Montilla y las Camachas

Esto forma parte de la carta de este restaurante de Montilla, donde tuve ocasión de degustar la hospitalidad y buen género recientemente.

Es una pena que la foto tenebrosa que hice antes de comer  apenas sea legible, intento una transcripción un poco más abajo.

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Montilla, de cuya remota estirpe turdetana da testimonio la [minuta?] famosa es la Munda Bética donde Julio César y los Pompeyanos se disputan la suerte de Roma.

Escenarios de rústicas asambleas populares de hirsutos bucelarios y rubias matronas visigóticas es también el burgo medieval de las prósperas aljamas hebreas el dinámico alfoz de los gremios industriosos con fondo lírico de zéjeles y jarchias, la bien acumbrada verde estrella del cielo cordobés.

Es la Mondelia morisca del aljajor y el arrope, en cuyo blanco polvillar reseco florecería el milagro botánico de las ciruelas de olor, y es la villa insobornable que, en tiempos de Felipe II, vinculada aún al autocrático señorío de los Marqueses de Priego, se enfrentó con la regia autoridad e hizo ya ostensible la insólita altivez de su talante democrático.

Pero, hoy como ayer, Montilla es sobre todo la ciudad del áureo vino perfumado que sedujo a los intolerantes almorávides y que huele como el femenino pelo por San Juan según apreció Camilo José Cela en uno de sus vagabundajes lazarillescos.

Reconquistada por San Fernando, cuna del Gran Capitán y San Francisco Solano, cátedra y escorial del Maestro Juan de Ávila, testigo de la mística santidad de la Condesa de Feria, meta de férvido peregrinaje para el Marqués de Bombay, San Juan de Dios y Fray Luis de Granada, remanso espiritual y patria adoptiva del Inca Gracilazo, tuvo también, a la sombra de los majuelos en flor, su ramalazo clandestinesco y su liviano reverso de molicie y hechicería.

Porque en Montilla, mientras Solano proyectaba su vuelo evangélico de águila real en la cuna del cóndor y el relincho vicioso de los caballos de Juan Colín resonaba en las veredas de Panchía existió el célebre mesón de Elvira García “La Camacha”, fundadora de una tradición picaresca que siguieron sus discípulas “La Cañizares y “La Montiela”.

Así se engendró la fullera trinidad de “Las Camachas” famosas, de quienes Cervantes, viajero por Montilla hace jocundas referencias en el “Coloquio de los Perros” y cuyo mote desenfadado da a esta venta montillana de los Cuatro Caminos.

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