Neoliberalismo, la raíz de muchos de nuestros problemas actuales 

Este artículo de abril de este año escrito por George Monbiot en theguardian y que compartió un amigo mío hace poco me ha dejado pensativo. Me gusta que esté repleto de citas, citas que a lo mejor no entiendo, y con esa ignorancia me dedico a excavar, a indagar, a explorar un día sobre este ensayo periodístico que tiene visos de lucidez. Y lo primero que hago es ponerme a traducirlo de su inglés original.

Neoliberalismo – la ideología que está en la raíz de todos nuestros problemas

La crisis financiera, el desastre ambiental e incluso el ascenso de Donald Trump – el neoliberalismo ha jugado su papel en todos ellos. ¿Por qué ha fallado la izquierda a la hora de plantear una alternativa?

Fuente: blogspot.com

Fuente: blogspot.com

Imagina que la gente de la Unión Soviética no hubiese oído nunca hablar de comunismo. La ideología que domina nuestras vidas no tiene, para muchos de nosotros, nombre alguno. Menciónala en una conversación y se te recompensará con un encogimiento de hombros. Incluso si tus oyentes han oído el término antes, les costará trabajo definirlo. Neoliberalismo: ¿sabes lo que es?

Su anonimato es tanto un síntoma como causa de su poder. Ha jugado un papel protagonista en una considerable variedad de crisis: la crisis financiera de 2007, la deslocalización de la riqueza y el poder, de la que los Papeles de Panamá ofrecen poco más que un vistazo, el lento derrumbamiento de la sanidad y educación públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, la ruina de los ecosistemas, el ascenso de Donald Trump. Pero respondemos a esas crisis como si emergiesen de forma asilada, inconscientes al parecer de que todas han sido catalizadas o exacerbadas por la misma filosofía; una filosofía que tiene -o tenía- un nombre. ¿Qué mayor poder que actuar sin nombre?

La desigualdad se rebautiza como algo virtuoso. El mercado asegura que todo el mundo obtiene lo que merece. El neoliberalismo ha resultado tan generalizado que raramente lo reconocemos como una ideología. Parece que aceptamos la proposición de que esta fe utópìca, milenaria describe una fuerza neutral: una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero la filosofía surgió como un intento consciente de modelar la vida humana y cambiar el centro del poder.

El Neoliberalismo ve la competición como la característica que define las relaciones humanas. Redefine a los ciudadanos como consumidores, cuyas elecciones democráticas se ejercen mejor comprando y vendiendo, un proceso que premia el mérito y castiga la ineficiencia. Mantiene que “el mercado” entrega beneficios que nunca se podrían lograr mediante la planificación.

Los intentos de limitar la competencia se tratan como atentados contra la libertad. Los impuestos y las leyes deberían minimizarse, los servicios públicos se deberían privatizar. La organización del trabajo y el regateo colectivo de los sindicatos se muestran como distorsiones del mercado que impiden la formación  una jerarquía natural de ganadores y perdedores. La desigualdad se rebautiza como algo virtuoso: una recompensa a la utilidad y un generador de riqueza, que chorrea para enriquecer a todo el mundo. Los esfuerzos para crear una sociedad mas igualitaria son tanto contraproducentes como corrosivos moralmente. El mercado asegura que todo el mundo obtiene lo que merece.

Asumimos como propios y reproducimos su credo. Los ricos se convencen a sí mismos de que obtuvieron su riqueza a través del mérito, ignorando las ventajas – como la educación, la herencia y la clase social – que les han ayudado a asegurarla. Los pobres empiezan a culparse a sí mismos por sus fracasos, incluso si pueden hacer poco por cambiar sus circunstancias.

No importa el paro estructural: si no tienes un trabajo es porque eres poco emprendedor. No importa el imposible coste del alojamiento: si tu tarjeta de crédito está al límite, eres inútil y poco previsor. No importa que tus hijos ya no tengan un campo de juego escolar: si engordan, es por tu culpa. En un mundo gobernado por la competitividad, los que quedan atrás son definidos y se definen a sí mismos como perdedores.

Entre los resultados, como Paul Verhaeghe documenta en su libro “What About Me?” está la epidemia de la autolesión, los desórdenes alimenticios, la depresión, la soledad, la ansiedad por el rendimiento y la fobia social. Quizá no sea sorprendente que Inglaterra, en la que la ideología neoliberal se aplicado con el máximo rigor, sea la capital de la soledad de Europa. Todos somos neoliberales ahora.

El término neoliberalismo se acuñó en una reunión en París en 1938. Entre los delegados había dos hombres que alcanzaron a definir la ideología, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Ambos exiliados de Austria, vieron la socialdemocracia, ejemplificada por el New Deal de Franklin Roosevelt y el gradual desarrollo del estado del bienestar de Inglaterra como manifestaciones de un colectivismo que ocupaba el mismo espectro que el nazismo y el comunismo.

Los padres del bicho sin nombre ni reemplazo. Fuente: i.ytimg.com

Los padres del bicho sin nombre ni reemplazo. Fuente: i.ytimg.com

En “The Road to Serfdom“, publicado en 1944, Hayek sostenía que la planificación del gobierno, aplastando al individualismo, conduciría inexorablemente al control totalitario. Como el libro “Bureaucracy“, de Mises, “The Road to Serfdom“, fue ampliamente leído. Llamó la atención de algunas personas muy ricas, que veían en la filosofía una oportunidad para librarse de las leyes y los impuestos. Cuando, en 1947, Hayek fundó la primera organización que diseminaría la doctrina del neoliberalismo – Mont Pelerin Society – recibía el apoyo financiero de millonarios y sus fundaciones.

Con su ayuda, empezó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en “Masters of the Universe” como “una especie de internacional neoliberal”: una red transatlántica de académicos, hombres de negocios, periodistas y activistas. Los ricos patrocinadores fundaron una serie de laboratorios de ideas que refinarían y promoverían la ideología. Entre ellos estaban el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute.También financiaban puestos académicos y departamentos, en particular en las universidades de Chicago y Virginia.

A medida que evolucionaba, el neoliberalismo se fue volviendo más estridente. La visión de Hayek de que los gobiernos debían regular la competencia para prevenir la formación de monopolios abrió camino -entre apóstoles americanos como Milton Friedman– de que el poder monopolístico podría verse como una recompensa por la eficiencia.

Algo más ocurrió durante esta transición: el movimiento perdió su nombre. En 1951, Friedman estaba satisfecho de definirse como un neoliberal. Pero poco después de eso, el término empezó a desaparecer. Y lo que es aún más extraño, incluso cuando la ideología se volvió más radical y el movimiento más coherente, el nombre no fue sustituido por ninguna alternativa común.

Al principio, a pesar de su magnífica financiación, el neoliberalismo permaneció al margen. El consenso de la posguerra era casi universal: las prescripciones económicas de John Maynard Keynes fueron ampliamente aplicadas, el pleno empleo y el alivio de la pobreza eran objetivos comunes en los EEUU y en gran parte de la Europa occidental, las cuotas de impuestos a los más ricos eran altas y los gobiernos recaudaban resultados sociales sin dificultad, desarrollando nuevos servicios públicos y redes de seguridad.

Joseph Maynard Keynes. Fuente: www.claseshistoria.com

Joseph Maynard Keynes. Fuente: http://www.claseshistoria.com

Pero en los años 1970, cuando las políticas keynesianas empezaron a derrumbarse y las crisis económicas golpearon a ambos lados del Atlántico, las ideas ideas neoliberales comenzaron a entrar en la corriente principal. Como señalaba Friedman, “cuando llegó el tiempo en que tenías que cambiar, había una alternativa lista para ser escogida”. Con la ayuda de periodistas comprensivos y consejeros políticos, nociones de liberalismo, especialmente sus prescripciones para la política monetaria, se adoptaron por la administración de Jimmy Carter en los EEUU y por el gobierno de Jim Callaghan en el Reino Unido.

Después de que Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegasen al poder, el resto del paquete llegó enseguida: enormes recortes de impuestos para los ricos, el aplastamiento de los sindicatos, la desregulacion, la privatización, la externalización y la competencia en los servicios públicos. A través del FMI, el Banco Mundial, el tratado de Maastricht y la Organización Mundial del Comercio, se impusieron las políticas neoliberales -a menudo sin consenso democrático- en gran parte del mundo. Sumamente destacable fue su adopción por partidos que antes pertenecieron a la izquierda: los laboristas y los demócratas, por ejemplo. Como apunta, Stedman Jones, “es difícil pensar en otra utopía que se haya llevado a cabo tan por completo”.

Puede parecer extraño que una doctrina que promete la elección y la libertad haya sido promovida con el eslogan “no hay alternativa”. Pero, como comentaba Hayek en una visita al Chile de Pinochet -una de las primeras naciones en las que el programa fue aplicado en su totalidad- “mi preferencia personal tiende más a una dictadura liberal que un gobierno democrático desprovisto de liberalismo”. La libertad que el neoliberalismo ofrece, la cual suena tan trapacera cuando se expresa en términos generales, resulta significar libertad para los pudientes, no para la chusma.

La libertad para los sindicatos y el regateo colectivo significa la libertad para suprimir los salarios. La libertad de las leyes significa la libertad para envenenar los ríos, poner a los trabajadores en peligro, cargar tasas de interés inicuas y diseñar instrumentos de financiación exóticos. Librarse de los impuestos significa librarse de distribuir la riqueza que saca a la gente de la pobreza.

Como Naomi Klein documentó en The Shock Doctrine, los neoliberales abogaban por el uso de las crisis para imponer políticas impopulares mientras la gente estaba distraída: por ejemplo, en las secuelas del golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina, que Friedman describía como “una oportunidad para reformar radicalmente el sistema educativo” en Nueva Orleans.

Donde no se puedan imponer las políticas neoliberales domésticamente, se imponen internacionalmente, mediante tratados de comercio que incorporen “arbitrajes de disputas entre inversores y estados“: tribunales extranjeros en los que las corporaciones pueden presionar para la retirada de protecciones sociales y ambientales. Cuando los parlamentos han votado restringir la venta de cigarrillos, proteger los recursos hídricos de las compañías mineras, congelar las facturas eléctricas o impedir que las firmas farmacéuticas estafar al estado, las empresas han demandado, a menudo con éxito. La democracia se reduce a un teatro.

El neoliberalismo no se concibió como un chanchullo de autoservicio, pero rápidamente se convirtió en uno. Otra paradoja del neoliberalismo es que la competencia universal se basa en la cuantificación y comparación universal. El resultado es que los trabajadores, los que buscan empleo y los servicios públicos de todo tipo está sujetos a un régimen quisquilloso y asfixiante de evaluación y supervisión, diseñado para identificar a los ganadores y castigar a los perdedores. La doctrina que Von Mises propuso, y que nos liberaría de la pesadilla burocrática de la planificación centralizada, ha creado en cambio una.

El crecimiento económico ha sido marcadamente más lento en la era neoliberal (desde 1980 en Reino Unido y los EE.UU.) que en las décadas precedentes, pero no para los muy ricos. La desigualdad en la distribución de tanto el ingreso como la riqueza, en 60 años de decadencia, creció rápidamente en esta era, debido a la aniquilación de los sindicatos, las reducción de impuestos, la subida de alquileres, la privatización y la desregulación.

La privatización o la mercantilización de servicios públicos como la energía, el agua, los trenes, la salud, la educación, las carreteras y las prisiones ha permitido a las empresas establecer cabinas de peaje frente a los activos esenciales y cobrar alquileres, ya sea a los ciudadanos o a los gobiernos, por su uso. El alquiler es otra forma de llamar a un ingreso no ganado. Cuando pagas un precio inflado por un billete de tren, sólo parte de la tarifa compensa a los operadores por el dinero que gastan en combustible, salarios, el parque móvil y otros elementos. El resto refleja el hecho de que te tienen fuera de control.

Los que poseen y explotan los servicios privatizados o semi-privatizados amasan magníficas fortunas invirtiendo poco y cobrando mucho. En Rusia y la India, los oligarcas adquirieron activos estatales a precio de ganga. En Méjico, a Carlos Slim se le concedió el control de casi todos los servicios de teléfono y pronto se convirtió en el hombre más rico del mundo.

La “financierización”, como indica Andrew Sayer en “Why We Can’t Afford the Rich“, ha tenido un impacto similar. “Como el alquiler”, argumenta, “el interés es un ingreso  no ganado que crece sin ningún esfuerzo”. A medida que los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos, los ricos adquieren un control creciente sobre otro activo crucial: el dinero. Los pagos de intereses, abrumadoramente, son un transferencia de dinero de los pobres a los ricos. A medida que los precios de las propiedades y la retirada de financiación estatal cargan a la gente con deudas (piensa en el cambio de becas de estudio a préstamos de estudio), los bancos y sus ejecutivos hacen limpieza.

Sayer asevera que las cuatro últimas décadas se han caracterizado por una transferencia de la riqueza no sólo de los pobres a los ricos, sino entre los rangos de los ricos: desde los que hacen su dinero produciendo nuevos bienes o servicios a los que hacen su dinero controlando los activos existentes y recopilando alquiler, interés o ganacias de capital. El ingreso ganado se ha suplantado por el ingreso no ganado.

Las políticas neoliberales están en todas partes acosadas por fracasos del mercado. No sólo son los bancos demasiado grandes para fallar, sino también las empresas ahora encargadas de prestar servicios públicos. Como Tony Judt resaltó en Ill Fares the Land, Hayek olvió que los servicios vitales nacionales no pueden dejarse derrumbar, lo que significa que la competición no puede seguir su curso. Los negocios captan los beneficios, el estado conserva el riesgo.

Cuanto mayor el fracaso, más extrema se vuelve la ideología. Los gobiernos usan las crisis neoliberales tanto como excusa como como oportunidad para reducir los impuestos, privatizar los servicios públicos que quedan, perforan la red de seguridad social, desregulan corporaciones y re-regulan a los ciudadanos. El estado que se odia a sí mismo hinca ahora el diente a cada órgano del sector público.

Quizás el impacto más peligroso del neoliberalismo no sean las crisis económicas que ha causado, sino la crisis política. A medida que se reduce el ámbito de actuación del estado, nuestra capacidad de cambiar el curso de nuestras vidas a través del voto también se contrae. En lugar de eso, la teoría neoliberal afirma que la gente puede ejercer su derecho a elegir mediante el gasto. Pero algunos tienen más para gastar que otros: en la democracia del gran consumidor o del accionista, los votos no están repartidos por igual. El resultado es una reducción del poder de los pobres y la clase media. A medida que los partidos de la derecha y la antigua izquierda adoptan políticas neoliberales similares, la reducción de poder se transforma en la privación de derechos. Grandes cantidades de personas han sido apartadas de la política.

Chris Hedges constata que “los movimientos fascistas no construyen su base sobre los políticamente activos, sino sobre los inactivos, los ‘perdedores’, que sienten, a menudo correctamente, que no tienen voz ni papel que jugar en la política establecida”. Cuando el debate político ya no nos habla a nosotros, la gente se vuelve receptiva a los eslóganes, los símbolos y la sensación. Para los admiradores de Trump, por ejemplo, los hechos y los argumentos parecen irrelevantes.

Judt explicó que cuando la espesa malla de interacciones entre las personas y el estado se ha reducido a nada más que autoridad y obediencia, la única fuerza que nos une es el poder del estado. El totalitarismo que Hayek temí tiene más probabilidades de emerger cuando los gobiernos, habiendo perdido la autoridad moral que nace de proporcionar servicios públicos, se reducen a “engatusar, amenzar y finalmente coaccionar a la gente para que les obedezcan”.

Como el comunismo, el neoliberalismo es el Dios que fracasó. Pero la doctrina zombie sigue deambulando, y una de las razones para ello es su anonimato. O mejor, un racimo de anonimatos.

Partidarios invisibles promueven la doctrina invisible de la mano invisible. Lenta, muy lentamente, hemos empezado a descubrir los nombres de algunos de ellos. Encontramos que el Institute of Economic Affairs, el cual ha protestado vigorosamente contra regulaciones adicionales de la industria tabacalera, ha sido financiado secretamente por British American Tobacco desde 1963. Descubrimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto que montó el movimiento Tea Party. Nos enteramos de que Charles Koch, estableciendo uno de sus laboratorios de ideas, apuntó que “para evitar críticas indeseables, la forma en que la organización de controla y dirige no debería publicitarse abiertamente”.

Las palabras usadas por el neoliberalismo suelen ocultar más de lo que revelan. “El mercado” suena como un sistema natural que podría sustentarnos por igual, como la gravedad o la presión atmosférica. Pero está tenso con relaciones de poder. Lo que “el mercado quiere” tiende a significar lo que las corporaciones y sus jefes quieren. “Inversión”, como anota Sayer, significa dos cosas diferentes. Una es la financiación de actividades productivas y útiles para la sociedad, la otra es la adquisición de activos existentes para ordeñarlos mediante alquileres, intereses, dividendos y ganancias de capital. Usar la misma palabra para actividades diferentes “camufla las fuentes de la riqueza”, llevándonos a confundir la extracción de riqueza con la creación de riqueza.

Hace un siglo, los nuevos ricos fueron despreciados por los que habían heredado su dinero. Los emprendedores obtuvieron aceptación social haciéndose pasar por rentistas. Hoy, la relación se ha invertido: los rentistas y los herederos se hacen pasar por enmprendedores. Proclaman haber ganado su ingreso no ganado.

Estos anonimatos y confusiones se trenzan con la falta de nombre y localización del capitalismo moderno: el modelo de franquicias que asegura que los trabajadores no saben para quién trabajan; las empresas registradas a través de una red de regímenes secretos en ultramar tan complejos que ni la policía puede descubrir a sus propietarios y beneficiarios; los acuerdos fiscales que embaucan a los gobiernos; los productos financieros que nadie entiende.

El anonimato del neoliberalismo se protege fieramente. Los influidos por Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar el término, manteniendo – con algo de justicia – que hoy aún es un término peyorativo. Pero no nos ofrecen con qué sustituirlo. Algunos se describen como liberales clásicos o libertarios, pero ambas descripciones son engañosas y curiosamente modestas, ya que sugieren que no hay nada nuevo en The Road to Serfdom, Bureaucracy o los trabajos clásicos de Friedman, “Capitalism” y “Freedom“.

Por todo eso, hay algo admirable en el proyecto neoliberal, al menos en sus etapas iniciales. Era una filosofía distintiva, innovadora, promovida por una red coherente de pensadores y activistas con un claro plan de acción. Era claro y persistente. The Road to Serfdom se convirtió en el camino al poder.

El triunfo del neoliberalismo también refleja el fracaso de la izquierda. Cuando la economía del laissez-faire condujo a la catástrofe en 1929, Keynes concibió una teoría económica para sustituirla. Cuando la gestión de la demanda keynesiana llegó a sus límites en los 70, había una alternativ preparado. Pero cuando el neoliberalismo cayó en 2008 había… nada. Por eso el zombie sigue caminando. La izquierda y el centro no producido ningún nuevo marco general de pensamiento económico en 80 años.

Cada invocación de Lord Keynes es un reconocimiento del fracaso. Proponer soluciones keynesianas a las crisis del siglo XXI es ignorar tres problemas obvios. Es difícil movilizar a la gente detrás de ideas anticuadas; los defectos sacados a la luz en los 70 no se han ido; y, sobre todo, no tienen nada que decir sobre nuestro más grave problema: la crisis ambiental. El keynesianismo funciona estimulando la demanda del consumo para promover el crecimiento económico. La demanda del consumo y el crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.

Lo que la historia del keynesianismo y el neoliberalismo muestran es que no basta con oponerse a un sistema roto. Debe proponerse una alternativa coherente. Para los laboristas, los demócratas y la mas amplia izquierda, la tarea principal debería ser desarrollar un programa económico Apolo, un intento consciente de diseñar un nuevo sistema, adaptado a las necesidades del siglo XXI.

Y, de postre a esta traducción que acabo de terminar, os dejo este enlace a un post que ha escrito un gran amigo mío sobre el capitalismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s