La literatura nazi en América, de Bolaño

Soy extremadamente poco original en mis gustos, y supongo que soy fácil de contentar. Como cada verano en Roquetas de Mar, organizo un raid a Metáfora y me quedo delante del anaquel (me encanta usar esa palabra, hace que parezca alfabetizado y todo) de Anagrama. Solía llevarme los libros de 5 en 5, pero como me hice mindful a medias, me he llevado uno solo, otro Bolaño  Es como proponerme algo con bechamel, almendras y/o parmesano para comer. Éxito seguro. Me las doy de abierto de mente, pero hago surco en el mismo camino una y otra vez. El libro me ha durado dos sentadas, lo necesario para despertar del atasco en “Anatomía de un instante“, de Cercas.

¿Cómo se puede escribir tan bien antes de morir a los cincuenta años de edad? Tiene raíces en Borges (a veces creo que ese señor era eterno, precedente y superviviente a todo), con sus espejos, con sus plagiadores que hacen de su plagio una ficción infinitamente más creativa que lo que plagian, con sus personajes de lealtades sucesivas y contrarias (una humorística forma de borrar del diccionario la palabra traidor, palabra que por otra parte es el reproche de los que se quejan de ti por desatarte del poste al que te ataron), con Poe usado como un ejemplo de mal gusto (eso sí que es una osadía), con una Historia inventada, con una ficción tan absurda que podría perfectamente ser cierta, con un disfraz sesudo, cortazariano, que sirve para reírse a carcajadas, horrorizados, de una realidad que es aún más estrambótica que nuestro disparate más atrevido.

La literatura nazi en América es una especie de enciclopedia hecha de biografías inventadas de autores de Chile, Cuba, México, Brasil, Alemania e incluso Estados Unidos que tienen en común su nazismo y su relación con América, la grande, la que abarca casi todo un meridiano. Bolaño recorre todo el césped de este enorme terreno de juego con dos ejes (eje nazi, eje americano) en menos de 200 páginas. Algunas biografías ocupan media cuartilla, otras son una narración casi autobiográfica en que el autor contribuye a liquidar el destino de uno de los escritores, algunas de las vidas que describe acaban dentro de 30 años, y en otras un párrafo desmiente (o no) las proezas que acaba de describir como hechos, como si Unamuno hubiera conseguido hacer lo que farragosamente anunciaba que había hecho en Niebla. Bolaño no lo dice, lo hace. Cuenta vidas inanes, vidas repletas de desdichas que alimentan el arte, destruye la posible simpatía por uno de sus personajes cuando en lo único en que se fija de Poe es en la Filosofía del moblaje y esa habitación carmesí, en su peor ensayo (de Poe). Se burla del establishment cultural , de los lugares comunes poniendo en el pedestal de sus nazis a los autores reales que más detesta. Se burla del arte, de los lectores. O los despierta.

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