Kokoro (el meollo), por Natsume Soseki

Confieso avergonzado que mi primer contacto, la primera noticia que recuerdo sobre Soseki la debo a Sánchez Dragó, y su luto desconsolado por la muerte de su gato. Ponerle a los animales nombres de personas siempre me ha parecido de un gusto cuestionable cuando menos, y en este caso de gafas-en-la-punta-de-la-nariz, también. Bueno, el caso es que esa es la primera vez que lo había oído mencionar. Hace 10 minutos he terminado de leer Kokoro, de Natsume Soseki, y me pongo a escribir mis dos o tres tonterías sobre el libro como suelo hacer cuando estoy tranquilo. En Roquetas las olas vienen de levante, por primera vez en dos semanas no me despierto bañado en sudor y mi habitual agitación está algo más quieta.


Soseki con un brazalete de luto. Fuente: Wikipedia

Natsume Soseki (nacido Kinnoseki Nasume) murió hace casi 100 años. Vivió un Japón en plena apertura al mundo exterior, en un país que después de más de un milenio encerrado hacia su interior, vivía un constante cuestionamiento de sus raíces y de esa propia permeabilidad impulsada por el emperador Meiji. En su momento, Kokoro tenía un formato y un estilo revolucionario para lo que había a su alrededor. Eso de que los personajes tengan monólogo interior, conflictos morales, una individualidad, al fin y al cabo, no casaba bien con la mentalidad de hormiguero que el tópico sobre lo oriental nos suele presentar.

Kanji de Kokoro

Kokoro significa algo así como “corazón de las cosas”. Por eso me gusta inventarme que viene a significar “meollo”, aunque sea una palabra ósea un poco fea en castellano.

Portada (fuente: letras-urugya.espaciolatino.com)

Se trata de una novela autobiográfica en tres partes, con dos protagonistas, un joven estudiante aburrido de la vida (me recuerda al personaje de Dustin Hoffmann en “El graduado”, pero sin Mrs Robinson) y un hombre maduro, a quien el estudiante llama sensei. En las dos primeras partes, el narrador es el joven estudiante. La tercera parte es una larga carta en que sensei le cuenta su vida y un único acto de miseria moral por el que spoiler el remordimiento le hace la existencia insoportable y le mueve en última instancia al suicidio. Todo por no saber que en el amor y en la guerra todo vale, por apartar a su amigo de la infancia, que era el tercero en su triángulo amoroso. La sensibilidad pausada con que el autor nos hace entender las emociones de los personajes y el trágico desarrollo de la (escasa, por otra parte) acción es sutil y delicada. Parece que estés en Japón caminando sobre el tatami y con paredes de papel.
El personaje atormentado de sensei se parece también un poco al remordido capitán de “El corazón en las tinieblas” de Conrad. Se fustigan tanto analizando sus culpas que no pueden vivir el hoy. No pueden vivir, finalmente. Los tópicos sobre los convencionalismos sociales que sofocan al individuo están agazapados debajo de esta historia contada con mano maestra, en breves fascículos que no duran más de 750 palabras y con una economía de palabras que sugiere y expresa en vez de enunciar, que se lee con placer y que conmueve sin ser afectado, sin adornos superfluos y sin dejarse nada en el tintero.
Es un libro que os recomiendo, pese a los spoiler dos suicidios de dos de sus personajes y los dos o tres suicidos adicionales (de generales que hacen junshi cuando muere su emperador, pintores a los que no dejan salir de casa por apoyar el individualismo y la apertura a nuevas ideas). En realidad, lo que el libro parece reclamar es que los japoneses se alejaran un poco de tradicionalismos castradores que les estaban impidiendo amar, ser felices, vivir. Y lo que tenemos que hacer es vivir, vivir del todo, que note el mundo en nosotros y nuestro paso por él (para bien, si puede ser).

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