Por una vez, de la peli al libro. American Psycho, de Bret Easton Ellis

Se me había atragantado este libro. Lo encontré en la biblioteca de Cabezo de Torres, en mi penúltima visita, junto a la biografía de Bowie.
Tuve que pedir prórroga para terminar de leerlo, y ayer lo completé.

Es una curiosa lasaña este libro, un picadillo criminal de ingredientes dispares. Mezcla el vacío abismal de “Menos que cero” con casi la misma cantidad de coca, pastillas y alcohol, mucha tele, puede que más dinero, seguro que mucho, mucho crimen, vísceras, sexo explícito y reseñas musicales de lo más hortera de los 80.

Hay obsesivas enumeraciones de la indumentaria de los personajes, sus trajes Armani, zapatos, corbatas de seda, calcetines y ¿qué es un attaché?

Hay también descripciones gastronómicas del lujo total, de electrodomésticos hoy anticuados, de exquisitos o solamente carísimos platos de los restaurantes más caros de NY, que el protagonista Patrick Bateman consulta en su guía Zagat, pieza clave del personaje-máscara que usa para encajar en su entorno.

Por lo menos hay piezas de humor, como el concierto de U2 {the ledge, the music still sounds the same} que dejan algún respeto antes de volver a hacernos bucear en las ciénagas de una mente enferma y de un horror sin sentido.

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El pretexto de Bret Easton Ellis para vaciarnos el vertedero de su vacío existencial y su autoaversión sobre la mesa es que vivimos (vivíamos a principios de los 90) en una sociedad tan despiadada y alienante que un yuppie podría matar, mirar, torturar a cientos, miles de personas sin pagar (sin que la sociedad le haga pagar) por ello. Su entorno social de brokers multimillonarios de Wall Street y sus novias infieles adictas al litio es casi tan repugnante como la depravada vida criminal de Bateman. Se divierten haciendo creer a los mendigos que les darán una limosna, no piensan en nada que no sean sus lujos y placeres, son todos ellos intercambiables hasta el punto de que meses después de muertos (como Paul Owen), sus “conocidos” dicen haberles visto en Londres, en un restaurante de lujo o en una reunión. Si son intercambiables, entonces es lícito entregarse a la degeneración y a explorar los límites de la crueldad y el crimen, y el autor considera necesario describirlo con pelos, vísceras y todo lujo de detalles, y entrevera con un contraste muy acertado a mi entender, la carrera discográfica de Huey Lewis and the News con la espantosa agonía de sus jóvenes víctimas en una orgía de herramientas, necrofilia y roedores hambrientos entre muebles de diseño.

Lo peor es que no puede confesar ni siquiera. No le creen, les parece un original extravagancia cuando intenta escapar de sí mismo grabando un completo inventario de sus fechorías en un mensaje de contestador. No le creen, ni siquiera saben que es él, le llaman por el nombre de otro yuppie con el que le confunden.

No hay redención, pero mientras Ellis sigue infiltrándose entre los ricos para despellejarlos en sus novelas (o para despellejar sus propias miserias en una especie de autorretrato).

Es un libro que hace daño al que lo lee (a mi me ha dolido más qué la peli, por lo menos), aunque no sé si precisamente por eso lo recomendaría a quien no se estime bien. Siempre hay alguien que se quiere menos que tú.

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