El adolescente, Fiodor Dostoievski

 

Hace ya unas semanas que me despedí del joven y atolondrado príncipe Goldoruki, el hijo bastardo que utiliza Dostoiesvsky en El adolescente para contarnos una visión descarnada de la hipocresía de la clase dominante rusa, para hacernos vivir el frío de San Petersburgo, el de la calle y el de los corazones biempensantes, para ver cómo en sus aspavientos de lechuguino sufriente, el protagonista no hace más que enredarse en su desprecio por sí mismo y sus orígenes.

Su infancia con una acogida dura por una familia encargada de cuidar hijos naturales de familias “bien”, apaleado y ninguneado por no tener un padre natural tan chic como el de los otros niños, le hace sentir que el mundo está en deuda con él. Sueña en convertirse en un Rockefeller armado tan sólo con su idea, idea ingenua e inofensiva como las espinas de la rosa del Principito de Saint-Éxupery, pero a la que le atribuye un poder infinito, como los que compran cupones de lotería y empiezan a hacer cuentas y proyectos en que emplearán el premio.

Es un niñato que irrita y da pena a partes iguales, que en su narración en primera persona intenta justificarse, que parece esperar la comprensión de quien le lea, pero que no nos escatima ni una sola de sus patochadas y torpezas, honesto e impulsivo. Se habla mucho de la cámara invisible de los grandes directores, que no se hacen notar con alardes técnicos, que se ocupan de contarnos su historia lo mejor posible, con humildad y discreción. Dostoievsky era esa cámara invisible antes del cine. Tanto que da su voz al adolescente de tal manera que sólo oímos al adolescente contarnos sus peripecias en la vida mundana de la Rusia a la que le quedaba poco antes de revolucionarse para luego involucionar y luego convertirse en lo que quiera que sea ahora, pero con rusos como los de este libro, nobles y orgullosos, intensos como ellos solos y capaces de miserias grandes como un continente junto a riquezas colosales cuyo único miedo es el aburrimiento o la vergüenza de ser descubiertos.

Difícil pero recomendable. Un clásico (empieza mi ristra de lugares comunes), aunque la edición gratuita de Amazon no tuviese guiones ni titulares de capítulos, ni traducciones de las parrafadas en francés que más de un personaje se marca para darse aires cosmopolitas. He disfrutado leyéndolo, aunque me cuesta un poco resumirlo.

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