Ojalá

El camarero del Gambrinus del aeropuerto del Prat es un poco chistoso, guasón. Cuando pago mi frugal cena de 6.90 € con un billete de 50, me espeta: “¿No tiene un billete más grande?” Me sale un repentista: “¡Ojalá!”, que hacen que primero su jefe, después él y también yo nos partamos de risa.


Después se ve que le va el tema de burlarse de los viajeros que corren hacia su puerta de embarque: “¡Vamos, vamos! ¡Corre, que lo pierdes!”. Tiene el pelo corto, gafas de pasta oscuras, sobrepeso, complejos. Pero tiene sentido del humor, y el aburrimiento podría impulsarle a hacer algo nuevo, a concentrar su habilidad especial, a desarrollar su talento. Por cierto, espero que no como camarero ni en el sector servicios. Aunque la jarra de Cruzcampo que me sirvió estaba bien tirada y me supo a gloria trabajar con María por el móvil mientras me la tomaba con el sandwich y esperábamos nuestro reencuentro en ese loco viaje que he hecho esta semana.

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