Smart Cities y el bluff

Últimamente se habla muchísimo de Smart cities y uno piensa en un bluff de corte futurista como las parodias de Punset… Vemos fotos de sesudos expertos ceñudos y de cerebros fluorescentes junto a coloridos dioramas de jardines en la pared y circuitos con unos y ceros que trabajan con denuedo para que no se nos escape la vida buscando sitio para aparcar.

En este post quiero diseccionar, con un poco de rabia amarga, lo complicada que es la vida de mucha gente en las ciudades.

Posiblemente sea porque los servicios públicos se hayan manipulado de forma interesada, con adorno de falacias termodinámicas como la de que conseguir que el agua salga por el grifo de millones de hogares, recogerla y devolverla limpia al río o al mar es gratis. Una cosa es que sea gratis y otra que te la cobren sin saberlo, o que se la cobren tanto a los que la usan como a los que no. Mientras tanto, nos gastamos un dineral en renovar el móvil, en asegurarle al banco que si nos morimos seguirá cobrándonos la hipoteca y en votar quién de los dos concursantes es más feo. Vivimos el infierno que nos hemos labrado y amueblado durante milenios.

Fracasos urbanísticos (lucrativos para los más canallas de sus promotores -intelectuales, no siempre los que los han construido-) y que son sufridos por los ciudadanos que viven y trabajan en lugares angostos, de atasco en atasco y para quienes el big data no es más que una excusa del gobierno local o global para saber más de sus pecadillos, sus usos y costumbres para encarcelarlo con más eficiencia entre las rejas de las deudas y el ocio banal. Abundan los disparates como inmensas ciudades luminosas y húmedas en medio del desierto, oficinas redondas donde no hay manera de tener una conversación sin interrumpir la concentración de los demás, donde el ruido no nos deja pensar, en una organización tribal donde limitaciones económicas, convencionales y jerárquicas impiden que el homínido se desarrolle y transcienda sus decepcionantes limitaciones físicas con la creación artística y su goce, se consuele estéticamente de la comprensión profunda del paradójico absurdo de vivir para morir, del despropósito de construir castillos de arena para que el tiempo con sus olas los desmorone.

Al principio nuestros antepasados se refugiaban en cuevas para huir de la intemperie y los enemigos. O se acercaban a los recursos de la temporada (frutos, pastos para el ganado) en el nomadismo que aún pervive. Miremos las playas en agosto, si no. Como nunca hemos dejado de matarnos por el poder terrenal, las murallas dificultaban la entrada de las tropas (Maquiavelo habla de esto en El Príncipe, creo) y las medinas con recovecos intestinales eran desafío a la orientación del extranjero invasor y de los actuales turistas con sus mochilas, GPSs y guías del trotamundos. En esos barrios nació la burguesía fabril, con nuevas luchas de poder entre clero, militares y el dinero.

Los caprichos racionales nos hicieron diseñar cuadrículas para someter a la naturaleza que al final nos aprisionaron un poco más. En este mapa de Vila Real de Santo Antonio copia-pegado de Google Maps vemos una de esas cuadrículas cartesianas.

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Sólo en la plaza quisieron romper esa perpendicularidad con la ayuda de los picapedreros, dibujando un sol radial.

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Polígonos de los 70, ladrillazos costeros, cesión del ámbito decisorio de los técnicos a los políticos, del conocimiento al poder. Todos hemos visto ciudades-tumor, con edificios o a lo sumo manzanas/isla que han quedado a cientos de metros de todo núcleo habitado y medianamente urbano, donde para comprar el pan, el periódico, o incluso para darse un paseo hay que montarse en un vehículo. Por no hablar de ir al colegio o al trabajo.

¿Y ahora? Municipios que cobran por igual de sus ciudadanos y sirven peor a sus periferias. Redes anticuadas, sobredimensionadas en lo nuevo y sin renovar, por sucesivas penurias, en lo antiguo. Costes sin repercutir en quienes los generan, desperdicios de energía, con tuberías de agua a demasiada presión que se rompen cada tres días, bombas demasiado potentes infrautilizadas, ineficiencias y viajes en balde. Comunidades de propietarios que ponen la lavadora en el trastero para que así el agua y la luz de las coladas individuales las pague el colectivo. Tenemos colosales autovías y redes de datos que no nos acercan ni nos hacen ganar tiempo, usamos mal nuestras herramientas. Con unos equipos cuya potencia y capacidad de almacenamiento ha crecido exponencialmente, nos cuesta horrores tener a mano la información que deberíamos haber exprimido de los datos. Tenemos impresoras 3D, y vídeos que explican cómo construirse cada uno la suya, ¡a ver si viene la iot (internet of things)! Pues no viene, pero sí tenemos quien las usa para imprimir armas. El uso que hacemos de la informática y la tecnología nos hace más y más bobos, no parecemos capaces de pensar 10 minutos seguidos, puede habernos entrado un email, una llamada o un compañero que no tiene ganas de pensar ni de que yo piense. ¿La inmediatez le ha ganado la partida a la profundidad?

A menudo pienso que el éxito no es más que una forma nueva de hacer mal las cosas, del mismo modo que la ciencia es un conjunto de explicaciones incompletas pendientes de rebatir. La caducidad de las premisas actuales debería tenerse en cuenta al implantar soluciones. Los consultores venden (o les compran sus compradores) algo que no tienen: el acierto, la garantía del éxito, la experiencia (errores pasados) implantando o repitiendo soluciones en circunstancias probablemente ajenas al problema presente.

Me gusta el design thinking por eso, porque propone un método, implica a los agentes, hace primeros prototipos rápido, para acercarse sucesivamente a la solución, con la esperanza de deslizarse hacia ella por el camino más corto.

Releo este post y veo un panorama desolador. ¿Estos vendidos, entonces? Lo dudo. Lo que sí me parece claro es que tenemos un desafío de creatividad y sentido común por delante. Siendo tantos habitantes, y en aumento, hemos de encontrar todos los modos posibles de mitigar nuestro impacto en el medio natural y en la felicidad de nuestros ciudadanos. Queremos walkable cities para ir andando a muestras ocupaciones y multiplicar las ocasiones de encuentro con nuestros vecinos, necesitamos métodos para mantener nuestras redes funcionando, descongestionadas, optimizando el partido que sacamos a la energía, queremos formas de trabajar y desarrollarnos sin perder la ocasión de acompañar a nuestros hijos en el descubrimiento del mundo. Y lo vamos a lograr.

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