Middlesex, de Jeffrey Eugenides

Me ha encantado este libro. Como soy muy cazurro, a medio camino me enteré por casualidad de que Eugenides era el autor de las Vírgenes Suicidas, el libro que Sofia Coppola convirtió en peli con BSO de Air y que era cruda de narices con la manera puritana de educar a los hijos de algunos padres americanos. Del premio Pulitzer del que acabo de dar cuenta que ganó mejor no hablo, para no dejar tan clara mi ignorancia.

Portada de una de las ediciones de anagrama

Portada de una de las ediciones de anagrama

Este libro es, o así me lo parece, una costura de retales autobiográficos con hechos rocambolescos, inventados al más puro estilo del embustero más osado que puedas encontrar. Vale, ¿qué libro no está hecho como un collage, qué mentira no tiene en medio retazos ciertos que le sirvan de pasaporte a la aduana de los que nos leen o nos oyen? Pocos. Pero en este está hecho con una gracia y un ritmo brillante. Me ha resultado imposible aburrirme leyéndolo. Hacía tiempo que no devoraba con tanta hambre (miento, con La Literatura Nazi en América devoré como el monstruo de las galletas, y de eso hace poco). El caso es que si lees el capítulo primero y lees el catorceno, por ejemplo, crees que estás leyendo libros totalmente distintos, o una colección de cuentos fantástico-mágicos-psicodélicos. Pero se trata de la biografía fingida de una sola persona, Calíope Stephanides, nacida y educada como mujer y que resulta ser un hombre, anatómica y psicológicamente. Remontándose a sus abuelos, no quiero hacer spoiler, el autor nos traslada con paciencia y con una economía verbal de quitarse el sombrero por todas las peripecias que le llevaron a ser quien es.

Hay sexo, hay drogas, hay música. Hay escándalo, Grecia, Detroit, ropa de lujo, abuelas supersticiosas, ateos, negros musulmanes luchando, miseria y resurgimientos económicos, tristes accidentes, infidelidades, curas ortodoxos pasivos-agresivos, transexuales, pederastas, proxenetas, cruzar los Estados Unidos haciendo auto-stop y descubrir la propia mente, el propio y el ajeno cuerpo. ¿Qué más se puede pedir?

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