Felicidad en el trabajo y corrupción

Enlazo aquí un potente blog de un psicólogo chileno que me han recomendado recientemente.

El autor alterna posts de enfado con la corrupción y soflamas políticas con las que se puede o no estar de acuerdo con contenidos bien escritos y de propia experiencia sobre la felicidad organizacional.

Hace un par de años me dedicaba, imitando las herramientas del gran Toni Sánchez, a recopilar noticias relacionadas con “Work happiness“. Se encuentra de todo. Últimamente me encuentro en mis reuniones con cejas en alto de mis compañeros e interlocutores, quizá por pasarme de visionario utópico con las ganas de subirme a todas las tendencias que me ofrecen algo de entusiasmo e ilusión por un futuro mejor. Hablar de mindfulness en el trabajo, por ejemplo, te puede generar fama de neohippy ingenuo, pero me parece que hacen falta sembradores de ideas que nos saquen de lo de siempre. Y si planteo esas con convicción, puedo ser uno de esos sembradores. Hace falta la utopía para que nos movamos, como leemos en los “Tiempos líquidos” de Zygmunt Bauman, quien cuando dice eso está citando a Eduardo Galeano.

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La primera vez que me encontré con un ejemplo del impacto que la felicidad en el trabajo puede tener, incluso en los resultados económicos, yendo al extremo capitalista del análisis, fue en la ficción, viendo la peli de Pixar “Monstruos SA” con mi hija mayor.

A estas alturas creo que queda poca gente que no la haya visto aún, pero por si acaso aviso del spoiler que viene a continuación. Dos monstruos  (que viven juntos como Holmes y Watson, como tantas parejas gay de armario de la ficción) trabajan en una empresa energética que obtiene la energía de los sustos que da a los niños a través de unas puertas mágicas/energéticas que unen el mundo de los monstruos con sus dormitorios. El asustador hace gritar al niño y eso llena de energía una bombona conectada a la puerta. Hay crisis; los niños cada vez se asustan menos (“por culpa de las redes sociales”, diría yo ahora con voz de Matías Prats o con letras de prensa escrita, criticando al enemigo que les obliga a reinventarse y mejorar). En un susto accidentado de la pareja protagonista,  una niña pequeña cruza la puerta a este lado. Y cambian las reglas del juego. Todos los monstruos viven asustados de que un niño pudiera tocarles, eso les destruiría. En sus peripecias para ocultar a la niña de los ojos de todos, descubren que si la niña se ríe, se producen miles de veces más energía que si grita y llora asustada. El gerente de la compañía es un malo malote que se aferra al negocio tradicional pese al sufrimiento de los niños, y una agencia gubernamental le termina deteniendo por sus delitos. Al mejor asustador le toca gerenciar esa  compañía, pero ahora se dedican a hacer reír a los niños,  y una inmensa prosperidad recompensa la fábula.

Todavía es poca la gente que no se ríe o que derrumba estas creencias “buenistas” que yo profeso convencido. El miedo nunca será un motor para alcanzar buenos fines. Es tóxico, aporta engañosos y fugaces resultados a corto plazo que cesan en cuanto cesa la presión y la coacción. Deja huellas y daños duraderos, si no permanentes, en la psique, la autoestima, la capacidad de concentración, de análisis, de decisión de los empleados. Lo he presenciado, lo estoy presenciando recientemente. La ilusión y el entusiasmo de un equipo que tiene la confianza de sus líderes no tiene rival. Rumbo y pautas, reglas de juego coherentes, justicia y reconocimiento expreso y objetivo de los méritos no son blandenguería ni falta de rigor, ni mucho menos. Al contrario, es de débiles usar las posiciones de poder para imponer el propio criterio, o una directriz con la que no se está de acuerdo o convencido.

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