Vueling y los refugiados

Hace poco me ha tocado pasar un mini calvario por las decisiones logísticas y operativas de vueling. No voy a entrar otra vez, aunque me apetece, en el lugar común de ponerlos a parir.

Es una lata esperar durante horas en un aeropuerto, tener la esperanza de que tu avión aterrizará a tiempo para el siguiente transbordo que te llevará de vuelta a casa junto a tu familia, que te lleven en un autobús a toda velocidad a un hotel a 50 km del aeropuerto para avisarte a las 23h30 de que a las 4h00 te volverán a llamar para que te montes en otro autobús que te llevará al aeropuerto donde nuevamente esperarás ese avión, al día siguiente, con los ojos pegados, que deseas te deposite al fin en casa. 

No me voy a quejar por eso, aunque me haya dado el gusto de volver a contarlo otra vez con algunos pelos y pocas señales. Y no me quejo porque al menos tengo una casa donde volver, he dormido bajo techo, me han dado de comer (si los bocadillos de una franquicia del aeropuerto pueden considerarse comida) y he desayunado copiosamente cuando lo que pedía el cuerpo era dormir a pierna suelta. 

No me quejo, de hecho soy un privilegiado si me comparo con toda la gente que huye de la miseria o la guerra de su país para que, después de jugarse la vida intentando cruzar el negro ponto del mar, la tiren en esos limbos entre dos fragmentos que tan cristalinamente prefiguraba el autor de Tiempos Líquidos.

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