de los totalitarismos (¿se puede?), para mí absolutas novedades que mi soberbia ignorancia ni siquiera había soñado.

Destripo el argumento a continuación, no sin advertir de ello previamente a quienes penséis leer la novela y no lo hayáis hecho aún —Alerta Spoiler—

Es el relato de la visita accidental (por un naufragio) de un periodista cínico y viudo, Will Farnaby, a una isla ficticia en el oceano Pacífico, Pala. Will se culpa de las circunstancias de la muerte de su esposa Molly años atrás, y es “el hombre que no acepta un sí por respuesta”, torturado por su infancia dolorosa por el alcoholismo de su padre y su orfandad de madre, el resultado, según el sabio y santo psicodélico Aldous, de una educación occidental, religiones organizadas en torno al disparate (como el calvinismo y su predestinación, por ejemplo).

Parece que el protagonista llega justo a tiempo en su historia personal, cuando ha tocado fondo, o cuando lo ha atravesado. Las terapias orientalistas, la organización social, sanitaria-preventiva y educativa de esta isla le resultan cautivadoras. Poner la naturaleza y la biología por delante de la física y las matemáticas (sin renunciar a ellas), usar el yoga de lo cotidiano, de alimentarse y del sexo con naturalidad, las ceremonias iniciáticas con la “moksha medicine”, unas setas alucinógenas que utilizan para percibir el mundo sin la dicotomía dentro-fuera, yo-no-yo tan occidental. El relato se ve a veces lastrado (o impulsado, según se mire) por docenas de referencias “eruditas” a las cimas de la cultura occidental (el quinteto en sol menor de Mozart, Gibbon, Carlyle, Mantegazza, Galton, Lord Acton, J. B. Watson, el maestro Eckhart, el 4º concierto de Brandenburgo de J. S. Bach, Wordsworth, Pickwick, William Blake, Plotino, Julie de Lespinasse)  por diálogos con mucho budismo, mucha filosofía perenne, utopía socialista, ambiental y educativa. A lo mejor se lo podemos disculpar (o agradecer) a Huxley, en su último libro, su regalo antes de irse del mundo, como ocurre al final de la novela, donde la esposa de uno de los personajes muere consciente, rodeada de los suyos, desapegada y en paz.

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